24/05/2026
⭕ 𝗛𝗼𝗺𝗶𝗹𝗶́𝗮 𝟮𝟰 𝗱𝗲 𝗺𝗮𝘆𝗼 𝗱𝗲 𝟮𝟬𝟮𝟲
𝗝𝘂𝗮𝗻 𝟮𝟬, 𝟭𝟵-𝟮𝟯
“𝗥𝗲𝗰𝗶𝗯𝗮𝗻 𝗮𝗹 𝗘𝘀𝗽𝗶́𝗿𝗶𝘁𝘂 𝗦𝗮𝗻𝘁𝗼”
𝗗𝗼𝗺𝗶𝗻𝗴𝗼 𝗱𝗲 𝗣𝗲𝗻𝘁𝗲𝗰𝗼𝘀𝘁𝗲́𝘀
Hoy celebramos Pentecostés. Y quizá una de las preguntas más difíciles y más hermosas de la fe cristiana sea esta: ¿cómo entender al Espíritu Santo?
A lo largo de la historia, la Iglesia ha discutido mucho sobre Él: su identidad, su acción, su presencia en el mundo. Desde las primeras herejías hasta los debates entre Oriente y Occidente, pasando por la Reforma y los movimientos carismáticos, siempre ha existido una pregunta de fondo: ¿cómo reconocer hoy la acción del Espíritu?
Incluso existe toda una rama de la teología dedicada a ello: la neumatología, del griego pneuma, que significa “viento”, “aliento” o “espíritu”. Porque el Espíritu Santo es precisamente eso: viento que mueve, aliento que sostiene, fuego que transforma.
Pero más allá de las discusiones teológicas, las lecturas de hoy nos muestran algo muy concreto: cómo actúa el Espíritu en la vida real.
El Evangelio nos dice que el Espíritu nos enseña a confiar en el amor del Padre. Dios perdona, sana, reconcilia… y nos da también la capacidad de perdonar.
Pentecostés nos recuerda que el lenguaje del Espíritu es el amor. Puede expresarse de muchas maneras, en distintos idiomas y culturas, pero siempre conduce a lo mismo: a la comunión, a la dignidad humana, a la misericordia.
El milagro de Pentecostés no fue que todos hablaran igual, sino que todos pudieron entenderse. No desaparecieron las diferencias; se transformaron en comunión.
Por eso el Espíritu se hace presente donde la comunidad se reúne. Ahí donde hay personas que buscan juntas la justicia, la paz y la esperanza, ahí sopla el Espíritu. Y su voz se hace oír en nuestros gritos contra la violencia, en nuestra defensa de la dignidad humana, en el consuelo que ofrecemos a quien sufre.
El Espíritu genera vida y renueva la faz de la tierra. Está atento a todo aquello que destruye, divide o deshumaniza, para impulsarnos a dar un rostro distinto al mundo.
San Pablo lo dice con claridad: “aunque seamos distintos en nacionalidad, cultura, historia o condición social, al ser bautizados en un mismo Espíritu formamos un solo cuerpo.
Y cuánto necesitamos escuchar eso hoy.
Es triste escuchar a una amiga de San Diego, describir el ambiente que se vive en algunas partes de Estados Unidos: tensión, miedo, polarización, rechazo al diferente. “Es mucho el odio”, me decía. Y uno piensa: cuánto necesitamos volver a invocar al Espíritu Santo. Porque donde crece el odio, el Espíritu quiere abrir espacios de encuentro; donde hay exclusión, Él vuelve a recordarnos que todos somos hijos e hijas de Dios.
Hace poco murió una empresaria, amiga de muchos de ustedes, mujer de gran calidad humana y compromiso social. Su trabajo en favor de las comunidades de la Sierra Tarahumara buscó, precisamente, renovar este pequeño rincón parte de la faz de la tierra. En ella soplaba el Espíritu Santo. Porque el Espíritu no sólo se manifiesta en el templo; también en las manos que ayudan, en quienes acompañan, en quienes luchan por la dignidad de otros.
Y también sopló fuerte en nuestra kermés parroquial. Sopló en las carpas agitadas por el viento sobre nuestra renovada calle 14 y media. En el trabajo silencioso de tantos servidores. En las filas interminables de las enchiladas. En el chisporroteo alegre de la manteca de las gorditas. En las risas, en el cansancio compartido, en quienes pusieron o quitaron los toldos, acomodaban sillas, limpiaban mesas o servían comida con alegría.
Todo eso también es Pentecostés. Porque el Espíritu aparece cuando una comunidad se organiza, se acompaña y trabaja unida.
Ante la violencia, el Espíritu nos enseña el lenguaje de la compañía.
Ante las desapariciones, el idioma del acompañar en la búsqueda.
Ante la corrupción y la mentira, el valor de hablar con verdad.
Ante los abusos del poder, la valentía de dar voz a los empobrecidos.
Pentecostés ocurre cada vez que alguien decide hablar uno de esos idiomas del amor.
Por eso hoy hacemos nuestra la oración de la Iglesia:
Ven, Dios Espíritu Santo,
y envíanos desde el cielo
tu luz, para iluminarnos.
Y también:
Ven ya, Padre de los pobres,
luz que penetra en las almas,
dador de todos los dones.
El arte, la poesía también saben hablar del Espíritu. Dice José María Rodríguez Olaizola:
Espíritu
Te mira en los ojos risueños de un crío.
Te arrulla con voz familiar y segura.
Te impulsa a cantar en la tormenta.
Te habla a través de las gentes,
con palabras de amor y ternura.
Te sostiene en la caída
y te ayuda a levantar de nuevo.
Te pide, con mano implorante,
que le ayudes a sanar la dignidad
del mundo que se desangra
en tantos de sus hijos.
Hay días en que lo escuchas,
y otros en que lo ignoras,
pero cuando lo conoces
te hace más sabio,
más firme,
más humano.
Rompe las puertas selladas
que te encerraban en prisiones de dentro.
Y al salir de la estrechura,
te descubres amigo, hermano.
Entonces todos los idiomas
se vuelven un mismo canto.
Está en ti, susurrando su evangelio,
Acógelo, crece con Él,
que el Espíritu vive contigo.
Pentecostés no terminó hace dos mil años. Sigue ocurriendo cada vez que alguien habla el idioma del amor, de la justicia, de la compasión y de la verdad.
Que el Espíritu Santo encuentre abiertas nuestras puertas interiores, para renovar también en nosotros la faz de la tierra.
P. José Luis Serra, S.J.