09/09/2026
365 días con Francisco de Asís
día 339
Si toda alma llena de caridad aborrece a los que Dios aborrece, así ocurría en san Francisco. Execrando, en efecto, de modo espantoso a los detractores más que a otra clase de viciosos, solía decir de ellos que llevan veneno bajo la lengua, con que inficionan a los demás. Por eso, si los chismosos y pulgas mordaces hablaban alguna vez, los evitaba –como nosotros mismos lo vimos– y se apartaba por no prestarles oído, no fuera que se manchase oyéndolos.
Así, un día que oyó a un hermano denigrar la fama de otro, volviéndose a su vicario, el hermano Pedro Cattani, se expresó en estos términos terribles: «Amenazan divisiones a la Orden si no se hace frente a los detractores. El perfume suavísimo de muchos se
tornará pronto hediondo si no se tapan las bocas de los hediondos. Anda, anda, examina con cuidado, y si ves que el hermano acusado es inocente, haz saber a todos –por medio de una corrección severa– quién es el que ha acusado. (...) Quiero –continuó– que tú, así como todos los ministros, tengáis sumo cuidado de que este mal pestífero no se difunda más».
Y a veces juzgaba que quien había arrancado el buen nombre de su hermano merecía ser despojado del hábito, y que no podía elevar los ojos a Dios si primero no devolvía lo que había robado.
Por eso –como muestra de una abominación más eficaz–, los hermanos de entonces habían dispuesto entre sí, con una sanción en firme, evitar cuidadosamente todo cuanto rebajara el honor de los demás o sonare a injuria. ¡Muy recta y acertadamente por cierto!
Pues, ¿qué es el detractor sino hiel entre los hombres, fermento de maldad, deshonra del universo? Y, ¿qué es el hombre de lengua doble sino escándalo de la Religión, veneno del claustro, desintegración de la unidad? ¡Ay!, que la tierra está cubierta de animales venenosos, y ningún hombre de bien puede escapar de las mordeduras de los enemigos. Se prometen premios a los acusadores y, humillando la inocencia, se da, a las veces, la palma a la falsedad. Más: cuando alguien no es capaz de vivir de su honestidad de bien, se gana con qué comer y con qué vestir destruyendo la honestidad de los demás.
(TOMÁS DE CELANO, Vida segunda, II, 138: FF 768-769)
San Francisco de Asís
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