25/01/2026
Siempre tenemos necesidad de conversión, pero muchas veces nuestra idea es un tanto inadecuada, por lo que lejos de favorecer, llega a impedir nuestro proceso o crecimiento como creyentes.
Sabemos que muchos cristianos conciben su religión como un sistema de valores, como un conjunto de obligaciones que les permite ser considerados buenas personas, pero no han comprendido todavía que el fundamento de la existencia cristiana procede únicamente de la adhesión a Cristo, su Señor y su hermano mayor.
Insistimos en ver la conversión como fruto de nuestros esfuerzos o de nuestra generosidad; en el fondo, somos nosotros los protagonistas, los que hacemos el esfuerzo y también los que nos ganamos a pulso nuestra justificación ante el Señor. Somos nosotros los que nos ponemos frente a Dios.
Sin embargo, la conversión es ante todo una gracia, un don de Dios, un fruto del conocimiento - relación, un fruto de la apertura a ‘aquel que nos ama apasionadamente’.
La conversión cristiana no tiene como punto de partida una fundamentación moral, yo no me convierto partiendo de unos valores mejorables que optimice por otros más sublimes o superiores. La conversión cristiana es existencial; es pasar de una existencia centrada en mí para dejar que una persona entre en mi vida.
La conversión cristiana tiene como característica el paso de vivir como ‘esclavos de la ley’ a vivir ‘en la libertad de los hijos de Dios’, de vivir desde nuestro yo, nuestra generosidad, nuestro ‘hacernos a nosotros mismos’ a vivir desde otro, desde la humildad desde el dejarse hacer por Dios.
Este paso sólo lo podemos dar en virtud de un descentramiento, de un desasimiento, de un despojo.
· Descentrarnos de nuestro yo, aceptar que nuestra fe es relacional, y que el tú no es otro que Cristo.
· Desasirnos de nuestras pequeñas seguridades para poner nuestra seguridad en Cristo, único y verdadero fundamento.
· Despojarnos de nuestras riquezas, para que él pueda entrar y hacerse dueño y señor de nuestra vida.
La conversión cristiana está sometida es un proceso espiritual que dura toda la vida, porque a Cristo nunca se le termina de conocer y de amar suficientemente. Sólo así podremos entender con san Pablo ‘ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí’ y suplicar ardientemente el poder llegar un día a entrar en esta experiencia mística.