10/06/2026
7. EL GRAN PRINCIPE
Un rey oriental, poderoso y sabio, hallándose enveje
cido y enfermo, reunió a sus tres hijos, y les dio a cada uno
de ellos dos camellos cargados de oro, plata y piedras precio
sas y les determinó gastar esos tesoros, en viajes por el reino,
durante tres meses, con la obligación de que volviesen, ense
guida, a fin de que él pudiese efectuar la escogencia del
príncipe que lo sucedería en el trono.
Terminado el plazo establecido, los jóvenes regresaron
a la casa paterna.
Los dos más viejos exhibían mantos riquísimos y lle
garon con enorme ruido de carruajes, pero el tercero venía
cansado y anheloso, arrimándose en un bordón cual mendigo,
despertando la ironía y el asombro de mucha gente.
El rey bondadoso los bendijo discretamente y se dispu
so a oírlos, delante de compacta multitud.
El primero se aproximó, hizo una larga reverencia, y
notificó: – Mi padre y mi soberano, viajé por todo el centro del
país y adquirí, para tu descanso, un admirable palacio, donde
tu nombre será venerado para siempre. Compré esclavos vi
gorosos para que te sirvan, y reuní, en ese castillo, digno de
ti, todas las maravillas de nuestro tiempo. Desde esa morada
resplandeciente, podrás gobernar siempre honrado, fuerte y
feliz.
El monarca pronunció algunas palabras de agradeci
miento, mostró amoroso gesto de aprobación y mandó que el
segundo hijo se adelantase:
– ¡Mi padre y mi rey! – Exclamó contento – te traigo la
colección de tapetes mas ricos del mundo. Decenas de perso
nas perdieron el don de la vista, con el fin de tejerlos. Se
aproxima a la ciudad una caravana de veinte camellos, car
gando esas preciosidades que te ofrezco, ¡oh augusto dirigen
te, para que reveles tu fortuna y poder!...
El monarca expresó gratitud en una frase cariñosa, y
recomendó que el más joven tomase la palabra.
El hijo más joven, enflaquecido y mal vestido, se arro
dilló y habló, entonces: – ¡Amado padre, no traje ningún trofeo para tu trono
venerable y glorioso…viajé por la tierra que el supremo se
ñor te confió, de norte a sur y de este a oeste, y vi que los
súbditos esperan de tu gobierno la paz y el bienestar, tanto
como el creyente aguarda la felicidad y la protección del cie
lo…En las montañas, encontré la fiebre devorando cuerpos
mal abrigados y movilicé médicos y remedios, a favor de los
que sufrían. Al norte, vi la ignorancia dominando a millares
de niños y jóvenes desamparados, e instalé escuelas en nom
bre de tu administración justiciera. Al oeste, en las regiones
pantanosas, fui sorprendido por bandos de leprosos y les dí
conveniente asilo en tu nombre. En las ciudades del sur, note
que centenares de mujeres y niños son vilmente explotados
por la maldad humana e inicié la construcción de oficinas en
que el trabajo edificante los recoja. En las fronteras, conocí a
numeroso esclavos con los hombros heridos, amargados y
enfermos, y los liberé, anunciándoles la magnanimidad de tu
corona!...
La conmoción lo interrumpió. Se hizo un gran silencio
y se vio que el viejo soberano mostraba los ojos llenos de
lágrimas.
El joven cobró nuevo ánimo y terminó:
– ¡ Perdóname si entregue tu dinero a los necesitados y
discúlpame si regreso a tu presencia envuelto en extrema po
breza, por haber conocido, de cerca, la miseria, la enferme
dad, la ignorancia y el hambre en los dominios que el cielo
confirió a tus manos benefactoras… La única dadiva que te
traigo amado padre, es mi corazón reconocido por las ense
ñanzas que me diste, permitiéndome contemplar el servicio
que me corresponde hacer…No deseo descansar mientras
haya sufrimiento en este reino, porque aprendí contigo que
las necesidades de los hijos del pueblo son iguales a la de los
hijos del rey!...
El viejo monarca, en llanto, muy trémulo, descendió
del trono, abrazó demoradamente al hijo desarrapado, se qui
to la corona y la coloco sobre la frente de él, exclamando,
solemne: – ¡Gran príncipe: Dios el eterno señor te bendiga para
siempre! ¡Es a ti que compete el derecho de gobernar, mien
tras vivas!
La multitud aplaudió, delirando de júbilo, mientras el
joven soberano, arrodillado, sollozaba de emoción y recono
cimiento.
ALBORADA CRISTIANA
FRANCISCO CÁNDIDO XAVIER
Por el Espíritu Neio Lúcio