14/08/2026
Conocí a Jesús desde muy pequeña gracias a mi mamá. Ella llegó a Cristo después de atravesar una situación muy difícil, y desde entonces comenzó a llevarnos a la iglesia. Crecí disfrutando la escuelita dominical, las actividades y, desde los cuatro años, el ministerio de artes. Para mí, servir a Dios siempre fue algo hermoso.
Sin embargo, al crecer llegaron la adolescencia, las amistades y el deseo de encajar. Comencé a tomar decisiones equivocadas y a alejarme de Dios. Me relacioné con personas que no debía y llegué a acercarme a ambientes que podían destruirme.
Pero aun en medio de mis errores, Dios nunca me soltó.
Durante mucho tiempo me sentí rechazada, como si siempre fuera la segunda opción: en la escuela, en mis amistades, en las relaciones y hasta en las oportunidades. Pensaba que si hacía lo mismo que los demás, finalmente sería aceptada.
Pero Dios me recordó quién era.
En mi corazón comenzó a surgir una certeza: “Tú eres mi hija, tú eres mi escogida”. Entendí que no necesitaba encajar en el mundo, porque había alguien que ya me había elegido.
Llegó un momento en el que decidí rendirme completamente a Él. Le dije: “Yo no puedo hacerlo sola. Tú vas a sanarme y restaurarme. Te entrego mi vida, mis decisiones y mis anhelos”.
Desde entonces, Dios tomó el control de mi vida. No significa que no tenga errores o dificultades, pero ahora sé en quién he creído y hacia dónde voy.
Dios también me llevó a cumplir uno de los sueños que puso en mi corazón desde niña: servirle a través de la música. Hoy canto, toco y sirvo en el ministerio de alabanza, algo que considero un enorme privilegio.
Después de muchos años y diferentes etapas, Dios me hizo volver a casa. Hoy estoy nuevamente donde todo comenzó, pero en una nueva temporada.
Si alguna vez te has desviado, si te sientes rechazado o piensas que ya perdiste tu propósito, quiero decirte algo: **vuelve a Cristo, vuelve a casa.**
Si Dios te eligió, no importa cuántas veces hayas caído: Él nunca te soltará.