12/07/2022
¡Qué maravillosa es la paciencia de Dios para con el mundo de hoy día! Por todos lados las gentes pecan audazmente. La ley divina es pisoteada, y Dios mismo es despreciado. Es verdaderamente asombroso que no fulmine al instante a quienes le retan tan descaradamente. ¿Por qué no extermina de golpe al arrogante infiel y al blasfemo vociferante, como hizo con Ananías y Safira?
¿Por qué no hace que la tierra se abra y devore a los perseguidores de su pueblo, de modo que, como Dathán y Abiram, desciendan vivos al abismo? ¿Y qué de la cristiandad apóstata, donde toda forma posible de pecado se tolera y practica al abrigo del nombre Santo de Cristo? ¿Por qué la justa ira del cielo no pone fin a tanta abominación? Sólo es posible una explicación: porque Dios soporta “con mucha mansedumbre los vasos de ira preparados para muerte”.
¿Y qué del que esto predica y del que oye? Examinemos nuestra vida. No hace mucho que seguíamos a la multitud haciendo lo malo, y no teníamos interés alguno en Dios ni en su gloria, viviendo sólo para agradarnos a nosotros mismos. ¡Cuán paciente e indulgente fue para con nuestra conducta impía! Y ahora que la gracia nos ha arrebatado como tizones del fuego, nos ha dado un lugar en la familia de Dios y nos ha engendrado para un herencia eterna en gloria,
¡ que miserablemente le correspondemos!. ¡Qué superficial es nuestra gratitud, qué lenta nuestra obediencia, qué frecuentes son nuestras reincidencias!
Ojalá que la meditación de esta excelencia divina (LA PACIENCIA DE DIOS) ablandara nuestros corazones, enterneciera nuestras conciencias, e hiciera que aprendiésemos en la escuela de la experiencia santa la “paciencia de los santos”, es decir, la sumisión a la voluntad de Dios y la perseverancia en el bien hacer.
QUE DIOS LES BENDIGA.