04/04/2026
Hoy, 4 de abril, Sábado Santo, la Iglesia vive el día de la espera: el cuerpo inerte de Jesús reposa en el sepulcro y, no muy lejos de allí, María permanece en oración silenciosa, sosteniendo en la fe a todos los discípulos. Es un día marcado por el silencio, la noche y la aparente ausencia de Dios.
El Papa Benedicto XVI llamó al Sábado Santo “el día del ocultamiento de Dios”, recordando una antigua homilía que habla de un gran silencio que envuelve la tierra, porque el Rey duerme: Cristo ha mu**to en la carne y desciende a lo más hondo del abismo, mientras la creación entera parece contener la respiración ante el misterio de la Cruz.
Cuando en el Credo proclamamos que Jesús “descendió a los infiernos”, confesamos que su amor ha llegado hasta la soledad más extrema y a las tinieblas más profundas; nada queda fuera de su misericordia. Desde aquel primer Sábado Santo sabemos que, incluso donde todo parece perdido, la Luz de Cristo ya está obrando una victoria que se revelará en la mañana de Pascua.
En medio de esa desolación, María, Madre de la esperanza, permanece firme: no se deja vencer por el miedo ni por el desaliento, guarda en el corazón las promesas de su Hijo y mantiene viva la llama de la fe. Mientras muchos discípulos huyen, se esconden o piensan que todo ha terminado, Ella sostiene la espera de la Iglesia: este es el día del aparente silencio de Dios, pero también la “hora de María”, la hora de la fe que no se rinde.
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