11/09/2026
*¡TU MATRIMONIO NO ES UN CONTRATO, ES UN MILAGRO QUE PUEDE SALVARTE Y DARTE DIVINA ETERNIDAD!*
San Juan Crisóstomo lo gritó hace 1600 años y hoy te lo grita a ti. Dios no inventó el matrimonio en un juzgado. Lo inventó en el paraíso. Antes que hubiera Biblia, antes que hubiera Iglesia, ya había un esposo y una esposa. Por eso los Santos Padres no lo llamaban unión. Lo llamaban sacramento. Lo llamaban pequeña Iglesia.
Escucha esto. San Clemente peleó contra los que decían que el matrimonio era impuro. San Agustín temblaba al decirlo: el matrimonio tiene tres bienes que ni la muerte rompe. Hijos, fidelidad y sacramento. San Juan Crisóstomo lloraba al ver a un esposo y a su esposa rezando juntos y decía: ahí no hay dos personas, ahí está Cristo y la Iglesia en vivo. Tertuliano decía: ¿Cómo describir la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia une, la ofrenda confirma y la bendición sella? Los ángeles lo contemplan.
Tu matrimonio no es para que seas feliz un rato. Es para que seas santo para siempre. Dios te dio una esposa no para que te acompañe, sino para que te salve. Te dio un esposo no para que te mantenga, sino para que te lleve al cielo.
Al hombre de hoy le cuesta responder al amor. San Agustín lo vio venir: queremos los bienes del matrimonio sin pagar el precio del sacramento. Queremos placer sin hijos. Queremos compañía sin fidelidad. Queremos fiesta sin sacramento.
Queremos casarnos como se casa el mundo. Con un contrato que se rompe cuando ya no siento nada. Con una convivencia de prueba por si no funciona. Con un amor condicionado: te amo si me haces feliz. San Juan Crisóstomo decía: el hombre moderno ha convertido el altar en cama y la cama en altar.
Tantos matrimonios se mueren por dentro aunque siguen viviendo juntos. Porque el marido quiere ser cabeza sin ser Cristo que muere por su esposa. Y la mujer quiere ser amada sin entregarse como la Iglesia. Nos hemos vuelto expertos en exigir derechos y analfabetos en cumplir promesas. Le damos like a todo el mundo y nos cuesta darle un beso en la frente a quien duerme a nuestro lado. Pedimos que Dios bendiga nuestro matrimonio pero no lo dejamos entrar a la recámara, a la cuenta del banco, a la conversación difícil.
Queremos el matrimonio de los santos sin la cruz de los santos.
Los Padres no te dejan ahí tirado. Te dejaron un camino de regreso y es más sencillo de lo que crees.
San Juan Crisóstomo decía: Haz de tu casa una iglesia. No necesitas un templo. Necesitas un rincón donde tú y tu esposa se miren a los ojos y se bendigan. San Agustín enseñaba: vuelve a los tres bienes y vas a resucitar tu matrimonio.
Vuelve al origen. Esta noche, antes de dormir, toma la mano de tu esposo, de tu esposa. No para pedir nada. Solo dile: lo que Dios unió, yo no lo voy a soltar. Si están peleados, hazlo igual. Ese acto rompe el hielo del in****no. Ponte de rodillas los dos, aunque sea un minuto. Dile a Cristo: entra a esta casa, eres la cabeza de este hogar.
Haz un ayuno de reclamos. Todo un día sin echarle en cara nada a tu pareja. En lugar de un reclamo, una alabanza en voz alta. San Crisóstomo decía a los maridos: dile a tu mujer, te amo más que a mi vida. No por lo que haces, sino por lo que eres. Y a las esposas les decía: respeta a tu esposo no porque sea perfecto, sino para que quiera ser santo.
Hagan algo que dé vida a otro. Rezen juntos por sus hijos aunque estén grandes y lejos. Perdónense una herida vieja. Ahorren juntos para algo bueno. La pareja que deja de dar vida, empieza a darse muerte.
Si haces esto, vas a entender por qué los Padres decían que un matrimonio bien vivido vale más que mil sermones. Porque tu matrimonio no es tuyo. Es el espejo donde tus hijos van a aprender cómo ama Dios.
No necesitas un matrimonio perfecto. Necesitas un matrimonio que vuelva a arrodillarse.