José Maria Vilaseca

José Maria Vilaseca Sacerdote Misionero, Fundador y Educador , su Carisma se resumen en el Amor a la Sagrada Familia de Nazareth en homenaje al Siervo de Dios R.P.

José Maria Vilaseca Aguilera M.J. Cuyo Celo Apostolico apoyó a la Iglesia Mexicana en tiempo de la Reforma y la proliferacion de sectas y logias, Él , Mediante la Pluma, la enseñanza a los pobres y la evangelizacion mediante Misiones , Difundio un Amor al Santo Patrono del Iglesia San José , el Custodio del Redentor

30/08/2023
LA MUERTE DE UN SANTO [Desde el año 1905 nuestro Padre se sintió afectado de enfisema, enfermedad que le acompañó hasta ...
03/04/2020

LA MUERTE DE UN SANTO

[Desde el año 1905 nuestro Padre se sintió afectado de enfisema, enfermedad que le acompañó hasta llevarlo al sepulcro. El 19 de septiembre de 1907, sujetó su voluntad dando el timón a su sucesor , pues era tan humilde y ejemplar modelo, a la voluntad del sacerdote delegado como el súbdito mejor y más cumplido. No disponía cosa alguna hasta consultar u obtener licencia de quien miraba ya como al Superior General de la Congregación

En una ocasión muy temprano salió con Arnulfo como de costumbre, su fiel compañero para celebrar la misa en la Casa central de las Hermanas Josefinas, allá se sintió con fiebre, no lo dejaron regresar a casa o mejor dicho, no pudo y procuraron atenderlo con médico y medicinas. Mas llegada la tarde, dispuso volver a nuestra casa de Santa María. Le rogaban que no saliera a la calle por el peligro de su salud con la calentura; más él insistía en regresar, volvieron a rogarle suplicando se quedara en una pieza aislada que había en la casa de dichas Hermanas y a sus tan reiteradas instancias él les dijo así: “Quién sabe que diga el Padre Superior, me quedaré solamente que él de su permiso”. Éste fue pedido por teléfono y hasta entonces admitió quedarse en la Casa central, acompañado de Arnulfo. Tal era su humildad como la sujeción que se impuso sin duda para ejercitarse en la obediencia como por no poder trabajar ya, en virtud de sus males.

El día primero de abril por ese año (1910) viernes de la semana de Pascua de Resurrección, hallábase visitando los nuevos salones del Hospital Escandón en Tacubaya, para lo que fue invitado por las Hermanas que asistían a los enfermos de aquel lugar antes de proceder a la bendición de los mismos y de la hermosa capilla.

Había recorrido las salas espaciosas admirando y aprobando el arte, la limpieza y todo cuanto en ellos se había dispuesto para comodidad y alivio de los enfermos en su dolor, terminando su visita en la elegante, blanca y hermosa capilla, cosa que la Madre Superiora del Hospital se había propuesto para ver que impresión le causaba al ilustre visitante. Parose frente al altar fuera de la barandilla, observó todo y dijo:
“Muy bien, hijas, bendito sea Dios, ¡adelante!, a trabajar en bien de los pobres enfermos. Ya, ya es hora, vámonos”. Las Madres juzgando que ya deseaba comer, pues era la hora, dijo una de ella, la Superiora local:
"Sí, sí, vamos; tal vez ya quiera sus alimentos".
El Padre Vilaseca apenas podía andar y con mucha dificultad e iba callado. Lo llevaron a la mesa, que se le había preparado; se sentó, callado como había ido desde la capilla.
Le presentaron un poco de caldo, él hacía algún esfuerzo por comenzar, después de haber dado como pudo la bendición de costumbre, pero ya no pudo, comenzó a temblar intentando pararse y acudieron a sostenerlo pues iba a caer. Es que ya se había presentado un ataque de apoplejía, pues se le agolpó la sangre al cerebro.

Casi en peso fue llevado por Arnulfo y las personas que acudieron a ver lo que pasaba; fue llevado a una pieza, que después se le ha llamado el cuarto del Padre Vilaseca; el cuartito de nuestro Padre en el Hospital Escandón.
Por la tarde se le administraron los santos sacramentos de los enfermos, en seguida se agravó la enfermedad y continuó en su agonía.
Se dio aviso a los Padres de las casas de la Congregación, incluso la de Roma por medio del cable; el Padre Sandoval le alcanzó de su santidad Pío X una bendición Papal para la hora de la muerte. Esta fue recibida el día 3 por la mañana. Se le habló a nuestro Padre al oído anunciándole la gracia del Santo Padre y como pudo manifestó haber entendido, pues no podía hablar desde que entró en agonía el día primero del mes.

Hubo junta de médicos, le hicieron dos sangrías, una en un brazo y otra en el cerebro, de las que brotó abundante sangre y con ella se empaparon varios lienzos de algodón para guardarla como reliquia; pero ni este medio valió a mejorar la salud del ilustre enfermo, es que se acercaba la hora, los postreros momentos de partir su alma de este mundo.

El 3 de abril era por ese año el domingo In Albis, el astro del día iba ocultándose y tal pareció que con sus últimos rayos despedíase lloroso y triste del varón ilustre, a quien al día siguiente no encontraría ya con vida y así sucedió. A las 5.50 de la tarde del domingo citado, nuestro Padre tuvo un ligero estremecimiento, poco después otro y otro, entre tanto los tres sacerdotes que allí estaban lo absolvían, le aplicaron de nuevo la Indulgencia Plenaria cada uno por su parte y le ayudaban a bien morir, hasta que por fin, a las 6 de la tarde en punto, exhaló el último suspiro, expiró y entregó su alma al Señor.

“Ya murió el Padre Vilaseca", decían unos. "Ya murió nuestro Padre ", exclamaban otros. "Ha mu**to un santo", repetían los demás. Oíanse sollozos, algunos suspiros, plegarias, responsos, y no faltaron lágrimas para quien habíales hecho tantos bienes materiales y espirituales y ya no existía, era ya un cadáver, había mu**to.
Acercábase la noche por breves momentos, comenzó a tener sus negras sombras y la naturaleza se cubrió de luto como en señal de tristeza y de dolor, cual estaba nuestro corazón por la pérdida que acabábamos de sufrir.

Los tres sacerdotes, entre ellos el que habla y varias Hermanas que estaban presentes, todos de común acuerdo, ya sólo pensaron en proceder a los arreglos para dar honrosa sepultura a los ya fríos restos del honorable extinto.

La respetable señora Doña Carmen Romero Rubio de Díaz, digna esposa del General don Porfirio Díaz, entonces Presidente de la República Mexicana, luego que supo la muerte de nuestro Padre, pues le estimaba con respeto, con veneración y se interesaba por su salud, obsequió la caja mortuoria siendo de color blanco a gusto de la misma señora, pues tal era el concepto que tenía formado del Padre Vilaseca por las grandes virtudes que no podía ocultar, principalmente su humildad, su sencillez y su pureza de costumbres.

Al día siguiente o sea el 4 fue transportado a la capilla el cadáver, en donde se celebraron varias misas y después los fieles se ocuparon en rezar por el alma del difunto Padre y tocaban rosarios y otros objetos piadosos sobre el féretro para conservarlos como reliquias o recuerdos.
Cosa semejante hicieron también no pocos fieles en el templo de la Sagrada Familia de la Ribera de Santa María en México, a donde en una carroza y con el debido permiso de las autoridades civiles correspondientes, se llevaron los venerados restos de que se trata.

El día 5 varios sacerdotes celebraron misas de difunto por el alma de nuestro Padre y a las 9 de la mañana las exequias o solemnes funerales, las que presidió y cantó la misa el muy Ilustrísimo señor Canónigo don Pedro Benavides, antiguo alumno del Colegio Clerical, que fue fundado por el Padre Vilaseca y que ahora funge de Secretario de la Santa Mitra de México.
A las 10.30 a.m., con siete grandes carros motores de la Compañía de Tranvías, varios coches y a pié salió el cortejo fúnebre compuesto de casi dos mil personas, entre hombres, mujeres, niños y niñas de los Colegios Josefinos de numerosas Asociaciones y fieles y se dirigió hacia el Panteón de Dolores, en donde fueron sepultados los restos del que en vida se llamó el Padre Vilaseca, hombre bueno, bienhechor de las gentes y sacerdote santo, nuestro dignísimo Fundador.

Con el rostro pálido y ensombrecido por la tristeza volvimos a la hora de comer en la casa de la Ribera de Santa María y pude observar que era unánime la opinión de que nuestro Padre ya estaba en el cielo; uno de ellos, el Reverendo Padre don Cirilo Negrete decía:

- “no debemos estar tristes porque nuestro Padre ha tenido del mundo una salida triunfal y su entierro ha sido la apoteosis de su vida santa, lo hemos visto y así que su alma ya debe estar en el cielo, desde donde velará por nosotros y por todas sus obras".

- el Reverendo Padre don Fernando Beltrán se expresó así: "Yo no voy a celebrar misas de difunto por nuestro Padre ; voy a encomendarme a su alma que debe estar en el cielo".

- En esto, dijo otro de los que allí estaban: "Ya podremos juzgar de esa manera?"
"Vaya hombre, pues no podría ser otra cosa; si nuestro Padre no está ya en el cielo, ¿qué nos queda a nosotros?

Hagámonos santos, hijos míos, hagámonos santos y trabajemos para gloria de Dios y la salvación de las almas, comenzando por la nuestra mediante la fiel observancia de nuestras santas Reglas, a cuyo fin agárrense de Señor San José nuestro protector poderosísimo.

Sus virtudes favoritas y en las que se distinguió admirablemente y tanto nos las recomendaba en sus pláticas instructivas fueron: la humildad, la sencillez, la pureza de corazón y la caridad. De un modo más especial el amor a Dios y al prójimo, pues con mucha frecuencia nos decía con San Pablo: Charitas Christi urget nos]

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