24/05/2026
Hoy celebramos con gran alegría la Solemnidad de Pentecostés. Celebramos y damos gracias a Dios por el mayor regalo que nos ha enviado: el Espíritu Santo, nuestro Consolador, nuestro Defensor, el mejor amigo que podemos tener. A Él lo adoramos y profesamos en nuestra fe como la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. La presencia del Espíritu Santo en medio de nosotros no siempre se ve con los ojos, pero sí se descubre por sus frutos y por los efectos que produce en nuestra vida. Ese "fuego del Espíritu de Dios" arde en el corazón de quien se abre a Él; nos abraza con la misma vida de Dios y nos transforma desde dentro para vivir según el Espíritu de Dios.
¿Y cómo sabemos que el Espíritu Santo está actuando en nosotros? Se nota en nuestra manera de vivir, de pensar, de hablar y de tratar a los demás. Se manifiesta cuando hay más amor que odio, más perdón que resentimiento, más esperanza que desánimo, más verdad que mentira. Los frutos del Espíritu Santo se reflejan en la vida diaria. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos pedir con fuerza: "¡Ven, Espíritu Santo!" Que venga a renovar nuestros corazones, nuestras familias, nuestra Iglesia y este mundo tan herido y corrompido por el pecado, la violencia, la guerra, la desigualdad, el egoísmo y la indiferencia.
La verdadera fe en Dios no consiste solamente en decir que creemos, sino en vivir abiertos a la acción de su Espíritu, que da vida y nos renueva constantemente. Y esa presencia del Espíritu no actúa una sola vez; se hace palpable cada día cuando buscamos hacer la voluntad de Dios y vivir según sus enseñanzas.
Hace más de dos mil años, en Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles y dio nacimiento a la Iglesia. Aquellos hombres que estaban llenos de miedo salieron con valentía a anunciar la Buena Nueva de Jesucristo. Eso es lo que hace el Espíritu Santo: transforma corazones temerosos en corazones valientes, transforma la tristeza en alegría y el desánimo en esperanza.
Y si Dios ha prometido permanecer con nosotros, será posible solamente si dejamos que ese mismo Espíritu siga encendiendo en nuestro interior el fuego de su amor, para irnos transformando en una nueva creación. Dios sabe las cosas maravillosas que pueden suceder cuando vivimos nuestra fe de verdad. Pero la pregunta es: ¿creemos realmente en sus promesas? ¿Creemos que el Espíritu del Señor Resucitado vive y actúa entre nosotros?
Si de verdad creemos que el Espíritu de Dios habita en nosotros, entonces podremos encontrar la fuerza para perdonar a quien nos ha herido profundamente. Si creemos en el Espíritu Santo, no daremos solamente de lo que nos sobra, sino que aprenderemos a compartir incluso aquello que necesitamos. Si dejamos que el Espíritu nos guíe, podremos aceptar a esa persona que tanto nos cuesta, amar a quien no queremos amar y tender la mano a quien hemos rechazado.
Pentecostés no es solamente un día para agradecer por el don del Espíritu Santo. Es también una invitación a comprometernos nuevamente a vivir según el Espíritu de Dios. Porque cuando Dios camina con nosotros, no hay nada que temer.
Pidámosle hoy al Señor que nos permita ser instrumentos de su Espíritu para renovar la faz de la tierra; para seguir construyendo un mundo más humano, más santo y más lleno de amor; para hacer de nuestra vida y de este mundo aquello que Dios soñó desde el principio.
Que el Espíritu Santo encienda nuevamente en nosotros el fuego de su amor y nos transforme en verdaderos discípulos de Cristo.
Padre Benito Hernandez CR