25/05/2026
Lunes después de Pentecostés
(Santa María Virgen, Madre de la Iglesia)
Del Evangelio según San Juan 19, 25-34
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed».
Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca.
Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran.
Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había mu**to, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Reflexión
El Evangelio de hoy nos lleva al pie de la cruz. Allí donde el dolor alcanza su culmen, también florece la maternidad en la Iglesia. San Juan nos muestra a Jesús crucificado, y junto a Él, a su Madre y al discípulo amado. Y desde ese trono de madera, el Señor entrega su último testamento de amor: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre”.
Este momento no es un simple gesto humano de Jesús, preocupado por el futuro de su madre. Es mucho más: es un acto fundacional, un acto eclesial. Desde la cruz, Jesús nos entrega a María como Madre de todos los discípulos, como Madre de la Iglesia naciente.
Podría parecer extraño que, en un momento de tanto sufrimiento, Jesús se detenga a hablar de maternidad. Pero es precisamente en ese instante, cuando su corazón se abre literalmente por la lanza, cuando nace la Iglesia, y con ella, nace también su Madre espiritual. María, que le dio carne al Hijo de Dios, ahora recibe como hijos a todos los que han nacido del costado traspasado del Salvador.
El texto nos dice que de ese costado “salió sangre y agua”: símbolos del Bautismo y la Eucaristía, signos de vida nueva. De ese costado brota la gracia. Y al mismo tiempo, junto a ese costado está María, firme, silenciosa, creyente.
Ella no huye del dolor, porque en medio de ese dolor, está naciendo algo nuevo: una familia que no se basa en la carne, sino en el Espíritu. La familia de Dios.
Por eso la Iglesia reconoce a María, no solo como la Madre de Jesús, sino como Madre nuestra, Madre de la Iglesia.
Ella no se cansa de acompañar, de interceder, de enseñarnos a permanecer de pie, aun en las cruces de cada día. María es modelo de fe, de obediencia, de entrega total. Pero también es consuelo, es ternura, es hogar.
Celebrar hoy esta memoria litúrgica, instituida por el Papa Francisco, justo después de Pentecostés, no es casual.
El Espíritu descendió sobre los apóstoles en el Cenáculo junto con María. Ella es la madre que acompaña el nacimiento de la Iglesia y permanece con ella. Como entonces, sigue orando por nosotros, sigue sosteniéndonos, sigue alentándonos a hacer todo lo que Jesús nos diga.
Cuando sentimos que el camino se vuelve árido, cuando el mundo rechaza el Evangelio, cuando la Iglesia se ve herida o cansada, es a María a quien podemos volver. Ella nos muestra el corazón de Cristo. Nos enseña a vivir desde la fe. Nos anima a no bajar los brazos. Nos abraza como hijos en sus brazos de madre.
Pidámosle hoy a María, Madre de la Iglesia, que nos enseñe a vivir unidos, a cuidar unos de otros, a ser discípulos firmes y humildes. Que en nuestras comunidades ella sea siempre acogida como en casa.
Y que cada uno de nosotros aprenda, como el discípulo amado, a llevarla a lo más íntimo de su vida: “Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”.
Santa María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros.