23/08/2026
⭕ 𝗛𝗼𝗺𝗶𝗹𝗶́𝗮 𝟮𝟯 𝗱𝗲 𝗮𝗴𝗼𝘀𝘁𝗼 𝗱𝗲 𝟮𝟬𝟮𝟲
𝗠𝗮𝘁𝗲𝗼 𝟭𝟲, 𝟭𝟯-𝟮𝟭
“¿𝗤𝘂𝗶𝗲́𝗻 𝗱𝗶𝗰𝗲 𝗹𝗮 𝗴𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝘀 𝗲𝗹 𝗛𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲?”
𝗫𝗫𝗜 𝗗𝗼𝗺𝗶𝗻𝗴𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗧𝗶𝗲𝗺𝗽𝗼 𝗢𝗿𝗱𝗶𝗻𝗮𝗿𝗶𝗼
Caminar por muchos de los parajes de la Sierra Tarahumara es observar, acercarse y, a veces, escalar farallones semejantes a grandes fortificaciones: espectaculares relices que caen verticalmente desde grandes alturas y una multitud de peñascos con diseños caprichosos, originales y admirables. Todo ello es donación de Dios, obra de su creación. Como quiera que las veamos, son rocas que al mismo tiempo nos pueden proteger, pero que también nos retan o nos atemorizan.
Hoy escuchamos la historia de otra roca, vital para nuestra fe: fuerte, sólida y difícil de quebrantar. En las Escrituras, la roca por excelencia es Cristo: la piedra angular sobre la que se edifica el templo espiritual, la fuente de agua viva de la que bebe el pueblo, y también piedra de tropiezo para quienes no creen, pero la más preciosa para los que mantienen la fe.
Lo sorprendente del Evangelio de hoy es que el mismo Pedro —que a veces tropezó, pero que en muchas más ocasiones contempló la belleza de la piedra que es Jesús— es nombrado ahora como piedra por el Maestro. Ya no será solo Simón: «Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
¡Vaya paradoja! A simple vista, «Pedrito» no parecía una piedra muy sólida:
• Soberbio: buscaba los primeros puestos.
• Miedoso: se animó a caminar sobre el agua, pero al sentir el viento fuerte se asustó, comenzó a hundirse y gritó: «¡Señor, sálvame!».
• Incoherente: prometió «nunca te negaré» y, a la hora de la verdad, lo negó tres veces.
Como líder, humanamente hablando, no se podía apostar mucho a su favor. Sin embargo, a ese hombre tan humano y tan frágil, pero siempre con el deseo sincero de recomponer su vida, es a quien Jesús escoge para entregarle las llaves del Reino de los cielos: «Todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo».
Ante la pregunta de Jesús: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?», imaginemos lo que supuso para Pedro manifestar que Jesús era el Mesías. El Mesías esperado era visto como una figura gloriosa que haría maravillas políticas y militares: liberaría al pueblo de los romanos, restauraría la riqueza e impondría la justicia. En cambio, lo que Pedro veía en Jesús era a un galileo itinerante que no tenía ni dónde reclinar la cabeza. Y el grupo que lo acompañaba no infundía mucho respeto humano: pescadores, campesinos, un recaudador de impuestos y mujeres de reputación dudosa. Para confesarlo como el Mesías enviado por Dios hacía falta estar loco o contar con una inspiración divina.
La reacción de Jesús comenzó con una bendición que subraya la trascendencia de las palabras de Pedro. Jesús tiene claro que su discípulo no es un loco ni un hereje; sus palabras son fruto de una revelación del Padre. De esa fe revelada nace la misión de Pedro como piedra visible para la comunidad. En ella estará sustentada la Iglesia: una Iglesia llamada a soportar tormentas, como las que vivimos en este siglo XXI, lleno de indiferencia, secularismo, violencia e individualismo.
Pedro y sus sucesores son puestos como un servicio de unidad y sustento para la comunidad a la que le son dadas las llaves. Es una figura muy similar a la de Eleacín, de quien nos habla hoy el profeta Isaías en la primera lectura:
«Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro. Lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá».
Por eso, lo que la Iglesia decide en la tierra, guiada por el Espíritu, tiene eco en el cielo. No por el mérito individual del Papa en turno, sino porque representa a toda la comunidad creyente. La intención de Jesús fue formar una comunidad llamada a perdurar en el tiempo, y vio la necesidad de que tuviera un responsable último: alguien que apacentara al rebaño, lo animara en todo momento, lo corrigiera cuando fuera necesario y tomara decisiones definitorias en momentos de duda o conflicto, tal como le tocó al mismo Pedro al discernir la apertura del Evangelio a los paganos. Los líderes de la Iglesia no siempre son santos ni todos piensan igual, pero existe la expectativa de que sean hombres de oración, capaces de discernir y de representar dignamente a la comunidad.
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?», nos pregunta hoy Jesús a nosotros. Lo hace a la comunidad en plural: «ustedes». No espera respuestas individuales y descomprometidas de los demás. Espera una respuesta comunitaria, sinodal: todos caminando en una misma dirección. Las formas, responsabilidades y acciones no siempre serán idénticas, pero sí el enfoque y el rumbo: el seguimiento de Jesús. Y entonces sí, cuando caminemos juntos hacia el sueño de Jesús —su ideal del Reino de Dios—, podremos atar y desatar, abrir y cerrar, construir y transformar nuestro mundo.
¿𝗤𝘂𝗶𝗲́𝗻 𝗲𝗿𝗲𝘀, 𝗦𝗲𝗻̃𝗼𝗿? 𝗱𝗲 𝗙𝗹𝗼𝗿𝗲𝗻𝘁𝗶𝗻𝗼 𝗨𝗹𝗶𝗯𝗮𝗿𝗿𝗶
Cualquier día,
en cualquier momento,
a tiempo o a destiempo,
sin previo aviso
lanzas tu pregunta:
y tú, ¿quién dices que soy yo?
Y yo me quedo a medio camino
entre lo correcto y lo que siento,
porque no me atrevo a correr riesgos
cuando tú me preguntas así.
Nuevamente me equivoco
y me impones silencio
para que escuche tu latir
y siga tu camino.
Y al poco tiempo, vuelves a la carga:
Y tú, ¿quién dices que soy yo?
Enséñame lo que tú sabes.
Llévame a tu ritmo
por los caminos del Padre
y por esas sendas marginales
que tanto te atraen.
Corrígeme,
cánsame,
y vuelve a explicarme
tus proyectos y quereres,
quién eres...
Cuando en toda tu vida
encuentre el sentido
para los trozos de mi vida rota;
cuando en tu sufrimiento y en tu cruz
descubra el valor de todas las cruces;
cuando haga de tu causa mi causa;
cuando ya no busque salvarme
sino perderme en tus quereres...
Entonces, Jesús, vuelve a preguntarme:
Y tú, ¿quién dices que soy yo?
𝗣. 𝗝𝗼𝘀𝗲́ 𝗟𝘂𝗶𝘀 𝗦𝗲𝗿𝗿𝗮, 𝗦.𝗝.