16/06/2026
Jesús y los Derechos Humanos
Por Max González Reyes
En tiempos recientes se ha hablado mucho de Derechos Humanos. Hay que recordar que durante mucho tiempo el respeto a la dignidad de la persona no fue considerado un derecho. Lejos de ello, se consideraba que las anomalías congénitas o innatas eran un castigo divino o el pago por algo que se hizo en el pasado. Con el tiempo se avanzó en el reconocimiento en las diferencias, de tal modo que hoy hay todo un engranaje jurídico para proteger a las personas con capacidades diferentes o que por alguna circunstancia sus condiciones de vida cambian o por el simple hecho de haber nacido así.
Cabe señalar que los derechos humanos son normas que reconocen y protegen la dignidad de todos los seres humanos. Estos derechos rigen la manera en que los individuos viven en sociedad y se relacionan entre sí, al igual que sus relaciones con el Estado y las obligaciones del Estado hacia ellos. El avance en el reconocimiento a los derechos humanos ha llegado a tal grado que las leyes relativas a los derechos humanos exigen que los gobiernos hagan determinadas cosas y les impide hacer otras. Las personas también tienen responsabilidades; así como hacen valer sus derechos, deben respetar los derechos de los demás. Ningún gobierno, grupo o persona individual tiene derecho a llevar a cabo ningún acto que vulnere los derechos de los demás.
Fue prácticamente después de la Segunda Guerra Mundial (IIGM), concretamente en 1948, con la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que se empezó a poner sobre la mesa el tema de los Derechos Humanos, en buena medida, por las atrocidades que se cometieron a un sector de la humanidad, particularmente a la raza judía. Antes de ese acontecimiento las violaciones a los derechos fundamentales eran algo muy común. No había respeto a la dignidad de la persona, por lo que eran condenadas y torturadas -física y psicológicamente- por el color de la piel, el origen étnico, alguna enfermedad de nacimiento, por ser zurdas, por el hecho de ser mujeres, por tener una cierta condición económica, etc.
Antes de la IIGM difícilmente podremos encontrar alguien que haya defendido los derechos humanos.
Sobra decir que los pobres, los marginados y los desposeídos no se les reconocía sus derechos humanos. No es exagerado señalar que estos sectores sociales prácticamente no existían pues no se consideraban parte de la sociedad.
Si bien, en la biblia no encontramos ningún pasaje que como tal hable de la defensa de los derechos humanos, sí existen algunos donde se defienden a los desposeídos, a los marginados, a los que nada tienen o a los que son condenados injustamente.
En los evangelios encontramos varios pasajes donde Jesús defiende a marginados, excluidos y enfermos, es decir, a gente que no se le respetan sus derechos por su condición.
Recordemos el pasaje de Marcos 2:1-12 cuando a Jesús le traen a un paralítico, que era cargado por cuatro “y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: ¿Por qué habla este así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios? Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: levántate, toma tu lecho y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa”.
Como se puede observar, el paralitico de este pasaje era un excluido de la sociedad, estaba marginado, pues no tenía las condiciones para valerse por sí mismo. Tan es así que tuvo que ser ayudado por sus amigos porque no había forma de acercarse a Jesús para ser escuchado. Pues bien, ese excluido y marginado fue atendido de manera especial por Jesús.
Otro caso lo podemos encontrar en Marcos 5:25-34. En este pasaje encontramos que una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, y había sufrido mucho de muchos médicos, y había gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, pero cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. Y él le dijo: hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.
Hay que tener presente que la tradición judía excluía a toda mujer que tuviera una condición como la de este pasaje. Según la ley levítica (Lev. 15:25-27), una mujer con flujo de sangre que se encontraba en una condición de impureza le impedía participar en el culto a Dios, además tenía que vivir apartada porque se consideraba inmunda. En esas condiciones, también se impedía su trato normal con sus semejantes, ya que cualquiera que tuviera contacto con ella quedaría en la misma condición de impureza. Mujeres como ella, como los leprosos, tenían que vivir apartados.
Es decir, esta mujer estaba marginada de la sociedad. Así como al paralítico del pasaje anterior, a esta mujer Jesús le da un trato especial. Se detiene, habla con ella, la atiende.
Un tercer pasaje lo podemos encontrar en Marcos 10:46-52 cuando Jesús al salir de Jericó le sigue una gran multitud, cuando un ciego llamado Bartimeo estaba sentado junto al camino mendigando oye a Jesús y comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ¡ten misericordia de mí!. Muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama. Él entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús. Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista. Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.
Este pasaje refleja que los ciegos eran un sector marginado de la sociedad. Para ellos no había derechos. Su condición los limitaba a pedir dinero en la calle. Pero a ese marginado Jesús lo atiende, le da un trato especial.
¿Qué nos reflejan estos pasajes? Que Jesús se fijó en los desposeídos, marginados, los de poca atención. Es decir, Jesús se fijó en los que nada tenían; escuchó a los que no tenían voz y a esos les dio un trato especial; los atendió, escuchó su necesidad.
Hoy a todo eso le llaman Derechos Humanos. Hoy Jesús sigue escuchando esas demandas de los marginados. Y, sobre todo, él se detiene a platicar con aquellos que, como usted y como yo, no son escuchados.