Parroquia Nuestra Señora del Rosario CUU

Parroquia Nuestra Señora del Rosario CUU Somos una Parroquia Católica; nuestra Jerarquía: Pbro. Carlos Pérez, Mons. Constancio Miranda y el Papa León XIV

23/05/2026
Hermanas mías muy queridas, hermanos míos muy queridos, los saludo con el gusto de siempre, esperando que, poco a poco, ...
23/05/2026

Hermanas mías muy queridas, hermanos míos muy queridos, los saludo con el gusto de siempre, esperando que, poco a poco, vayamos creciente en una auténtica vida espiritual, es decir, que vayamos aprendiendo a dejarnos conducir por el Espíritu de Dios, apoyados por las enseñanzas de Jesús.
El 23 de mayo se celebra el día del estudiante. Antes se celebraba con mucho escándalo por las calles de nuestra ciudad, con desmanes y perjuicios. Eso afortunadamente se terminó. Les enviamos un abrazo a todas ellas y ellos. Y no dejemos de estudiar leyendo libros o consultando internet. Aunque estemos viejos, como yo, no dejemos de ser estudiantes.
Lean pausadamente la lectura evangélica que les transcribo. Y seguida, se pueden dar tiempitos para leer en abonos el comentario, que casi siempre alargo mucho, porque quisiera comentar en detalle las enseñanzas de Jesús.

Les transcribo pues el evangelio de este domingo: Juan 20,19-23.-
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.
De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Enseguida les comparto este comentario (léanlo, aunque sea en abonos durante la semana):
El momento culminante de la pascua de Cristo ha sido la donación del Santo Espíritu de Dios. San Lucas, en el libro de los Hechos de los apóstoles, como lo hemos escuchado en la primera lectura, nos dice que este acontecimiento sucedió en el 50° día de la pascua (cincuentavo se dice en griego ‘pentecoste’). San Juan, en cambio, y lo escuchamos en el pasaje evangélico de hoy, nos dice que esto sucedió el mismo día que Jesucristo resucitó. Difieren en las matemáticas, pero coinciden en el misterio divino: Jesucristo resucitó y nos otorgó su santo Espíritu, el mismo Espíritu que lo condujo a lo largo de su vida encarnada, más aún, el mismo Espíritu con el que ha vivido en comunión también con Dios nuestro Padre a lo largo de toda la eternidad. La liturgia sigue los números de san Lucas. Hoy es el 50° de la pascua. El domingo de resurrección lo hemos celebrado el pasado 5 de abril.
San Lucas, en el libro de los Hechos, se vale de estos números para expresarnos que la venida del Espíritu Santo es la plenitud de la pascua de Cristo, y la plenitud de toda la Obra de la salvación y transformación profunda y de raíz de esta humanidad. Durante 40 días se estuvo apareciendo Jesús resucitado a sus discípulos. Ya sabemos que el número 40 en la Biblia es un número que expresa plenitud. Y las siete semanas (siete por siete), coronadas por el 50° día, el domingo, son también un número de plenitud.
Así es que, están hablando de lo mismo: Dios quiere sellar, marcar su Obra de redención impregnándonos con su santo Espíritu.
Partamos para esto de nuestra triste realidad. La violencia, las guerras, el consumismo, el materialismo, el amor al dinero, la mentira que reina por doquier, desde nuestros hogares, pasando por nuestros ambientes laborales, por la calle, los medios de comunicación, la política, hasta en nuestra propia Iglesia; las trampas, la corrupción, el odio, el egoísmo (egocentrismo, egolatría), la indiferencia ante tantas cosas, etc., etc., son los signos palpables de que todavía, a pesar de que han transcurrido miles y miles de años de humanidad (y deshumanidad), continuamos siendo animalitos. Dios no nos creó solamente como carne, somos también espíritu. Dios quiere que vayamos evolucionando hacia la plena espiritualidad. ¡Qué hermoso será nuestro mundo, qué hermosa será toda nuestra humanidad cuando nos dejemos impregnar y conducir por el Santo Espíritu de Dios! El Hijo de Dios encarnado nos da el modelo del trabajo que el Padre quiere realizar en cada uno de nosotros y en todos juntos mediante su Santo Espíritu. Contemplémoslo en los santos evangelios:
Como un acto de suprema obediencia al Padre, el Hijo eterno se encarnó como uno de nosotros. ¡Y vaya la manera de encarnarse! Como un pobre, en un poblado sin la más mínima importancia en el imperio romano de aquel tiempo, Nazaret. ¿Podía salir algo bueno de este pobladito? (de pobres, jornaleros, artesanos sin tierra, pastores de rebaños ajenos), se preguntaba Natanael (Juan 1,46). Pues de ahí surgió el más bello de los seres humanos, por obra del Espíritu Santo en el vientre de una jovencita tan pobre como sus demás parientes nazaretanos. Y nació en un portal de Belén, en las afueras de la ciudad de Jerusalén (de ninguna manera al amparo del templo). Y vivió como un pobre, conducido por el Espíritu, hacia los pobres, los pecadores, los marginados, los impuros, los extranjeros, como fue toda la vida de Jesús en Galilea: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto… Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región” (Lucas 4,1.14).
Y dejo que san Pedro, en casa de un pagano, nos dé una síntesis de la vida de este pobre galileo: “Ustedes saben lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él... y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los mu***os. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y mu***os… Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles” (Hechos 10,37-45).
Así es: Dios quiere otorgarnos su Santo Espíritu para culminar su obra creadora en nosotros, porque aún estamos en tránsito en este proceso evolutivo. ¿Por qué resistirnos tanto a dejar entrar al Espíritu Divino en cada uno de nosotros y en todo nuestro mundo? ¿Por qué nos aferramos a esta carnalidad y a sus impulsos que sólo nos conducen a la perdición?
Los cristianos (laicos, religiosas, sacerdotes, obispos) tenemos la misión de vivir la vida en el Espíritu para comunicársela a nuestro mundo. Somos los menos indicados a aferrarnos a nosotros mismos. No vivamos nuestra religión superficialmente, vivamos la Espiritualidad profundamente.
Invitemos, conduzcamos a todos nuestros católicos hacia la lectura de los santos evangelios. Decía un sacerdote muy santo, cuyo bicentenario de nacimiento estamos celebrando: “¿Cómo se puede adquirir el espíritu de Dios? Estudiando el Santo Evangelio y orando mucho… hay que leer y releer el Santo Evangelio, penetrarse de él, estudiarlo, saberlo de memoria, estudiar cada palabra, cada acción, para captar su sentido y hacerlo pasar a los propios pensamientos y a las propias acciones” (El Verdadero Discípulo, p. 227).

Pueden releer otros comentarios evangélicos en la consabida dirección electrónica:
https://iglesiaenchihuahua.org/index.php?IDDT=1553&OPT2=14&NIVEL1=

Hermanas mías muy queridas, hermanos míos muy queridos, los saludo con el gusto de siempre, esperando que continuemos to...
16/05/2026

Hermanas mías muy queridas, hermanos míos muy queridos, los saludo con el gusto de siempre, esperando que continuemos todos celebrando con intensidad la pascua de la vida de nuestro Señor Jesucristo, como debe ser toda nuestra vida cristiana.
Un abrazo a maestras y maestros que ayer celebraron su día. Que toda la sociedad reconozca y valore su misión tan excelente de educar el corazón y la mente de la niñez y de la juventud. Tengamos presente que nuestro Maestro de la vida, humanidad y salvación es nuestro Señor Jesucristo. También recordé, como siempre, mis años de cura rural. El 15 de mayo es como el día de la gente del campo, recordando a su santo labrador.
Lean pausadamente la lectura evangélica que les transcribo. Y seguida, se pueden dar tiempitos para leer en abonos el comentario, que casi siempre alargo mucho, porque quisiera comentar en detalle las enseñanzas de Jesús.

Les transcribo pues el evangelio de este domingo: Mateo 28,16-20.-
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.
Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Enseguida les comparto este comentario (léanlo, aunque sea en abonos durante la semana):
En la versión del evangelista san Mateo, escuchamos que Jesús, en la última cena, les hizo este anuncio a sus discípulos: “después de mi resurrección, iré delante de ustedes a Galilea” (Mateo 26,32). De manera que, una vez que resucitó, el primer día de la semana después del sábado, un ángel les dijo a las mujeres que habían ido al sepulcro, muy temprano: “Ha resucitado de entre los mu***os e irá delante de ustedes a Galilea; allí le verán” (Mateo 28,7). Luego, ellas corrieron a dar la noticia a los discípulos, y en el camino, Jesús les salió al encuentro para darles la misma indicación: “En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ‘alégrense’. Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: No teman, vayan, avisen a mis hermanos que vayan a Galilea; allá me verán” (Mateo 28,9).
Todos los que leemos esto en el evangelio según san Mateo (y también en san Marcos), entendemos que hemos de entrar nuevamente (una y otra vez) al Evangelio, y página tras página, hacer el recorrido por los caminos y las casas de Galilea, como al principio, pero ahora iluminados por su resurrección. Contemplemos la vida y el ministerio de Jesús en esa región bendita a la que los judíos consideraban una tierra maldita, plagada de pecadores, pobres, enfermos, impuros, alejados de Dios. Y escuchamos esto como un llamado: ¿queremos encontrarnos con el Resucitado? Pues vayamos a Galilea, allá lo veremos.
En esta vuelta desde el principio de los evangelios, se nos iluminarán la mente y el corazón, y todas nuestras actividades pastorales porque, con esta clave de resurrección volveremos a escuchar los discursos, las parábolas y demás enseñanzas de Jesús; sus milagros como vivencias anticipadas del reino de Dios con aquellas ‘miserables’ y bienaventuradas gentes; sus encuentros con las multitudes, su caminar de Maestro con sus discípulos, sus desencuentros con los dirigentes del pueblo, su entrega de la vida por la salvación-transformación de raíz de esta humanidad, a partir de los pobres, de los últimos.
Pero Galilea, eso discernimos a tono con el evangelio, no es un lugar meramente geográfico del mundo, sino un lugar teológico (social, religioso), que se reproduce en infinidad de lugares de nuestro planeta: ahí donde están los pobres, los marginados, o como lo leemos en este mismo evangelio según san Mateo: “Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea… para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: “¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí… Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido… Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó” (Mateo 4,12-24).
Así es que salgamos a la calle, y recreemos esos recorridos por el Evangelio, en nuestra realidad, haciendo lo que el Resucitado hizo en Galilea y quiere seguir haciendo en nuestro mundo.
En estos tiempos de religiosidades, grupos exaltados, incluso de ceremonias socio-religiosas eventuales, y hasta muy solemnes, hemos de caer en la cuenta que el encuentro con Jesús Resucitado sigue siendo Galilea.
Nuestra Iglesia universal celebra la Ascensión de nuestro Señor a los cielos al 40° día de la pascua, que se cumplió este jueves pasado, esto según las cuentas de san Lucas en el libro de los Hechos, como lo acabamos de escuchar en la primera lectura: “En mi primer libro, querido Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús hizo y enseñó, hasta el día en que ascendió al cielo, después de dar sus instrucciones, por medio del Espíritu Santo, a los apóstoles que había elegido. A ellos se les apareció después de la pasión, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios… Dicho esto, se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos. Mientras miraban fijamente al cielo, viéndolo alejarse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”. En México, para dar oportunidad a que más católicos celebren esta fiesta, los obispos han determinado que se celebre al domingo siguiente. Pero, para que vayamos conociendo cada vez más los santos evangelios, debemos notar que ni san Mateo ni san Juan nos hablan de esta subida. De hecho, tampoco san Marcos en su primer final, aunque sí en su segundo final que está más bien tomado de la tradición de san Lucas. Pero no es importante si subió o no físicamente, sino que pasó a vivir plenamente la Comunión con el Padre, como lo insiste el evangelista san Juan: “sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía” (Juan 13,3).
El evangelio según san Mateo termina así: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28,20). Así es que, no pasemos por alto, en nuestro quehacer pastoral, que de lo que se trata es “hacer discípulos”. No solamente bauticemos y bauticemos niños-niñas para agrandar las cifras de nuestra membresía católica, Jesucristo, lo vemos claramente aquí, no está hablando de un catolicismo light, a la ligera, aguado como el que nos hemos inventado nosotros. Tomemos a cada persona y, tomémosla de la mano, y vayamos educándola como verdadero discípulo de Jesús, principalmente en la escucha y estudio de los santos evangelios, para que, obedientemente, vayamos a donde nos envía Jesús. Jesús mismo nos deja el ejemplo que hemos de seguir en nosotros mismos y en todas las personas a las que vamos, empezando por nuestros católicos: ¿cómo formó él a sus discípulos? Hay que entrar en los santos evangelios para aprender.

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Mis hermanas y mis hermanos, qué felicidad celebrar y recordar a nuestras mamás, vivas y difuntas, sanas y enfermas. Qué...
09/05/2026

Mis hermanas y mis hermanos, qué felicidad celebrar y recordar a nuestras mamás, vivas y difuntas, sanas y enfermas. Qué felicidad celebrar la maternidad (paternidad) de Dios, origen y fuente permanente de toda maternidad. Un abrazo a todas las que se aparecen por aquí. Que Dios les conceda la felicidad que se vive desde la fe.
Les deseo que sigan viviendo esta pascua de nuestro Señor con mucha alegría, como es propio de toda nuestra vida cristiana. De nuevo les recomiendo, para su crecimiento espiritual, que lean pausadamente la lectura evangélica que les transcribo. Y luego, si tienen un poco de tiempo, que lean el comentario, es posible que les ayude a comprender mejor la lectura evangélica. El comentario es largo, pero a veces no haya uno dónde detenerse. Se me antoja comentar cada frase, cada palabra de nuestro Señor.

Les transcribo el evangelio de este domingo: Juan 14,15-21.-
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes.
El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”.

Enseguida les comparto este comentario (léanlo, aunque sea en abonos durante la semana):
Qué felicidad celebrar y recordar a nuestras mamás, vivas y difuntas, sanas y enfermas. Qué felicidad celebrar la maternidad (paternidad) de Dios, origen y fuente permanente de toda maternidad.
El pasaje evangélico de hoy, como el del domingo pasado, se da en el contexto de la última cena de Jesús. Para nuestro Señor, la celebración de la nueva pascua (ya no la pascua judía) se realiza de manera más que vivencial. No es una celebración recitada de memoria, con el misal romano de por medio. Los cuatro evangelios nos relatan cosas muy diversas que sucedieron en esa cena, una verdadera cena. Es plenamente una cena de familia, de fraternidad, como la había establecido Moisés en los tiempos del Éxodo: “por familia… Y si la familia fuese demasiado reducida para una res de ganado menor, traerá al vecino más cercano a su casa, según el número de personas y conforme a lo que cada cual pueda comer” (Éxodo 12,3). Así estaba Jesús con sus discípulos como una familia espiritual. Así nos invita él a sentarnos a su cena de la vida, de la entrega de la vida por la salvación del mundo.
No leemos meramente un relato, sino que estamos sentados a su mesa escuchando las palabras de un Resucitado, uno que continúa vivo y nos sigue enseñando, instruyendo, dirigiéndonos, amándonos. Así lo escuchamos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos”. Cómo es necesario hacer llegar estas palabras a todos nuestros católicos, a todos los seres humanos, porque los mandamientos de Jesús no son órdenes autoritarias, sino mandamientos o caminos de vida, de vida plena, de vida eterna. Sí, para este mundo que se bate en la muerte (como los cerditos se baten en el lodo. ¿Exagero?).
La religión de Jesús es una relación de amor. No se puede ser cristiano sin amarlo. Pero, ¡ojo!, no hablemos de amor como lo hace el mundo. Qué frase tan trillada como vacía usa nuestra sociedad: ‘te amo’, ‘te amamos’. Lo escuchamos en la tele, lo leemos en las redes sociales, personas que hoy se dicen que se aman y al día siguiente se pelean y hasta llegan a odiarse; o frase tan vacía que brota de la real indiferencia hacia el otro, pero que se repite con tanta facilidad. ¿Apoco no hay esposos o hijos que les dicen a sus mamás: te amo? Cuando la realidad es el abandono. Sólo este día te amo y los demás 364 del año no me acuerdo de ti.
Jesucristo es muy sabio, por eso nos ofrece el recurso de verificación de nuestro amor, y dos veces los escuchamos en este breve pasaje: “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama”. A nosotros y a todos los católicos hay que hacerles llegar estas palabras. No vivas en la falsa ilusión de que amas a Jesús sólo porque dices creer en él, o porque besas alguna imagen suya, o porque lo adoras ante su Sacramento. Para que no te engañes a ti mismo o a la Iglesia, porque a Jesús no lo engañas, revisa tu conocimiento de los mandamientos de Jesús. Hagamos una lista de los que recordemos. Ahí nos daremos cuenta de nuestros hábitos de lectura de los santos evangelios, de escucha viva de las enseñanzas de Jesús. ¿Escuchamos a Jesús cada día en los santos evangelios? ¿O sólo repites que lo único que nos pide Jesús es que nos portemos bien?
Tan sólo en esta cena nos manda Jesús que nos lavemos los pies los unos a los otros (13,14), que nos hagamos servidores los unos de los otros; que nos amemos unos a otros como él nos ha amado, al grado de entregar la vida por los amigos (13,34 y 15,13); y, en otros lugares evangélicos, nos manda amar a los enemigos, corregirnos entre hermanos, perdonar hasta setenta veces siete, ser mansos y humildes de corazón como él, nos enseña la pobreza y la pobreza en el espíritu como camino de felicidad para nosotros y para el mundo, nos enseña con su viva persona a preferir la relación con los pobres, los marginados, los impuros, nos manda anunciar su Buena Noticia a todas las gentes, etc., etc.
Si tratamos de vivir estos mandamientos porque son suyos, entonces sí que lo amamos.

Pueden releer otros comentarios evangélicos en la consabida dirección electrónica:
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Mis hermanas y mis hermanos, les deseo que sigan viviendo esta pascua de nuestro Señor con mucha alegría, como es propio...
02/05/2026

Mis hermanas y mis hermanos, les deseo que sigan viviendo esta pascua de nuestro Señor con mucha alegría, como es propio de toda nuestra vida cristiana. Les recomiendo, para su crecimiento espiritual, que lean pausadamente la lectura evangélica que les transcribo. Y luego, si tienen un poco de tiempo, que lean el comentario, es posible que les ayude a comprender mejor la lectura evangélica. El comentario es largo, pero a veces no haya uno dónde detenerse. Se me antoja comentar cada frase, cada palabra de nuestro Señor. ¡Animo!

Les transcribo el evangelio de este domingo: Juan 14,1-12.-
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.
Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”. Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y con eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre”.

Enseguida les comparto este comentario (léanlo, aunque sea en abonos durante la semana):
Contemplamos a nuestro Señor Jesucristo resucitado, no sólo en este tiempo de pascua sino siempre. Volvemos a las páginas de los santos evangelios y ahora lo hacemos con mirada pascual: el Señor ha vuelto a la vida después de que este mundo lo ejecutó en una cruz. No resucitó para desaparecer de la escena o alejarse o distanciarse de la Obra de Dios. Él sigue operando en la construcción de su reino, del reino de la vida, de la felicidad que Dios nos ofrece a todos los seres humanos.
El pasaje que proclamamos hoy es un momento de la última cena, en la versión del evangelista san Juan. Estamos de nueva cuenta sentados en torno a su mesa. En esa cena, Jesús nos dejó numerosas instrucciones y revelaciones muy fundamentales para toda la humanidad. No era una sobremesa para pasar el rato. Ahora volvemos sobre esas enseñanzas, e iluminados por su pascua, nos sentimos capacitados para entenderlas y vivirlas mejor. Contamos con su santo Espíritu, el que nos prometió precisamente en esa cena: “yo pediré al Padre y les dará otro Paráclito, para que esté con ustedes para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero ustedes sí le conocen, porque mora con ustedes” (Juan 14,17); “el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, se lo enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14,26); “Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí” (Juan 15,26); “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, les guiará hasta la verdad completa” (Juan 16,13).
Así es que, iluminados por su pascua y por su santo Espíritu, ahora nos adentramos más en sus propósitos que nos fortalecen en esta caminata por la vida, por el mundo, que nos parece tan lleno de negatividad pero que, sin embargo, él nos envía a vitalizar a este mismo mundo: “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Juan 17,15).
Jesús reaviva nuestra esperanza revelándonos que tenemos un lugar seguro en la casa del Padre. ¿Los católicos vivimos en verdad en esa seguridad? Si somos discípulos de Jesús, sí. No decimos que somos muy santos como para merecer ese lugar. De lo que hemos de estar seguros es de la misericordia del Padre encarnada en el mismo Hijo: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”. ¿No nos habló de eso tantas veces en su vida mortal?
Qué bella imagen nos ofrece Jesús ahora: la casa paterna, la casa de papá y mamá que nos trae tan bellos recuerdos, la casa de la gratuidad, donde nos daban todo, donde nos llenaban de cariño, donde empezamos a conocer a Jesús, donde aprendimos a orar y confiar en el Padre, donde nos llenábamos de espiritualidad (y de su santo Espíritu). ¿Queremos estar en la casa del Padre o preferimos esta casa temporal? San Pablo lo vivió con fe vital (no meramente verbal o mental): “deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor” (Filipenses 1,23). Así lo escuchamos hoy: “los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes”.
Y, ¿cómo podemos llegar a la Casa del Padre, la casa de la fraternidad universal? No nos podemos dejar guiar por un mapa, por Google maps o por GPS. Lo único es seguirle los pasos a Jesús. Sólo caminando detrás de él podemos llegar al Padre, a la Casa del Padre, al reino de la fraternidad. Es preciso entrar y habitar en el Evangelio, caminar detrás de Jesús en esas páginas sagradas para luego, con creatividad y actualización, seguirlo en las realidades de nuestro mundo. No se puede trazar una religiosidad con un mapa, porque uno se queda con su propia religiosidad y no con la de Jesús. Tantas veces sucede en el cristianismo: Jesús se convierte en un slogan, en una idea, y la religión, en una rutina, y ya no se camina detrás de él. La jerarquía, prescindiendo de Jesús nos hacemos nuestra propia estructura eclesiástica. Los católicos de la base, se hacen su propio catolicismo, a su gusto. Pero Jesús nos hace seguidores de él, Camino, no de nosotros mismos (ver Hechos 9,2).
Jesús es la Verdad. ¿Ésta es sólo una frase misticona? Claro que no. Para nosotros los creyentes es, repitiendo la palabra, una verdad del tamaño del planeta, del universo. Quienes habitamos en el Evangelio todo lo vemos a partir de la Persona de Jesucristo; todo lo miramos, todo lo entendemos, lo vivimos, lo discernimos a partir de Jesucristo: el ser humano, el yo, la familia, los hijos, la bienaventuranza, la unión del hombre y la mujer, la sociedad, el mundo, la economía, la humanidad, la creación, el universo, la Iglesia misma, la Iglesia que estamos llamados a ser, todo lo discernimos a la luz de Jesucristo.
Jesús es la Vida. De esto no tenemos ni la menor duda. Sin Jesús, este mundo es un mundo de muerte. Con este evangelista profesamos firmemente: “Todo se hizo por la Palabra y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1,3). Jesús es la vida plena, la vida verdadera, la vida eterna: “para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Filipenses 3,21).

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30/04/2026

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Mis hermanas y mis hermanos, les deseo que sigan viviendo esta pascua de nuestro Señor con mucha alegría, como es propio...
25/04/2026

Mis hermanas y mis hermanos, les deseo que sigan viviendo esta pascua de nuestro Señor con mucha alegría, como es propio de toda nuestra vida cristiana.
Tengamos en el corazón a las niñas y a los niños, esta semana los celebraremos, el jueves.
El viernes nos acordaremos, y ya desde ahora los tenemos presentes, a todas las trabajadoras y trabajadores, obreros y empleados de empresas y maquilas, por el día del trabajo. Un día de lucha para que sean respetados en sus derechos.
Concluyó el viaje a apostólico del Papa León por cuatro países de África. Nos alegra que visite este continente tan agobiado por colonialismos y guerras.

Les transcribo el evangelio de este domingo: Juan 10,1-10.-
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado.
Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Enseguida les comparto este comentario (léanlo, aunque sea en abonos durante la semana):
Jesucristo está ofreciéndonos estas parábolas, de la puerta del redil y del buen pastor de las ovejas, para describirse a sí mismo y mostrarnos el amor con que el Padre eterno quiere conducir a las personas hacia la vida, la vida plena y verdadera. En Jesús no son meras palabras, son hechos, son obras, son vida. Es necesario que leamos los capítulos 9 y 10 juntos de este evangelio según san Juan, para entender y vivir, y valorar mejor estas parábolas.
Jesucristo estaba hablando ante los fariseos y demás dirigentes del pueblo. A ellos se refieren estas palabras: “el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido”. Sí, así los cataloga Jesús, a los que vinieron antes y a los que le siguieron después. Y es que Jesús está enojado con ellos, muy enojado, porque en vez de atender positivamente a los pobres, a los enfermos, a los sufrientes, mejor los despreciaban encerrándose en su religiosidad excluyente. Y está hablando de hechos evidentes.
Jesús se encontró con un ciego de nacimiento, que pedía limosna a la orilla del camino. Este pasaje evangélico nos tocó proclamarlo en el 4° domingo de cuaresma, el 15 de marzo. La religiosidad judía consideraba a este ciego un pecador, un pecado de pies a cabeza. ¿Por qué? Porque estaba ciego desde su nacimiento. Y nosotros nos preguntamos, ¿y qué culpa tenía él o sus padres? Pues ninguna, decimos nosotros, cristianos de este tiempo. Pero aquellas gentes, incluso en la base del pueblo, porque así se lo habían enseñado sus dirigentes, pensaban que toda enfermedad y toda desgracia, hasta la pobreza misma y la enfermedad, eran signos del pecado. Si Dios no los bendecía, es que eran pecadores, y eso se les notaba por fuera, eran impuros, y por lo mismo, segregados, descartados de la sociedad y de la religión.
Sin embargo, Jesucristo era todo lo contrario. Él sí se acercó al ciego, lo tomó en sus manos, prácticamente lo atendió con cuidados maternos, le untó lodo con su saliva, en los ojos, y lo mandó a lavarse a la piscina de Siloé, el Enviado, que es Jesús mismo. Y con eso, no sólo le abre los ojos, sino también la mente, los labios, el corazón. Jesús hace de este limosnero pobre un hombre vidente, hablante, pensante, creyente, un valiente en toda forma, un hombre completo. Este ciego, hay que decirlo de paso, es figura y signo del ser humano que Dios quiere, en este ciego nos hemos de ver todos nosotros y a todo el pueblo de Dios. Ésa es la humanidad que Dios quiere, la nueva creación a la que nos quiere conducir.
Pero los seres humanos, especialmente los que gozan de poder, nos oponemos a esa obra que es la voluntad de Dios, dar vida a sus ovejas. Jesús escogió esta figura de las ovejas por las particularidades de estos animalitos, que nos llaman a la ternura. No es que Dios nos quiera tratar como a meros animalitos, sí lo somos, mamíferos, pero él nos ha creado como seres espirituales. Y como Jesucristo recurre constantemente a las comparaciones, llamadas parábolas, se vale de estos animalitos. No es lo mismo cabras, vacas o caballos. Las ovejas son animalitos muy dóciles, que necesitan mucha protección, que dependen de un pastor que los lleve a tomar agua y alimentarse de buenos pastos. Desde la antigüedad, la palabra de Dios recurría a esta comparación: el salmo 23, que recitamos hoy; los profetas: “Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas” (Isaías 40,11); “ustedes, ovejas mías, son el rebaño humano que yo apaciento, y yo soy su Dios” (Ezequiel 34,31); “pondré al frente de ellas pastores que las apacienten… suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra” (Jeremías 23,4); y en otros evangelios: “al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Marcos 6,34; Mateo 9,36).
Dios quiere tener un cuidado tierno y materno, más que paterno, con sus hijos todos. Jesucristo vive este mismo sentimiento y nos lo quiere transmitir, porque debe haber correspondencia entre ambas partes. ¿Qué dice de nosotros en correspondencia? “las ovejas reconocen su voz” … “ellas lo siguen, porque conocen su voz” … “a un extraño no lo seguirán”.
Ante estas enseñanzas, no nos cansamos de repetir e insistir, y todos tenemos que hacer llegar este deseo y buena voluntad de Jesús a nosotros y al resto de nuestros católicos: Cristo quiere una relación de escucha y seguimiento de parte de todos nosotros, para comunicarnos su vida, su vitalidad, su alegría, su gracia, su salvación. Y, hay que decir, que esa vitalidad y esa gracia es la que hemos de hacer llegar a todo el mundo.
El catolicismo que actualmente estamos viviendo no es la religiosidad que aquí nos expresa Jesús. Es decir, Jesucristo no vino a establecer la indiferencia religiosa, el desconocimiento de su persona, los oídos sordos a esa voz que nos guía.
Obispo, sacerdotes, laicos comprometidos, hemos de revisar, en términos concretos, cómo estamos promoviendo una religiosidad de escucha y reconocimiento de la voz de nuestro pastor, Jesucristo en los evangelios, y una religiosidad de seguimiento de sus pasos, con creatividad, con actualización. ¿O continuamos con esa ‘pastoral’ cultualista, devocionista, sacramentalista, eventualista de siempre? Si es así, entonces no estamos en misión permanente, sólo en el discurso. Seamos pastores con olor a ovejas, no figuras encerradas en el culto.

Pueden releer otros comentarios evangélicos en la consabida dirección electrónica:
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