21/04/2026
No fue un enemigo… fue alguien de casa.
El Padre Arturo Cornejo lo dijo sin rodeos, con esa mezcla de cansancio y verdad que solo nace cuando el corazón ya ha sido probado: hacer las cosas bien, con excelencia, también tiene un precio… y a veces lo cobran los tuyos.
Horas de trabajo. Cuidar el audio, la imagen, el mensaje. Pensar en cada detalle para evangelizar mejor. Y aun así, no falta quien aparece con “microscopio” en mano, no para ayudar… sino para encontrar el error más pequeño y hacerlo grande.
Lo más duro no es la crítica.
Es quién la hace.
Porque mientras algunos ni siquiera “dan para una coca”, sí tienen tiempo para señalar. Mientras sonríen, saludan y hasta exageran el afecto… al darse la vuelta, siembran duda, murmuran y desgastan.
Y ahí duele distinto.
Duele porque no se entiende: si estamos trabajando para el mismo Patrón… ¿por qué nos golpeamos entre nosotros?
El Padre Arturo Cornejo lo deja claro: cuando el propósito es el mismo —evangelizar, servir, acercar almas a Dios—, el bien del otro debería sentirse como una victoria propia.
Criticar por destruir no es corrección fraterna.
Es división.
Y la división nunca viene de Dios.
Aun así, hay una decisión firme: seguir adelante. Sin aplausos. Sin reconocimiento. A veces sin ese simple “échale ganas”… pero con la certeza de que Dios sí ve.
Porque al final, no se trabaja para agradar a los hombres… sino para ser fieles al Señor.
Hoy la pregunta es directa:
¿Eres de los que construyen… o de los que miran con microscopio?
Señor, líbranos de la envidia que divide y del orgullo que hiere.
Enséñanos a alegrarnos con el bien del otro.
Y haznos instrumentos de unidad en tu Iglesia. Amén.