06/05/2020
Como comenté en su momento, ahora daremos cabida a los comentarios de varios autores, acerca de las costumbres funerarias entre los Aztecas y de los Mayas.
LOS AZTECAS
Entre las culturas de la América Prehispánica existieron costumbres funerarias en correspondencia con las diversas creencias acerca del destino de las almas. Únicas en muchos aspectos, similares en otros a las de las culturas europeas antiguas.
Los aztecas, por ejemplo, acostumbraban incinerar a los mu***os cuando consideraban que sus almas pasaban al Mictlán, la morada común del inframundo, pero si se trataba de ahogados o leprosos, sus cadáveres eran enterrados a fin de que pudieran unirse con Tláloc, dios de la lluvia. Por su parte, las mujeres muertas durante el parto, tal como los guerreros se creía estaban destinados a acompañar al dios solar durante su recorrido; las primeras cargábanlo en andas durante la noche (tránsito por el inframundo), mientras que a cargo de los segundos estaba transportarlo durante el día, mientras transitaba por la bóveda celeste.
Con cadáver o sin él se confeccionaba, según fuera el destino que habría de dársele, un envoltorio que semejaba la figura de una momia en cuclillas, el cual era rodeado de ofrendas simbólicas. La principal de ellas era la figura de un perro, animal que cumplía la misión de acompañar al mu**to hasta su definitiva morada... el mu**to debía padecer antes de llegar a su última morada. Acompañado de un perro "psicopompo" (voz derivada del griego psyche: alma y pompos: guía, conductor. Se designaba con ella a quien se creía acompañaba a los mu***os a su destino final, pudiendo ser un animal, una deidad o incluso el espíritu de otro mu**to) que se incineraba con él, debía vagar durante cuatro años por el mundo subterráneo, sufrir los embates de un viento furioso y helado, el "viento de la obsidiana", escapar del asalto de monstruos hambrientos y atravesar los Nueve Ríos, más allá de los cuales se abrían los infiernos. Y allí, disolviéndose por decirlo así en la nada, desaparecía de manera total y para siempre.
El descubrimiento de algunos sepulcros ha puesto de manifiesto que los nobles eran enterrados entre ricas ofrendas y que era conocida entre ellos la costumbre de los sepultamientos secundarios, es decir, se exhumaban los restos para volverlos a sepultar.
López Morales comenta que ..en la boca del difunto se le colocaba una cuenta de jade que le serviría para poder defenderse de las fieras empeñadas en destrozarle el corazón. Como provisiones para el viaje, ponían en las cámaras fúnebres vasijas, platos y recipientes con agua y comida. Si el difunto era noble también lo acompañaban a la tumba sus mujeres y sirvientes, ya fuera en persona o mediante sus efigies modeladas en barro.
LOS MAYAS
El pueblo maya también tuvo un profundo interés por la muerte, mismo que reflejó en su arte, plagado de símbolos mortuorios, fáciles de observar en los códices, esculturas, motivos ornamentales de edificios, adornos personales, y en la importancia que le concedían al dios de la muerte, uno de los más representados en códices y monumentos.
Cabe recordar que los dioses se concebían como seres duales: de vida y de muerte; requerían por tanto de dos energías:
A la primera de ellas contribuye la existencia corpórea de los humanos ofrendando a las divinidades; a la otra, la inmortalidad de uno de los componentes de los hombres que, al cesar la vida terrena, se dirige a nutrir a las deidades del Inframundo, a los señores del Xibalbá (o Metnal) en el último de cuyos planos habita el dios de la muerte: Ah Puch o Kisin para los mayas de Yucatán, Hun Camé Vucub Camé para los de Guatemala (Dr. Mario Humberto Ruz, "Del Xibalbá, las bulas y el etnocidio: los mayas ante la muerte", 1988).
Como en otras muchas culturas, los mayas consideraban que el camino que tenía que recorrer esta parte inmortal hasta llegar ante el dios era largo y lleno de peligros; de ahí que se aprovisionara a los mu***os con bebida, comida, monedas e incluso "acompañantes" en el caso de los señores. “Una vez llegados a la presencia del dios los hombres se desvanecían, pasaban a ser una energía actuante en el cosmos en un modo existencial distinto al de la vida, ‘encarnado’ en la deidad de la muerte. Por eso ese sitio se llama Xibalbá, que quiere decir: el lugar de los desvanecidos”.
No todos, sin embargo, iban al Xibalbá. “Otros, especialmente los niños y los mu***os por ahorcamiento, eran destinados por los dioses para ir a habitar en un lugar donde residía la energía de vida; sitio de dulzuras y deleites según lo describe Landa, donde holgaban bajo la sombra de la sagrada ceiba”.
Alejados del concepto del mal como una mera carencia del bien, los mayas prehispánicos -como los nahuas- tampoco concibieron el que la finalidad de la vida humana radicara en el más allá, o que el lugar a ocupar en este último estuviese determinado por la conducta observada durante el paso por la tierra. Ligado íntimamente a la forma en que se muriese, eso quedaba en buena medida al arbitrio de los dioses, y el bien supremo -como lo señala el Popol Vuh- era la posibilidad de una vida plena en este mundo; los goces y las alegrías inmediatos que sólo pueden obtenerse con el cabal cumplimiento de la misión humana: sustentar a los dioses para que ellos a su vez mantengan la existencia del universo. El castigo a la negligencia en esta tarea no es una vida de torturas en el más allá sino el fin de la existencia terrena....
La elección del destino ultraterreno no dependía de los hombres, quedaba supeditada a la divinidad, pero de una u otra forma, vivo o mu**to, el hombre seguía siendo el eje de la existencia del cosmos.
Los mayas creían que la muerte afectaba no solamente a los hombres sino que también morían los seres semidivinos de sus mitos, los astros (el Sol, la Luna, Venus) los períodos calendáricos y los dioses. Pero ya que la muerte no era más que un cambio de estado, una forma de vida diferente en otro lugar pero con las mismas necesidades, el dios de la muerte, que por su aspecto es también un mu**to, puede, según nos muestran los códices, realizar acciones propias de los seres vivos: tejer, producir fuego, fumar, copular con una mujer, etc. (Thomas A. Lee Jr., Los códices mayas 1985).
Este dios recibía diferentes nombres: Ah Puch o Ah Pucuch (señor de los infiernos o el descarnado) (Laura Elena Sotelo Santos, Las ideas cosmológicas mayas en el siglo XVI 1988:), Hun Ahau o Cunhau (nombre calendárico de Venus) mencionado por Landa, quien nos dice que en el Mitnal había "un demonio, príncipe de todos los demonios, al cual obedecían todos y llamábanle en su lengua Hunhau" (Hun Ahau) (Fray Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán 1982), y en nuestro tiempo es conocido como Cisin o Kisin (hedor o poner tieso) y Yum Cimil (señor de la muerte) (Alberto Ruz L’huillier, Los antiguos mayas 1989).
Generalmente se le representa con una calavera por cabeza, muestra las costillas desnudas y proyecciones de la columna vertebral; el cuerpo, en parte descarnado, con puntos negros o líneas punteadas para indicar las manchas de putrefacción, y a veces tiene el abdomen inflamado. Por lo común las piernas, los brazos y las orejas conservan la carne. Frecuentemente se encuentra ataviado con un tocado circular como aureola formado por un semicírculo negro adornado por varios discos, que se han identificado como "ojos estelares". El dios de la muerte tiene dos jeroglíficos asociados con su nombre: el primero representa la cabeza de un cadáver con los ojos cerrados, en el segundo la cabeza del dios aparece con la nariz truncada, mandíbula descarnada y, como prefijo, un cuchillo de pedernal para los sacrificios.
Como patrono de los dioses del Inframundo, Hun Ahau reinaba sobre el más bajo de los nueve mundos subterráneos de la cosmogonía maya. Su figura está asociada con el dios de la guerra y de los sacrificios humanos.
Uno de los sitios más importantes para las prácticas funerarias fueron las cuevas; podemos citar como prueba de ello las siguientes: las de Calcehtok; Loltún; Xcan, donde fueron hallados los restos de un feto (en la mal llamada “posición anatómica”, ya que todas las posiciones lo son) en la gruta de Balancanché o santuario de Tláloc el cual está plagado de materiales en miniatura como incensarios, manos y metates, aunque se cree que otra serie de circunstancias influyeron también en la elección para los enterramientos, como son su carácter virginal e incontaminado; también aparecieron restos infantiles en una cueva próxima a Tzimin Kax y en la cueva de los petroglifos, (Belice) donde se hallaron los restos de seis niños de muy corta edad.(Juan L. Bonor Villarejo, Las cuevas mayas: Simbolismo y ritual 1989).
Ruz L’huillier nos dice que..las regiones en donde se han hallado los enterramientos en cuevas son principalmente dos: la parte montañosa comprendida entre los ríos Usumacinta y Grijalva en sus cursos medio y superior, y la serranía yucateca del Puuc.
Otra prueba del culto a los mu***os son los cientos de entierros descubiertos dentro de los edificios de los centros ceremoniales, que reflejan un culto básico a los mu***os como parte fundamental de la ideología de los antiguos mayas. Ejemplo de estos son: Toniná, Yaxchilán, Uaxactún, Tikal, Copán, Uxmal, Kabah, Labná, Dzibilchaltún, Mayapán y Palenque. Aquí es importante mencionar el caso de la tumba de Pakal en el templo de las inscripciones, la cual se encuentra cubierta por una hermosa lápida adornada con bajos relieves, y las máscaras mortuorias de jade halladas en los últimos años en Calakmul y Oxkintok.
Los mayas antiguos consideraban que los mu***os experimentaban sensaciones, necesidades y sentimientos como los vivos, y buscaban la manera de brindarles algún tipo de protección, desde la parcial de un plato sobre la cabeza, hasta el sarcófago de piedra dentro de una cámara funeraria, pasando por los tipos intermedios (cistas, fosas) o por modalidades tan peculiares como los entierros en cuevas, chultunes y ollas. Por eso Ruz L’huillier (1989) acertadamente clasifica los entierros en:
SENCILLOS: simples hoyos abiertos en la tierra o en el relleno de una construcción, sin ninguna obra intencional que los delimite.
CUEVAS O CHULTUNES: utilización de oquedades naturales o de cisternas excavadas en el suelo.
CISTAS: sepulturas en el suelo o en edificios, con muros toscos de mampostería o piedras secas, generalmente sin tapa y de menor tamaño que la longitud de un cuerpo extendido.
FOSAS: especie de ataúdes cuidadosamente hechos de losas o mampostería, cubiertos con una tapa, generalmente con piso de estuco, en que cabe un cuerpo extendido, y que fueron cavados en el suelo o dentro de edificios.
CÁMARAS: cuartos de tamaño variable, suficientemente altos para que pueda estar un hombre parado, muros de mampostería y techos generalmente de bóveda, construidos en montículos o dentro, o debajo de edificios.
SARCÓFAGOS: ataúdes tallados en piedra o hechos de losas que se encuentran en cámaras funerarias, y
VASIJAS DE BARRO: generalmente ollas.
Por lo que respecta al carácter de los restos humanos, éstos pueden constituir entierros primarios (inhumación de un cadáver), o secundarios (depósitos de huesos previamente desenterrados que ya no presentan orden anatómico), la vasija queda enterrada en el suelo natural o dentro de un edificio), (Alberto Ruz L’huillier, Costumbres funerarias...1989).