28/05/2021
Hace mucho tiempo que me descubrí diciéndole a mis hijos: “No pasó nada. No llores”.
Usaba esa frase cuando venían llorando conmigo porque “algo había sucedido”; quizá se habían caído o algún niño o niña en el parque los habían quitado del columpio donde ellos estaban jugando.
Sin embargo, un buen día me di cuenta de que sí, sí pasó algo que, aunque a mis ojos no era grave, a ellos les había dolido, lastimado o enojado. Al decirles que no pasó nada y que dejaran de llorar, les estaba diciendo que lo sucedido no tenía tanta importancia y que reprimieran el llanto como una forma de olvidar lo sucedido. Eso no pasaba, y tampoco ayudaba a su alma.
Cada situación que les acontece en el día a día y que vienen con nosotras llorando, escuchemos con atención lo que sucedió y nos daremos cuenta de que podemos consolar sus corazoncitos, guiarlos a perdonar, o al arrepentimiento y a pedir perdón si es necesario.
Cada día es un recordatorio de cuán necesitados estamos todos de la gracia de Dios, de su evangelio en nuestra vida y de recordarlo no solo a nuestra alma, sino a quienes nos rodean también.
“No pasó nada. No llores”. A veces aún me descubro diciéndola; no obstante, corrijo de inmediato para extender amor, gracia, mirar a los ojos a mis hijos para decirles: “Te entiendo; llora, llora todo lo que quieras y después tengo algo hermoso que compartir contigo”.
«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo» (1 Co. 1:3-4).