17/09/2024
FRACASO POR CONFUSIÓN.
(México. 17-09-2024)
“No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto.
Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas.
El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”.
(Lucas 6:43-45 – RV60)
Perdemos el rumbo de la vida.
Perder el rumbo, no significa estar perdido y por ende detenerse. Perder el rumbo no significa detenerse, puedes seguir avanzando y luchando contra corriente; enfrentando las grandes adversidades de un camino difícil; perder el rumbo es ir en el camino equivocado, aunque sigas avanzando no llegarás a donde debes.
Existen muchas causas por las que puedes perder el rumbo, y por rumbo me refiero a:
• Tu propósito de vida.
• Tu camino de todos los días
• Tu fe y relación con Dios
• La estabilidad emocional personal
• Tu felicidad
• Tu vida en pareja
• La relación y formación de tus hijos
• La unión de tu familia
• La tranquilidad económica, etc.
Caminamos de prisa, queremos alcanzar las metas pronto, la paciencia no está incluida en el menú del día, anhelamos lo que no tenemos, lo que alcanzamos no es suficiente y no apreciamos el momento que vivimos. Olvidamos a quienes nos acompañan en el viaje cuando ya no llenan nuestras expectativas y dejamos de respetar nuestros propios principios. Son muchas las causas por las que podemos el rumbo de vida, y en cada caso suele ser diferente.
No podemos ser árboles que dan buenos frutos, si vivimos perdidos en nuestras propias maneras egoístas de ser y conducirnos hacia los demás.
Pero hay una constante, aquello que repetidamente sucede en la vida de muchos de nosotros, y es el hecho de no distinguir la diferencia entre: “carácter y temperamento”. Y lo más triste de esto, es que ni siquiera nos damos cuenta que hemos pedido el rumbo, hasta que el barco comienza a hundirse; un barco del que todos quieren saltar, salir de él para salvar la vida. Se van las personas, se pierde la salud, se limitan las capacidades financieras, etc… y solo queda uno en el barco, el que no se ha dado cuenta que hace rato ya que se perdió el rumbo de vida.
¿Te has preguntado si estas en el camino correcto? ¿Si aún vas en la dirección de vida correcta?.... Y observa esto, no estoy hablando de tiempo, ni de metas alcanzadas. Me refiero al camino, al rumbo, al proceso para llegar a tu destino. Porque muchas veces lo que menos queremos es el tiempo que puedas invertir para llegar, lo que queremos es el final, la meta, el logro, el éxito. Y es esto precisamente lo que nos lleva a perder la dirección, pues se mantiene la mirada a lo lejos en el horizonte, a aquello que queremos llegar. Y ya no importa cómo, solo queremos llegar, y nos olvidamos de quienes están cerca, del presente, de Dios en nuestras vidas.
“No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”.
(Romanos 12:21 – RV60)
Confundimos constantemente el carácter con el temperamento.
Esta confusión a la que me refiero es por el hecho de no saber de qué estamos constituidos para definir nuestro comportamiento, ya lo he explicado en otra ocasión, pero solo para recordar, quiero explicar de manera simple, de que estamos constituidos:
• Espíritu.- Es la parte no material del ser humano que tiene la esencia y presencia espiritual de Dios, por medio del cual se establece la relación con la dimensión no tangible. Dios se relaciona con el ser humano por medio del espíritu de este. Es indiscutiblemente la parte fundamental del ser humano para prevalecer. Sus necesidades esenciales son satisfechas por Dios.
• Cuerpo.- Es la parte material del ser humano, por medio de ella el ser humano puede interactuar con este mundo material, es necesario el cuerpo para existir en esta dimensión material, la capacidad del cuerpo nos permite desarrollar las actividades que nos permiten permanecer en este mundo. Sus necesidades esenciales son satisfechas por lo que le damos, de acuerdo a sus funciones fisiológicas más básicas.
• Alma.- Es la parte no material del ser humano, en la que existe la persona como individuo (personalidad, carácter, deseos, sueños, planes, recuerdos, sentimientos, etc.). Y es por medio del alma que podemos interactuar de manera voluntaria, con las personas y también con Dios. Es en el alma donde está la voluntad personal (pensamientos, decisiones y acciones); donde su necesidad personal de interactuar en este mundo material, requiere del cuerpo para hacerlo, y su necesidad de Dios le requiere del espíritu. Sus necesidades son satisfechas por lo que determinen su carácter y su temperamento.
Por supuesto que estas definiciones son de las más simples que puedo compartir con ustedes, por lo que espero que quede claro de que te constituyes.
Ahora bien, notemos algo interesante: el espíritu humano tiene una dependencia de Dios para su prevalencia, mientras que el cuerpo depende de las necesidades más básicas de un ser vivo, sus necesidades fisiológicas. Pero el alma, el alma depende de la voluntad del ser humano, y como lo dije antes: sus necesidades son satisfechas por lo que determinen su carácter y su temperamento; pues en esto es que se basan nuestras decisiones y nuestras acciones (voluntad); tanto en cómo nos relacionamos con Dios o no, y como nos relacionamos con las cosas materiales o no; pero también en cómo nos relacionamos con las personas o no.
Confundir el carácter con el temperamento, nos lleva a cometer errores, que someten nuestra voluntad a acciones y decisiones erróneas en nuestro camino. ¿Qué los diferencia?:
• El carácter se origina en la interacción del individuo con su entorno. Es decir, lo que vivimos y aprendemos a lo largo de nuestras vidas nos da un aprendizaje, puede ser positivo o negativo. De manera que el resultado de nuestro aprendizaje va forjando nuestro carácter.
• El temperamento tiene su origen en la herencia biológica y es innato. Esto es con lo que nacemos, aquello que refleja una herencia genética en nuestra personalidad. No es aprendido, solo es parte de nosotros mismos.
“He aquí, en maldad he sido formado,
Y en pecado me concibió mi madre.
He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,
Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.
Purifícame con hisopo, y seré limpio;
Lávame, y seré más blanco que la nieve”.
(Salmos 51:5-7 – RV60)
El salmista (David, 1040 – 966 a.C.) describe la condición de su temperamento gestado en el pecado, y también la condición de su carácter en la intimidad que Dios conoce de su persona. Pero pide que ambos sean limpiados por Dios. Podemos haber recibido una herencia de pecado que nos da un temperamento terrible, incluso aprendimos en un entorno lleno de traumas y decepciones, que nos han dado un carácter irrisorio; pues en ambos necesitamos la ayuda de Dios, que traiga a nuestra vida una restauración plena, y podamos experimentar una vida llena de mejores decisiones y acciones.
Vivimos justificando la falta del primero como si fuera causa del segundo.
Equivocadamente vivimos sufriendo el fracaso de nuestra confusión, pues no nos damos cuenta de semejante falla, y nos justificamos constantemente de que la falta de carácter es resultado de nuestro mal temperamento, es decir, justificamos que nos enojamos y causamos tanto daño, por causa de que “así somos”; de manera que no hay nada que corregir en nosotros mismos, son los demás quienes deben de comprendernos y aceptarnos como somos.
Dios mismo debería de aceptarnos como somos, con todo y nuestros pecados, sin necesidad de corregir nuestras vidas; pues al fin y al cabo “ASI NOS HIZO DIOS”. Esa es precisamente la falla, y es lo que nos hace perder el rumbo, pues en lugar de corregirnos, nos justificamos incluso en nuestra incredulidad. La manera en que nos relacionamos con Dios (espíritu), la manera como nos relacionamos con este mundo material (cuerpo) y la manera en cómo nos relacionamos con las personas, es directamente responsabilidad del alma, pues en ella están nuestras decisiones.
Ahora bien, es necesario que distingamos que nuestro carácter y temperamento son los que nos llevan a tomar esas decisiones y acciones. Y dejemos de culpar a nuestro temperamento por la falta de carácter, o culpar a nuestra falta de carácter por las reacciones de nuestro temperamento. El plan de Dios es que tengamos sabiduría en nuestro carácter y dominio propio en nuestro temperamento. Es plan de Dios que dejemos de ser un barco que se hunde y que poco a poco se queda solo. Que no seamos vulnerables a los deseos de la carne, pero que si seamos fuertes en el espíritu al tener una firme relación con Dios.
Mientras sigas justificando tu decisiones y acciones en el hecho de lo que tu crees que eres, te seguirás perdiendo la oportunidad de restaurar tu vida. Tan solo mira tú pasado, y observa tu presente: ¿Estas en el rumbo correcto? ¿Cuánto ya se han bajado del barco? ¿Quién está tomado las decisiones de lo que has vivido y vivirás? Y por último, ¿tu carácter siguen siendo resultado de tu aprendizaje y entorno? ¿y tú temperamento siguen siendo resultado de la herencia que has recibido?
Hagamos lo que hizo David.
Hagamos la oración que hizo David, lo que hoy conocemos como el Salmo 51, realmente es un clamor hecho canto. Es la oración de David, donde reconoce la falta de dominio propio y su fragilidad para pecar, por su temperamento, por el pecado que heredo. Pero también la falta de integridad en su corazón ante la presencia de Dios, porque le falto carácter para tomar mejores decisiones.
Finalmente David reconoce que si Dios lo escucha, y responde favorablemente, su vida sería realmente diferente:
“Purifícame con hisopo, y seré limpio;
Lávame, y seré más blanco que la nieve”
Podemos pasarnos la vida lamentando el fracaso de cada decisión y acción, o nos acercamos a Dios para ser transformados.
Dios sigue esperando que decidas acercarte a Él, que vengas con un corazón sencillo, humilde, sincero. Dios garantiza que no serás rechazado.
Te bendigo.
Pastor Axa Macedo Martínez.
Comunidad Evangélica Manto Nuevo.
Este ejemplo puede ayudarte a orar a Dios Padre por tu perdón:
Me arrepiento sinceramente. Te pido me perdones y me ayudes a no pecar de nuevo. Creo que tu Hijo Jesucristo murió por mis pecados, que fue levantado de los mu***os, que vive y oye mi oración. Invito a Jesús a ser mi salvador y el Señor de mi vida, a gobernar y reinar en mi corazón desde este día en adelante. En el nombre de Jesucristo, amen.