02/06/2026
De la pluma del pastor…
El día de hoy, en el devocional que compartimos diariamente con el personal del CBI, reflexionábamos sobre Hechos 11, y encontré una enseñanza que vale la pena compartir con todos ustedes.
Existe una tendencia muy humana: querer sentirnos especiales, exclusivos o parte del grupo privilegiado.
Los judíos habían recibido promesas reales de Dios, pero algunos llegaron a pensar que esas promesas los hacían superiores a los demás.
Por eso cuestionaron a Pedro:
”¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos?” (Hechos 11:3).
El problema no era que Pedro estuviera desobedeciendo a Dios. El problema era que Dios estaba extendiendo Su gracia a personas que ellos no consideraban dignas de formar parte del pueblo de Dios.
Después de contar lo que Dios había hecho, Pedro concluye:
“Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros…” (Hechos 11:17).
Y entonces la iglesia reconoce algo extraordinario:
”¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” (Hechos 11:18).
Hoy no solemos decir: “Nosotros somos los judíos y ellos los gentiles”. Pero la misma actitud puede aparecer de formas más sutiles:
• “Nuestra iglesia sí predica bien; las demás no.”
• “Yo sí conozco la Biblia; ellos no.”
• “Dios puede usarme a mí, pero difícilmente a esa persona.”
• “Esa persona está demasiado lejos de Dios.”
Hechos 11 confronta esa manera de pensar. Dios no está formando un club exclusivo; está reuniendo un pueblo compuesto por toda clase de personas que se arrepienten y creen en Cristo.
Sin embargo, hay un equilibrio importante que no debemos perder de vista.
Este pasaje no enseña que todas las creencias son correctas ni que la verdad no importa. Los gentiles no fueron aceptados permaneciendo en su idolatría; fueron aceptados porque también recibieron el evangelio y respondieron con arrepentimiento.
La enseñanza no es que todos tienen razón.
La enseñanza es que la misericordia de Dios alcanza mucho más lejos de lo que nosotros imaginamos.
Por eso vale la pena hacernos una pregunta incómoda:
¿Hay alguien a quien, en el fondo, nos cuesta creer que Dios pueda transformar?
Porque en Hechos 11 los que estaban equivocados no eran los pecadores que llegaron a Cristo, sino los creyentes que habían puesto límites donde Dios no los había puesto.
Dios sigue derribando barreras que los hombres construyen para sentirse distintos o especiales. Y sigue llamando a personas que muchos habían descartado.
Que nunca seamos nosotros quienes limitemos el alcance de la gracia que Dios ha decidido extender.
Bendiciones.