10/04/2026
Nací en una familia cristiana. Desde mi bisabuela comenzó la transformación en nuestro hogar, y crecí escuchando de Dios y asistiendo a la iglesia. Pero al llegar a la adolescencia, todo cambió.
A los 12 o 13 años, mis papás se alejaron de Dios, y con ellos, toda la familia también. Ahí comenzó mi vida lejos de Él.
Desde joven fui muy rebelde. No me sentía identificada con mi familia y vivía con un dolor constante: sentía que no me querían, que preferían a mi hermana. Ese sentimiento llenó mi corazón de resentimiento. Aunque creía en Dios, estaba confundida. Pensaba que con solo creer en Él era suficiente y que mientras yo fuera feliz, no importaba cómo viviera.
Decidí vivir a mi manera. Muy joven salí de casa y comencé a rodearme de malas compañías. Entré en un ambiente de fiestas, alcohol y excesos, buscando aceptación… pero nunca encontré ese lugar donde realmente perteneciera.
Aun así, Dios siempre me cuidó.
Después viví uno de los momentos más dolorosos de mi vida: la pérdida de mi hija. Fue un proceso lleno de dolor que marcó mi corazón. Pero en lugar de acercarme a Dios, me alejé más, intentando llenar el vacío con cosas que no funcionaban.
Por fuera todo parecía estar bien: trabajo, estabilidad, viajes… pero por dentro estaba rota.
Luego mi matrimonio se destruyó. Perdí estabilidad, trabajo y relaciones. Me quedé prácticamente sin nada.
Fue ahí, cuando ya no veía salida, que Dios comenzó a llamarme.
Un día pasé por una congregación y algo dentro de mí me dijo: “Quédate”. Dudé, pero decidí entrar. Ese día lloré como nunca, pero también sentí paz.
Después, en una ministración, Dios me habló:
“Yo te voy a dar la familia que tú siempre soñaste. Cree en mí”.
Supe que era Él.
Desde ese momento decidí rendirle mi vida. Dios sanó mi corazón, quitó el resentimiento y me dio paz, identidad y propósito. Hoy ya no vivo con vacío ni miedo. Vivo confiando en Él.
Si estás pasando por algo similar, quiero decirte: no estás solo. Dios sigue ahí, esperándote. Si Él lo hizo conmigo, también puede hacerlo contigo.