Padre Ismael Bárcenas, SJ.

Padre Ismael Bárcenas, SJ. Página del Padre Ismael Bárcenas, SJ. ( Mayo )

Reflexiones al Evangelio del Domingo (11 A)«Arrojar demonios», es decir, liberar a las personas de tantos ídolos que nos...
11/06/2026

Reflexiones al Evangelio del Domingo (11 A)
«Arrojar demonios», es decir, liberar a las personas de tantos ídolos que nos esclavizan, nos poseen y pervierten nuestra convivencia. Allí donde se está liberando a las personas, allí se está anunciando a Dios.

José Antonio Pagola - PROGRAMA LIBERADOR
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Muchos cristianos piensan estar viviendo su fe con responsabilidad porque se preocupan de cumplir determinadas prácticas religiosas y tratan de ajustar su comportamiento a unas leyes morales y unas normas eclesiásticas.
Asimismo, muchas comunidades cristianas piensan estar cumpliendo fielmente su misión porque se afanan en ofrecer servicios de catequesis y educación de la fe, y se esfuerzan por celebrar con dignidad el culto cristiano.
¿Es esto lo único que Jesús quería poner en marcha al enviar a sus discípulos por el mundo? ¿Es esta la vida que quería infundir en el corazón de la historia?
Necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús para redescubrir la verdadera misión de los creyentes en medio de esta sociedad. Así recoge el evangelista Mateo su mandato: «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad mu***os, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis».
Nuestra primera tarea también hoy es proclamar que Dios está cerca de nosotros, empeñado en salvar la felicidad de la humanidad. Pero este anuncio de un Dios salvador no se hace solo a través de discursos y palabras sugestivas. No se asegura solo con catequesis ni clases de religión. Jesús nos recuerda la manera de proclamar a Dios: trabajar gratuitamente por infundir a los hombres nueva vida.
«Curar enfermos», es decir, liberar a las personas de todo lo que les roba vida y hace sufrir. Sanar el alma y el cuerpo de los que se sienten destruidos por el dolor y angustiados por la dureza despiadada de la vida diaria.
«Resucitar mu***os», es decir, liberar a las personas de aquello que bloquea sus vidas y mata su esperanza. Despertar de nuevo el amor a la vida, la confianza en Dios, la voluntad de lucha y el deseo de libertad en tantos hombres y mujeres en los que la vida va muriendo poco a poco.
«Limpiar leprosos», es decir, limpiar esta sociedad de tanta mentira, hipocresía y convencionalismo. Ayudar a las gentes a vivir con más verdad, sencillez y honradez.
«Arrojar demonios», es decir, liberar a las personas de tantos ídolos que nos esclavizan, nos poseen y pervierten nuestra convivencia. Allí donde se está liberando a las personas, allí se está anunciando a Dios.

11 Tiempo ordinario – A
(Mateo 9,36–10,8)
14 de junio

José Antonio Pagola
[email protected]

Fuentes: http://www.gruposdejesus.com
http://sanvicentemartirdeabando.org/
http://eclesalia.wordpress.com/
http://feadulta.com/

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ESTAR MÁS CERCA O MÁS LEJOS DE JESÚS NO LO DETERMINA ÉL
Fray Marcos
DOMINGO XI (A)
Mt 9,36-10,8
Las lecturas de hoy tienen una gran variedad de temas. La pregunta que nos debíamos hacer en este domingo es la siguiente: ¿Qué salvación ofrece Jesús en el evangelio? Lo que ha llegado a nosotros es ya una interpretación de lo que dijo.
El relato del Éxodo fue para el pueblo judío la cima de su experiencia religiosa, pero no se trató de ninguna actuación puntual de Dios. La experiencia de salvación de los israelitas no fue más que una interpretación de acontecimientos favorables. Cuando los aconteci­mientos eran adversos, los interpretaban como castigo del mismo Dios.
En tiempo de Jesús se sintieron liberados del demonio, de las enfermeda­des, de sus pecados. ¿De qué nos tienen que salvar hoy? Para la mayoría de los cristianos, salvarse es evitar la condenación. Salvación debe ser alcanzar la plenitud de ser a la que estoy destinado. Esa plenitud tenía que dar sentido a toda mi vida.
Tal como entendemos la salvación, da la impresión de que a Dios le salió mal la creación y ahora solo con remiendos puede llevar a feliz término su obra. La Biblia dice en el relato de la creación que vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Dios no tiene que cambiar nada, somos nosotros lo que debemos cambiar.
Dios no tiene que librarnos de nada. Nuestras limitaciones son consecuencia de nuestra condición de criaturas. Dios no puede evitarlas. La salvación hay que buscarla a pesar de las limitaciones. En una ocasión Jesús dijo "Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo."
Cuando habla de los doce no quiere decir que los apóstoles fueran exactamente doce, con nombres y apellidos, sino el nuevo Israel. También las doce tribus son un mito: El dios sol rodeado de los signos del zodiaco. Tomar hoy los doce como número de personas investidas por Jesús de un poder especial es anacrónico. La necesidad de un nuevo fundamento del nuevo pueblo llegó mucho más tarde.
No podemos seguir manteniendo la idea de que lo importante en nuestra Iglesia, es la jerarquía. La obligación de “proclamar” el evangelio es de todos los que forman la comunidad, no de unas personas separadas y elegidas especialmente para esa tarea. El Vaticano II habló de la misión de los laicos, pero no queremos enterarnos.
La misión no debía ser un ingente esfuerzo por acrecentar el número de los que pertenecen a la Iglesia, sino el aumentar el número de los que son objeto de nuestro cuidado. El verdadero seguidor de Jesús tiene que considerar a todo hombre como perteneciente a la comunidad, porque todos tienen que ser el objetivo de su servicio.
Una comunidad no es cristiana si no está abierta a todos los hombres. A la comunidad cristiana pertenecen todos los seres humanos. Si dejamos fuera a uno solo, se convertirá en un gueto y dejará de ser la comunidad de Jesús. La Iglesia (pueblo de Dios) debe estar volcada sobre los demás, no replegada sobre sí misma.
Es sorprendente la frase:”no vayáis a tierra de paganos”. Parece que va en contra del espíritu de Jesús. Él mismo salió varias veces de galilea. Una vez más, nos faltan datos para una interpretación adecuada. Tal vez quiera decir que no los veía preparados para una tarea universal y prefería afianzar la fe de los ya judíos.
Termina el evangelio con una frase tajante: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. Solo cuando doy lo que he recibido, lleno de sentido el don que se me ha regalado. Cuando quiero acaparar lo que soy y lo que tengo, lo convierto en algo estéril para mí y para los demás. La gratuidad tenía que ser la norma de la comunidad cristiana.

Fray Marcos

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COMPASIVO HASTA LA MUERTE
José Luis Sicre

Domingo 11 del Tiempo Ordinario. Ciclo A
Después del Tiempo de Pascua y las fiestas posteriores, continuamos leyendo el evangelio de Mateo, típico de este ciclo A. Jesús ha tenido un gran discurso en el monte y ha realizado luego diez milagros, demostrando su poder con la palabra y con la acción. Pero es preciso que otros continúen su labor.
Jesús, compasivo en la acción (Mateo 9,36-10,8),
Introducción
Cuando Mateo leyó por vez primera el evangelio de Marcos, hubo una frase que le impresionó: «Vio [Jesús] a mucha gente, y se conmovió por ellos, porque estaban como ovejas sin pastor» (Mc 6,34). Esa compasión lo impulsa a enseñarles y a alimentarlos multiplicando los panes y los peces.
Mateo piensa darle un sentido nuevo a esas palabras. La compasión de Jesús no le llevará a resolver el problema puntual y concreto de la gente que lo ha seguido ese día, sino a plantearse el problema presente y futuro de todas las multitudes. Y subraya su desgracia con el simple añadido de dos adjetivos: estaban «extenuados y abandonados».
Mateo abandona la metáfora del rebaño y habla de la mies y los segadores. A la visión del pueblo sin pastor corresponde la de la mies sin segadores. Esto no lleva a la acción inmediata, sino a la oración para que el Señor de la mies envíe obreros a su mies. Y ese «señor de la mies» no es Dios Padre, sino el mismo Jesús, que envía enseguida a sus discípulos.
Los Doce y su poder. Hasta ahora Mateo solo ha contado la vocación de cinco discípulos: Simón, Andrés, Santiago y Juan, al comienzo (4,18-22) y luego la de Mateo (9,9). De repente, se habla de doce. ¿Cuándo llamó a los otro siete? Es imposible completar con datos de otros evangelios. El de Juan se limita a cinco: Andrés, ¿Juan?, Pedro, Felipe, Natanael (Jn 1,35-51).
La composición del grupo no puede ser más heterogénea: cuatro pescadores, un recaudador de impuestos, un mercader (o un celoso tendente al fanatismo) y uno nada de fiar, que terminará traicionándolo. Con esos individuos, y otros cuantos de los que no sabemos nada, pretende Jesús extender la buena noticia del reino de Dios. ¿Lo conseguirá, o está loco?
Antes de dar sus nombres, Mateo indica que Jesús les trasmite su mismo poder: sobre los espíritus inmundos y para sanar todo tipo de enfermedades. Viene a la memoria el momento en el que Eliseo le pide a Elías «dos tercios de tu espíritu», y el maestro le responde: «¡No pides nada!» (2 Re 2,9-10). Los doce, sin pedir nada, reciben un poder mucho mayor que Eliseo.
Instrucciones. A continuación les tiene Jesús un largo discurso, del que la liturgia ha seleccionado el comienzo (para este domingo) y el final (para el siguiente). La primera parte del discurso habla de los destinatarios de la misión, la tarea que deben llevar a cabo, y la gratuidad con que hay que realizarla.
Destinatarios. La prohibición inicial de dirigirse a paganos y samaritanos resulta casi hiriente. Sin embargo, debemos recordar que la visión positiva de los paganos quedó muy clara cuando a los magos de oriente se revela el nacimiento del Mesías y vienen a adorarlo; y Jesús ya ha dicho que «vendrán muchos de oriente y occidente a sentarse a la mesa en el reino de Dios».
¿A qué puede deberse esta prohibición en boca de Jesús? Una de las acusaciones que los judíos harían a los cristianos es que se habían separado de Israel por culpa de Jesús, que se había desinteresado de su pueblo. Mateo insiste en que Jesús nunca rechazó a su pueblo. Al contrario, inicialmente prohibió a sus discípulos ir a tierra de paganos y a la provincia de Samaria; los envió a las ovejas descarriadas de Israel, a las mismas a las que él ha sido enviado (cf. 15,24). Los discípulos, como Jesús, deben atender a la gente que no es atendida por los dirigentes políti­cos y religiosos.
Tarea. La misión de los discípulos es idéntica a la de Jesús: hablar y actuar. El mensaje es el mismo de Juan Bautista y Jesús: «El reinado de Dios está cerca». Falta la exhortación inicial a convertirse, aunque esto se da más adelante por supuesto. Las obras serán las realizadas por Jesús en los capítulos anteriores: sanar enfermos, resucitar mu***os, limpiar leprosos, expulsar demonios. Parece encargarles demasiado. Pero lo importante no es lo que se encarga, sino la idea de que los discípulos continúan plenamente la obra del Mesías.
Gratuidad. En la antigüedad, como hoy día, una de las acusaciones más frecuentes a los predicadores religiosos era la de buscar el propio interés; un peligro del que Pablo fue muy consciente y procuró evitar en todo momento. Por eso, Mateo añade inmediatamente cuál debe ser la conducta del apóstol. Igual que Jesús, debe caracterizarse por su generosidad y desprendimiento. El principio general («gratis lo recibisteis, dadlo gratis») se refiere a no exigir recompensa.
Jesús, compasivo hasta la muerte (Romanos 5, 6-11)
Ante las numerosas desgracias que ocurren en nuestro mundo, a nivel individual, nacional y planetario, ante la difusión de problemas que parecen insolubles (droga, prostitución, carrera de armamentos, terrorismo) mucha gente se pregunta: ¿nos ama Dios? Algunos lo niegan expresamente. Hace años me impresionó una frase del gran teólogo Romano Guardini: «La única prueba que tenemos de que Dios nos ama está en Jesucristo crucificado». Una paradoja: el amor demostrado en la muerte más cruel y vergonzosa. En realidad, las palabras de Guardini no deberían haberme llamado la atención porque dicen lo mismo que Pablo: «la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros». Y añade algo muy importante: «cuando todavía éramos pecadores». No cuando nos habíamos arrepentido y éramos buenos, sino cuando éramos malos. ¿Hay alguien dispuesto a morir por un terrorista, un narco, un político enemigo, por alguien que me amarga la vida…? Aunque nosotros seamos egoístas y mezquinos, podemos estar seguros de que Dios nos ama.
Una conclusión (entre otras)
A veces me preguntan los amigos seglares cómo está el problema de las vocaciones. La respuesta no es muy optimista, prescindiendo de que las causas son muy complejas. Por eso todos estamos obligados a compadecernos de la mucha gente que necesita ayuda y pedirle al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.

José Luis Sicre

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Hechos
Salir a la plaza pública.
Plantar cara a la ley mu**ta
con fe viva.
Hablar para todos.
Acariciar a los intocables
con ternura eterna.
Dejar ir el miedo.
Encender un fuego
de esperanza y arrojo.
Azuzar,
hasta poner en marcha
a otros
apóstoles
y con ellos atravesar
años,
siglos,
milenios,
construyendo el Reino,
pintando lo humano
con trazos de justicia.
Defender el Amor
de embates y agresiones.
Abrir la puerta de la historia
a lo inesperado,
lo impensable, lo inmortal.
Ante lo insulso,
proponer la Palabra
que hasta en el silencio retumba.
Dejarse guiar
por su Espíritu.
Estos son los Hechos.
Declarémonos culpables.
(José María R. Olaizola, SJ)

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Sobre monjas y conventos. Manual de buenas prácticas
por Dolores Aleixandre
El tema monjas y conventos está de moda últimamente y no solo por las de Belorado, ahí están también Rosalía y sus atuendos, Los Domingos o la genial Instrucción de novicias. Vidas del convento barroco para guiar tu presente.Aprovechando este repentino interés, y previendo que durará poco, es un buen momento para ampliar informaciones a quienes comentan, por ejemplo: “Ahora casi no se ven monjas; antes se las veía en la calle, en los hospitales, en los colegios, en los trenes, ¿dónde se han metido?”.
Intento contar “dónde nos hemos metido” empezando por aclarar términos: monjas son las que pertenecen a antiguas órdenes religiosas y suelen estar en monasterios y conventos; las religiosas pertenecemos a congregaciones -con nombres y modalidades infinitas como las arenas del mar- y, aunque no hemos desaparecido, somos muchas menos, bastantes no llevamos hábito y ha disminuido nuestra presencia en la sanidad y en instituciones educativas.
¿Qué ha pasado? Pues, que, a las generaciones tan numerosas que llenaron conventos y monasterios durante gran parte del siglo XX, ha seguido en los países del Norte un notable descenso de entradas en la vida religiosa. El momento actual requiere mucho valor y creatividad: toca reestructurarse, unir provincias, agrupar regiones, reajustar comunidades y cerrar casas; y como en casi todas las congregaciones la edad media es altísima, surge la temida pregunta: ¿Y si desaparecemos?
Podemos responder a ella haciendo tonterías: negar lo que está pasando por miedo a afrontar la situación, lanzarnos atolondradas a la captura de vocaciones, importar jóvenes de los mares del Sur para que cuiden de nosotras y sostengan nuestras instituciones… Afortunadamente suele predominar la sensatez y este sería un manual de buenas prácticas:
Afrontar con lucidez y cordura la situación y prepararnos para la visita de Doña Nostalgia, Doña Pérdida y Don Desconsuelo, que llegan con su banda sonora de lamentos, ayes y lágrimas. Dejarles pasar, saludarles educadamente y permitir que se expresen con libertad, sin prolongar demasiado su visita. Poner cerrojos y alarmas para evitar la entrada de Don Qué-hemos-hecho-mal y de Doña Culpabilidad, pareja altamente tóxica que incordia mucho, no aporta nada bueno y es resistente al desalojo.
Una vez concluido ese duelo sanante, despojar el término disminución de las etiquetas de drama o de catástrofe: mirarla sencillamente como una consecuencia de la contingencia y la finitud que nos alcanzan, tanto en lo personal como en lo institucional: la promesa de estabilidad solo la tiene la Iglesia.
En un ejercicio de visualización, esta sería una maqueta de la situación fijándome en mi propia congregación: nacidas en 1800, en los años 60 llegamos a ser 7.000 muy desparramadas por el mundo y ahora somos 2.000. Eso quiere decir que, a lo largo de 226 años, hemos pertenecido a este colectivo unas 35.000 mujeres viviendo de manera autónoma y “autogestionaria”, sin padre fundador -la nuestra es mujer-, sin autoridad de varones, sin padres ni hermanos mayores, sin “jefes”, aunque con apoyo de consejeros, amigos y compañeros.
Hemos atravesado dos guerras mundiales, varias revoluciones y guerras civiles, viviendo bajo dictaduras, gobiernos de derechas o de izquierdas, leyes cambiantes, transformaciones culturales y políticas, expulsiones y persecuciones.
Hemos atravesado crisis internas, cambios profundos en la teología, la espiritualidad, las costumbres, las formas de vida comunitaria, las relaciones, la autoridad, la misión. Hemos tomado decisiones significativas y a veces traumáticas, hemos viajado arriesgadamente para fundar en otros países, hemos soportado una visita canónica grave y dialogado penosamentecon el Vaticano en tiempos muy difíciles. Hemos gestionado obras educativas y construido edificios, estudiando y aprendiendo lenguas, abriendo y cerrando casas, desplazándonos de grandes instituciones a pequeñas comunidades en barrios. Todo esto en medio de aciertos y errores y tratando de aprender de todos ellos.
¿Qué toca aprender ahora? Pues a gestionar creativamente el presente y enfrentar animosamente el futuro, sin perder ese tipo de alegría que, según Jesús, no nos puede quitar nadie. Hay que conjugar a la vez el prever y el confiar, el ser realistas y a la vez soñadoras, en versión adaptada de lo de las serpientes y las palomas. Aquí, cuidar bien a las mayores, ofrecer tiempo de escucha, abrir nuestros espacios; en otros países, favorecer una buena formación en sus países a las jóvenes asiáticas y africanas y dejarles paso.
Cultivar la convicción de que, si en un futuro más o menos próximo dejamos de estar en algunos lugares, no se desploman los cimientos del universo: ya de por sí ha sido un inmenso regalo haber intentado vivir apasionadamente el seguimiento de Jesús trabajando por el Reino.
Nosotras, en España y Polonia, nos preparamos ahora para formar una sola provincia, tarea que de entrada suena a demencial -y en parte lo es-, pero nos hemos puesto a ello y están pasando cosas interesantes: nos preparamos para lo diferente y hay que desentumecer costumbres, soltar prejuicios, discurrir nuevos modos de comunicarnos, intentar una paciente humildad.
Dice un salmo: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan” (85,10). Bésame, bésame mucho, se dicen una a otra la disminución y la fragilidad.
Autoría
Dolores Aleixandre

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Ahí estaba yo - Visita del Papa León a España
por Valle Chías, RJM
Tres horas esperando de pie en una bulla infernal a pleno sol. A lo que sumamos la hora de camino, una ridiculez, comparada a la odisea de otros. Y la angustia de ver que el grupo se disgrega, que los menores “se pierden” de sus acompañantes en una entrada que está más que desbordaba.
Confieso que soy de las que no entiende cuando veo multitudes con esperas eternas para ver un concierto. De las que se cuestiona la locura de los hinchas siguiendo a su equipo. Pero ahí estaba yo. Con una de las tantas camisetas que se han hecho para estos días, QR en mano, tratando de no ser aplastada, ni empujar yo en esos momentos de tensión que sacan lo peor de cada uno (que sí, también se ha visto).
Todo esto para ver al papa. ¿Para ver al papa? Cierto es que ese señor vestido de blanco ha convocado esta visita. Pero creo que, lo que nos mueve no era él. Sino a quien nos señala, hacia quien alzamos la mirada, y nos lleva abajo, enseñándonos a hacernos pan que se parte y comparte. Como nos decía el mismo papa en la homilía: “la Fe nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”.
Sí, he sido una de esas grupis emocionadas al paso del papa móvil hacia la misa en Cibeles. Saludando entre la multitud, respondiendo a los “viva” en la vigilia. Y coreando en el Bernabéu un “Leooooón, Leooooón”. Pero el balance es otro, el de todos esos rostros que también estaban ahí. Los policías, bomberos, voluntarios, peregrinos… todos los que, declarándonos o no creyentes, experimentamos una Presencia mayor a una presencia concreta.
“Todo es nuevo con su luz”. Gracias papa León por re-cordarnos que Él está en medio de nosotros.

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Alzad la mirada en Canarias: los pobres
por Luis Arranz, sj
La visita del Papa León es uno de los eventos más comentados en el mundo católico (y no sólo) de estos días. Es curioso cómo cada uno interpreta los motivos de la visita según le convenga. Lo que sí está claro es que uno de los fundamentos para acercarse a nuestras tierras ha sido y es cumplir un deseo que el Papa Francisco ya comunicó en sus últimos años como pontífice: acercarse a Canarias para tocar la dura realidad de los migrantes llegados de África.
Y es que, aunque el lema de la visita sea “alzad la mirada” y esto nos parezca que es alejarse de la realidad, por el contrario, es una llamada a contemplar el mundo con otros ojos. Dice el himno “alzo la mirada clavada en la cruz” y es contemplando al crucificado cuando no podemos no percatarnos de tantos que, como Él, son tan golpeados por diferentes motivos. Al mirar desde Él la dramática situación de los migrantes, los sintecho, los encarcelados el Señor nos invita a tener esperanza y luchar para que también ellos puedan resucitar a una vida más digna, más humana.
Alzar la mirada no puede ser una manera escapista de evitar la dura realidad, sino una invitación al compromiso esperanzado por aquellos que más sufren a nuestro lado. Con Jesús en las fronteras de nuestro mundo, mirando hacia el horizonte de un mundo mejor.

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El papa León o cómo construir desde el amor
por Alvaro Lobo Sj
No sé si cabe añadir más palabras a lo que ha dicho el papa y otras tantas personalidades destacadas, como Felipe VI o Antonio Banderas. Y quizás, como ocurre en algunos medios, opinar supone tergiversar un mensaje hermoso de por sí y demasiado elocuente. Por eso me gustaría poner el foco en los efectos de esta palabras, y en la presencia del papa, que no deja de ser el Vicario de Cristo.
Lo vemos en la juventud y en el contraste con nuestros políticos y en la encomiable respuesta del pueblo de Madrid. La ejemplaridad de un comportamiento donde no hace falta ni antidisturbios ni controles antidrogas ni protocolos antibotellón. En el fondo la razón es muy sencilla, lo que funciona desde el amor cristiano –y no desde el interés, la se*******ad o el resentimiento– es la alegría lo que prima, y eso se nota.
Es un aprendizaje tan obvio que no lo podemos olvidar, estemos en el parlamento, en la calle o en la universidad. El amor cristiano nos hace mejores y hace de la vida y del mundo un lugar mejor. Lástima que no lo queramos ver, qué prefiramos el odio a la concordia, la tristeza a la felicidad, la mentira a la verdad y la ideología a la propia realidad. Por eso, quizás más que nunca, lo que necesitamos, escuchando a León, es una profunda y auténtica renovación moral. Empecemos por nosotros mismos.

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La audacia de construir una “Biblia en piedra”
por Alvaro Lobo Sj
Uno de los momentos más esperados de la visita del papa León es su visita a la Basílica de la Sagrada Familia, coincidiendo con el aniversario de la muerte de su arquitecto, Antonio Gaudí. Un lugar de cultura, pero sobre todo de fe, donde el genio catalán logró combinar liturgia, arte y naturaleza para erigir una auténtica "Biblia en piedra". Todo ello en una ciudad tan secularizada y fascinante como Barcelona.
Sin embargo, más allá de lo artístico, no podemos olvidar que el monumento surge en el siglo XIX, en un tiempo donde la fe y la religión eran puestas en tela de juicio por la modernidad. Lejos de amedrentarse, caer en la queja o buscar refugio en nostalgias pasadas, la Iglesia supo encontrar una respuesta adecuada a los retos de su tiempo desde la propia modernidad, con profundidad, sana ambición y audacia.
Ojalá ahora, décadas después de este sueño gestado en el alma del genio catalán, seamos capaces de hacer que lata con fuerza la fe en el corazón de nuestras ciudades. Que las nuevas generaciones sepan recrear el Evangelio sin miedo y sin complejos, conscientes de que Dios sigue estando presente en este siglo XXI. Que den gloria a Dios para que todo el mundo lo vea, lo ame y lo disfrute. Que hagan vivo el misterio de Dios a toma la humanidad.

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León XIV y las dos migraciones: de personas y «religiosas»
escrito por Jesús Martínez Gordo

Estos días de la visita de León XIV a España están abundando los diagnósticos y las consideraciones sobre la situación del país y de la Iglesia católica. Los está habiendo para todos los gustos y tendencias. Imposible sintetizarlos. Y menos, intentando hacer gala de neutralidad y asepsia. Me ahorro el trabajo. Prefiero abordar dos tipos de migraciones (de personas y «religiosas») que agitan a la Iglesia española y a las que ya se ha referido algo el obispo de Roma.

La primera y más importante de tales migraciones es la de personas. En el origen de este viaje se encuentra la voluntad del papa Francisco de visitar las Islas Canarias para volver a poner en el mapa de la información mundial el drama de las personas que, huyendo del hambre o de las persecuciones de todo tipo, arriesgan su vida por llegar a la nueva tierra prometida que es el primer mundo. Con este viaje, León XIV da cumplida cuenta de tal deseo bergogliano. Y lo hace sabedor de los recelos y enfrentamientos que provoca la clara y contundente apuesta en favor de los migrantes tanto por parte de la Iglesia católica como de otros colectivos políticos y sociales. Él, como Francisco, tiene clara la prioridad de quien —por padecer hambre o estar perseguido— busca una vida un poco mejor, sea cual sea su nacionalidad y procedencia. Y la tiene clara frente a otros grupos que intentan despertar los demonios de una supuesta invasión islámica, de un enterramiento —igualmente supuesto— de la tradición católica, así como de una privación —también más supuesta que real— de oportunidades para los jóvenes y ciudadanos del país. El agrio y reiterado enfrentamiento de Vox contra la Iglesia católica por este asunto es una incontestable evidencia.

Pero, yendo un poco más lejos, agradecería que —además de apoyar a la Iglesia y a estos colectivos sociales y políticos por su acogida de los extranjeros— animara a los católicos a que también se pensaran la conveniencia de marcar distancias del rechazo —cuando no, odio— al extranjero como viene haciendo la Iglesia alemana. Esta Iglesia ha decidido, no hace mucho, expulsar de los órganos de gobierno eclesial a todos los cristianos que sean conocidos militantes de organizaciones xenófobas, sean del tipo que sean. Y, de igual manera, a asumir los costes previsibles —en forma de revancha— en el caso no improbable, de que dichos grupos pudieran «tocar poder» algún día, tal y como es previsible que suceda el próximo otoño en la Alemania Oriental.

Concretamente, en Sajonia-Anhalt, tanto la Iglesia católica como las evangélicas están siendo objeto de continuos ataques por parte de la AfD, el partido equivalente a Vox. Según Gerhard Feige, obispo de Magdeburgo, los políticos de este partido «intentan apropiarse e instrumentalizar los valores cristianos, al mismo tiempo que difaman a las iglesias acusándolas de haberse alejado de Dios», además de amenazarlas con recortar la financiación estatal: «si nos portamos bien —dice mons. Gerhard Feige— recibiremos dinero. Y si adoptamos posturas diferentes a las de la AfD, no recibiremos nada o menos». Quienes así amenazan —sentencia el obispo de Magdeburgo— ignoran que la Iglesia puede cumplir su misión en cualquier situación. Basta con recordar su reciente trayectoria en los tiempos de la República Democrática Alemana.

Hasta el presente, el papa León no se ha adentrado —al menos, con la contundencia que también seria previsible— en una segunda forma de migración; la religiosa. Esta expresión, la de «migración» o «migraciones religiosas» la tomo prestada del estadounidense William T. Cavanaugh.

Para este teólogo, en Europa occidental —y, por tanto, en España— no se está asistiendo a un proceso de secularización, sino de diferentes migraciones de lo católico y cristiano a otros absolutos tales como el Estado, el País, la Patria, el Dinero, el Consumo, el Cuerpo, el Bienestar, la Calidad de vida, el Equipo de fútbol, el Partido político, etc. No habría, por tanto, secularización ni post-secularización, sino diferentes «migraciones» que —tipificadas como «religiosas» por asentarse en estos u otros absolutos— coexisten —apuntan otros estudiosos— con una creciente y cuestionable indiferencia («cuando nada falta cuando falta Dios», Jan Loffeld), así como con un número creciente de sorprendentes «hibridaciones» de personas no-religiosas con creencias de tipo espiritual y religioso (R. Ruiz Andrés). No falta tampoco el regreso de otros colectivos que encuentran alivio en un tipo de espiritualidad tradicional y con enormes dificultades para percibir la presencia de Cristo —interpelante y consoladora— en los parias de nuestros días. Son grupos que, a diferencia de los anteriores, suelen contar con una particular atención en algunos medios de comunicación social y en determinados círculos eclesiales.

No es fácil la tarea que tiene por delante el papa León XIV: mantener la unidad (de la que, al parecer, quiere hacer el santo y seña de su pontificado), pero —es de esperar— que no se empeñe en ella al precio de la misión y, concretamente, de la identificación de Jesús con los últimos de su tiempo y de todos los tiempos (la clave que, tan evangélica o más que la unidad, ha presidido el pontificado del papa Francisco y lo mejor de la historia de la Iglesia).

Quizá, por ello, sería deseable que, una vez finalizada esta visita papal, la Iglesia española —y con ella, la vasca— intentara reconducir los muchos rescoldos católicos —todavía existentes— en minorías que, creativas, lo puedan ser por su relación con otros colectivos de diferenciado interés religioso y pertenencia eclesial, incluido el de la indiferencia. Y que lo sean porque en el centro de sus proyectos pastorales, teológicos y espirituales se encuentra la identificación de Jesús con los pobres.

Obviamente, tal apuesta sería particularmente creíble si la Iglesia reforzara la acogida y acompañamiento de la primera de las migraciones, la de las personas que llaman a nuestras mesas de la abundancia. E, igualmente, si tuviera en el corazón de su razón de ser a los «sin hogar», en particular, cuando no hay partidas presupuestarias para ellos en las diferentes administraciones públicas.

Y si, además, estuviera dispuesta a pagar el precio que le pudieran pedir algunos «católicos culturales y xenófobos», por ser evangélicamente coherente, habría que reconocer que esta visita papal ha merecido la pena, más allá de las críticas de que pueda ser objeto y de los éxitos mediáticos que también se le puedan reconocer.

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