16/08/2026
El Evangelio de hoy tiene algo que me encanta: esta mujer no se rinde.
Jesús parece no escucharla. Los discípulos ya están desesperados porque viene gritando detrás de ellos. Y, para acabarla, la respuesta que recibe no parece precisamente alentadora.
Pero ella sigue ahí.
Y pensé: ¡esta mujer sabía insistir!
De esas personas que uno deja “en visto”… y cinco minutos después ya tiene otro mensaje:
“¿Sí vio lo que le mandé?” 😄
Pero aquí hay una diferencia: ella no insiste por necedad. Insiste porque ama.
Está luchando por su hija.
Y cuando se ama de verdad, uno hace cosas que quizá nunca haría por sí mismo.
Una madre se desvela.
Un padre se preocupa en silencio.
Una abuela reza el Rosario.
Un hijo acompaña a sus padres cuando envejecen.
Una familia entera se pone de rodillas cuando uno de los suyos está sufriendo.
Esta mujer llega hasta Jesús cargando el dolor de alguien que ama.
Y solamente le dice:
“Señor, ayúdame”.
Qué oración tan pequeña… pero qué oración tan grande.
Porque a veces creemos que para hablar con Dios necesitamos palabras bonitas. Y no.
Hay momentos de la vida en que uno ya no sabe qué decir.
Cuando estamos esperando el resultado de un estudio médico.
Cuando un hijo tiene problemas.
Cuando falta el trabajo.
Cuando hay dificultades en el matrimonio.
Cuando alguien que amamos se aleja.
Cuando por la noche ponemos la cabeza en la almohada y nadie sabe lo que estamos cargando por dentro.
Entonces basta decir:
“Señor, ayúdame”.
Y aquí viene lo más hermoso.
Jesús termina diciéndole:
“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”
No le dijo: “Qué grande es tu conocimiento”.
No le preguntó cuántas oraciones sabía.
No le pidió títulos, cargos ni reconocimientos.
Vio su fe.
Una fe que no abandonó cuando Dios guardó silencio.
Porque creer cuando todo sale bien es relativamente fácil.
La verdadera fe aparece cuando rezamos… y parece que Dios no responde.
Cuando pedimos… y tenemos que esperar.
Cuando las cosas no suceden como nosotros queríamos.
Porque también nosotros somos curiosos: rezamos un Padre Nuestro y casi queremos revisar el celular para ver si Dios ya contestó. 😄
Y Dios tiene otros tiempos.
El silencio de Dios no significa ausencia de Dios.
Aquella mujer pudo haberse marchado diciendo: “Jesús no me escuchó”.
Pero permaneció.
Y por permanecer, terminó escuchando unas palabras que seguramente jamás olvidó:
“¡Qué grande es tu fe!”
Tal vez nadie aquí sabe lo que estás viviendo.
No importa.
Dios sí lo sabe.
Por eso hoy no vengamos solamente a pedirle a Jesús que resuelva nuestros problemas.
Pidámosle algo todavía más grande:
“Señor, dame una fe que no se rinda”.
Una fe que permanezca cuando haya enfermedad.
Una fe que permanezca cuando haya problemas en la familia.
Una fe que permanezca cuando las cosas no salgan como esperábamos.
Una fe que pueda decir:
“Señor, no entiendo lo que está pasando, pero sigo confiando en Ti”.
Y ojalá que cuando termine nuestra vida, después de tantas caídas, preocupaciones, lágrimas, alegrías y veces que volvimos a buscarlo, podamos escuchar de labios de Jesús aquellas mismas palabras:
“Qué grande fue tu fe”.
Y créanme, hermanos…
si al final Cristo puede decir eso de nosotros, habrá valido la pena todo el camino.
Amén.