18/04/2026
La salud física y la espiritual
Por Max González Reyes
El cuerpo humano es una máquina maravillosa que no deja de sorprendernos. Desde antes de nacer ya tenemos funcionando todas las partes de nuestro cuerpo. Esos sistemas se transforman de tal manera que cuando nacemos se reacomodan a la nueva realidad fuera del vientre materno.
Una vez que dejamos de depender de nuestra madre, los distintos sistemas funcionan de manera ininterrumpida. El cuerpo humano está compuesto por varios sistemas que cada uno hace la función que le corresponde para garantizar nuestra supervivencia. Es de resaltar que, aunque todos los sistemas trabajan en conjunto, hay algunos que son fundamentales y nunca descansan desde el nacimiento hasta la muerte.
Por ejemplo, el Sistema Cardiovascular (circulatorio) que está compuesto por el corazón, cuya función es bombear sangre constantemente para suministrar oxígeno y nutrientes a los tejidos, mientras los vasos sanguíneos transportan sangre por todo el cuerpo, nunca deja de hacer su función, pues cuando nacemos ya está funcionando. El Sistema Nervioso conformado principalmente por el cerebro nunca se apaga por completo, incluso cuando estamos dormidos emite señales, lo que comúnmente llamamos sueño. Paralelo a ello, sigue controlando la respiración, el ritmo cardíaco y los ciclos de sueño-vigilia. Por su parte el Sistema Respiratorio, compuesto por los pulmones y las vías respiratorias, trabajan continuamente para captar oxígeno y expulsar dióxido de carbono. Este es un proceso vital que no se detiene, sino que siempre, siempre está trabajando. En el Sistema Renal encontramos a los riñones que son los que filtran la sangre de forma ininterrumpida para eliminar desechos y mantener el equilibrio de fluidos y electrolitos; y el Sistema Inmunológico actúa como una defensa constante y silenciosa, que hace las veces de defensa para prevenir enfermedades las 24 horas del día.
Desde luego, no se puede minimizar a uno y engrandecer a otro. Todos son importantes, todos hacen que esto que llamamos vida sea sana y placentera.
Paralelo a todos los sistemas, a medida que vamos creciendo y desarrollándonos, nos vamos transformando y las necesidades biológicas cambian. Desde luego, con el crecimiento vamos alimentando cada uno de estos sistemas de tal manera que los vamos fortaleciendo y previniendo de diversas enfermedades, infecciones, etc.
Pero hay otra parte de nuestro cuerpo que también debemos cuidar y alimentar. Me refiero a toda esa parte que no tiene que ver con el aspecto físico del cuerpo, sino más bien a su parte cognitiva, es decir, a los procesos mentales que nos permiten recibir, seleccionar, almacenar, transformar, elaborar y recuperar la información del ambiente. Esto nos permite entender y relacionarnos con el mundo que nos rodea.
Esa parte, si bien, no está desconectada de lo que se refiere a lo físico del cuerpo, se guía por otros parámetros. Ella también requiere atención y cuidado. Filipenses 4:8 nos da una buena enseñanza de cómo alimentar la mente y el espíritu:
«Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad».
La palabra de Dios nos invita a pensar en cosas y acciones positivas. Para el Apóstol Pablo lo que pensamos afecta nuestras relaciones, determina nuestras decisiones y nos guía a lo largo de la vida. De igual manera, nos anima a decidir con cuidado en qué pensar. Cuando pensamos en lo correcto, hacemos lo correcto. Podemos tener una buena salud desde el punto de vista físico, pero a la par de ello debemos cuidar y alimentar la parte que tiene que ver con nuestros pensamientos, porque ellos determinan nuestras relaciones y acciones.
La cita bíblica antes mencionada nos dice en qué debemos pensar. El apóstol Pablo nos enseña que debemos pensar en «todo lo que es verdadero». Jesús nos dijo que él es el camino, la verdad y la vida, así que pensar en lo verdadero es pensar en Jesús, en sus acciones y en sus enseñanzas. También nos llama a pensar en lo que es correcto. De aquí se desprenden la justicia y rectitud. Si pensamos en hacer lo correcto somos justos y actuamos con rectitud. Esto no es fácil. En un mundo lleno de corrupción tenemos que buscar la justicia y aplicar la rectitud. La palabra de Dios nos señala el camino: «buscad primero el reino de Dios y su justicia».
Luego, el apóstol nos dice que pensemos en todo lo que es puro. Pero ¿cómo podemos ser puros de corazón?, ¿cómo mantener puro nuestro camino? La respuesta es guardándolo conforme a la palabra de Dios. Para mantener puro nuestro camino, debemos cuidar nuestro corazón, debemos protegerlo siendo cuidadosos con lo que pensamos.
Posteriormente Pablo nos dice piensen en todo lo que es agradable, en todo lo que es hermoso. No sólo hermoso y agradable para nosotros, sino hermoso y agradable para Dios. Y finalmente, Pablo escribe: «Piensen en todo lo que es digno de alabanza, en todo lo que es admirable. Si hay alguna excelencia y si hay algo digno de alabanza, piensen en estas cosas». ¿Y qué hay más digno de alabanza que Dios? Pensar en Dios nos trae paz, nos aligera la carga, nos hace sentir seguros.
En síntesis, vivir no significa sólo cuidar la parte física del cuerpo, también implica cuidar la parte interna, cognitiva y espiritual. Si atendemos ambas cosas podremos tener una buena salud en esta vida y en la vida eterna.