Cementerios; Historias; Vicisitudes y Otros Menesteres.

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El Simposio Académico dedicado a conmemorar los 200 años del Cementerio General de Mérida fue organizado por el Ayuntami...
19/10/2021

El Simposio Académico dedicado a conmemorar los 200 años del Cementerio General de Mérida fue organizado por el Ayuntamiento de Mérida en conjunto con dos Comités Científicos Nacionales; el de Arquitectura, Arte, Espacios y Cultura Funerarios; y el de Ciudades y Pueblos Históricos de México; ambos pertenecen al CONSEJO INTERNACIONAL DE MONUMENTOS Y SITIOS Organismo “A” de la UNESCO.
Contará con la presentación de expositores locales, nacionales e internacionales, con ponencias de alto nivel científico sobre arquitectura funeraria y el valor histórico, artístico y cultural del Cementerio General.
Se estará transmitiendo del 20 de octubre al 03 de noviembre del presente, en punto de las 7 de la noche, a través del canal de You tube del Ayuntamiento de Mérida.

Simposio Cementerio General

Evento académico (del 20 de octubre al 3 de noviembre de 2021) para conmemorar el bicentenario (1821-2021) de la inaugur...
12/10/2021

Evento académico (del 20 de octubre al 3 de noviembre de 2021) para conmemorar el bicentenario (1821-2021) de la inauguración del Cementerio General de Mérida, Yucatán, México.

03/08/2020

COMO LES COMENTÉ EN LA ENTREGA ANTERIOR;

En concordancia con los avances médicos de la época en materia de higiene y salud pública, una real cédula del año de 1787 (bajo el rey ilustrado Carlos III) y la Real disposición de 1804, confirmando la anterior, marcaron el principio del fin de aquellas prácticas antihigiénicas, al disponer el traslado de los cementerios fuera de las poblaciones.

La primera de tales órdenes llegó a la península durante el gobierno del brigadier D. Lucas de Gálvez (1789-1792), pero no se le dio cumplimiento sino hasta principios del siglo XIX, en tiempos del gobernador, capitán general e intendente mariscal de campo Benito Pérez de Valdelomar (1800-1811).

A resultas de ello, a partir del viernes 5 de noviembre de 1802 dejó de inhumarse en la catedral -como confirman los libros de entierros de la Arquidiócesis- y se comenzó a hacerlo ininterrumpidamente en Santa Lucía, cuyo camposanto fungía desde el siglo XVIII como auxiliar del Sagrario. Su vecindad con la zona de expansión urbana (dista tres cuadras al norte de la catedral) no podía ofrecer más que una solución provisional.

El 1º de noviembre de 1813 las Cortes de Cádiz insistieron en la prohibición de efectuar enterramientos dentro de poblado

bajo ningún pretexto; previniéndoles de que cualquiera autoridad, sin distinción de clase, que intentare entorpecer la ejecución de esta tan urgente y saludable disposición, será personalmente responsable, y se hará efectiva su responsabilidad conforme a la Constitución...

Tal disposición vendría a alterar definitivamente el rostro urbano de Mérida al terminar con el empleo de áreas intramuros para fines de inhumación. En efecto, en la sesión de Cabildo del 12 de julio de 1814 (presidida por los alcaldes primero don Basilio María de Argaíz, y segundo don Manuel José Milanés), las comisiones de Economía y Policía dieron cuenta de haber examinado y demarcado el terreno en donde debía colocarse el cementerio de la ciudad de Mérida. Se trataba de un sitio en el terreno llamado Sambulá, al noroeste de la ciudad, a cuatrocientas varas de la casa de campo llamada X-Coholté.

Este intento de trasladar el cementerio a los terrenos de Sambulá "no se logró por el encarecimiento que hizo don José del Canto y porque no se delimitó el terreno antes". A resultas de ello el Ayuntamiento de la capital informaba poco después al gobernador “haber contratado la hacienda Xcoholté, en cantidad de dos mil trescientos pesos para eregir en ella un Campo Santo".

Ese mismo 1814 se elaboraron los planos del cementerio emeritense, como hace obvio el reclamo por parte del arquitecto Santiago Servian, fechado un dos de septiembre, solicitando se cubriese el importe de los mismos. El Cabildo, reunido 18 días después, "...acordó pagar al arquitecto don Santiago Servian los 25.00 pesos por honorarios del plano del campo santo que se quería construir en el sistema anterior...". Con tal disposición daba inicio la historia del nuevo cementerio emeritense.

Los inicios

Para el año de 1821, respetando el reiterado mandato de la Corona, el lugar de enterramiento de la ciudad se trasladó a San Antonio X-Coholté, situada más o menos a una legua de distancia de Mérida, a la vera del Camino Real a Campeche ya que ofrecía entre otras ventajas, la de su ubicación al sur-oeste, en rumbo opuesto al paso de los vientos dominantes. Su colindancia con otras haciendas de campo eran: al poniente Mulsay de Santa María Magdalena, al oriente terrenos de Tecoh y al sur San Antonio Dzikal y Nocó. El Ayuntamiento de Mérida compró los terrenos de X-Coholté a los familiares de su difunta dueña doña María de la Luz Cepeda.

Las noticias más antiguas que tenemos de lo que es ahora el cementerio general, remiten a San Antonio X-coholté como una estancia (sin señalar si de ganado mayor o menor), y provienen de una escritura de remate en favor del capitán de caballos don Martín de Noguera, el 17 de noviembre de 1727. Posteriormente aparecen como poseedores el capitán don Francisco de Solís (1773), el bachiller don Juan Salvador González, clérigo y presbítero domiciliario del obispado (1782); el regidor perpetuo y encomendero de indios don Juan Josef Domínguez y Cárdenas (1790), y en 1800 el también presbítero don Manuel Cepeda y de la Cámara, quien la vendió a plazos a su cuñado don Joaquín de Lara. Cabe señalar que en los documentos más recientes se menciona a la propiedad como una “hacienda”, lo cual acaso signifique que había variado en cuanto a extensión o, quizá en su vocación productiva, siendo imposible asegurar una cosa u otra.

Don Joaquín de Lara y de la Cámara falleció el 7 de mayo de 1819, quedando su viuda doña María de la Luz Cepeda y de la Cámara como heredera universal de sus bienes, entre ellos la hacienda X-Coholté, según consta en su testamento otorgado el 22 de marzo de ese mismo año. Tres meses después, el lunes 9 de agosto de 1819, falleció la viuda sin descendencia alguna. En sus últimas disposiciones, dictadas en artículo de muerte, había designado como albaceas y tenedores de sus bienes a sus hermanos los presbíteros don Manuel y don Joaquín Antonio y al maestrescuela don Ignacio Cepeda y de la Cámara.
No contamos con datos sobre el aspecto material para el año de 1821, pero con base en los documentos de la época, comunicaciones personales y la observación, algo podemos reconstruir.

La propiedad contaba con varios edificios, sobresaliendo el que fungió como "casa principal", construcción relativamente modesta (como corresponde a una estancia) ubicada en el costado Sur de la calzada principal del camposanto, que consta de una arcada de cinco cuerpos (hoy de concreto) a través de la cual se accede a lo que es hoy una habitación amplia sin peculiaridades arquitectónicas; adosados a la parte frontal, e interrumpidos por una escalinata, podemos advertir los abrevaderos para el ganado, que en la actualidad albergan plantas que circundan el edificio.

Por su costado Oriente la casa se comunicaba con una capilla que servía a la hacienda para los oficios religiosos, entre ellos las misas de los difuntos, como detalla alguna fuente: "el nuevo establecimiento contaba con una capilla y una imagen de talla natural de san Antonio de Padua, titular de la finca, y en ella se efectuaban los oficios fúnebres para los difuntos”. Hoy, la casa funciona como refresquería, en tanto que la capilla, a partir de 1982, fue convertida en baños públicos (!) para damas y caballeros.

Las obras del nuevo cementerio dieron comienzo durante el breve gobierno de don Mariano Carrillo de Albornoz, capitán general de Yucatán, quien en su calidad de coronel de ingenieros, tomó a su cargo la construcción de la calzada de 1000 a 1200 metros aproximados de largo que sirve de vía de acceso al cementerio. La obra tuvo un costo total de $11,000 pesos, cantidad significativa para la época.

En sesión de Cabildo reunido el veinte de febrero de mil ochocientos veinte y uno, se acordó "...pasar oficio al Sr. presidente para que el Ilustrísimo señor obispo en razón de que en su oportunidad se sirva su señoría ilustrísima disponer la bendición del camposanto que se está erigiendo...".

El cementerio se inauguró el 3 de noviembre de 1821, siendo bendecido por don Pedro Agustín Estevez y Ugarte, ###II obispo de Yucatán. En esos años era gobernador y capitán general e intendente, el mariscal de campo don Juan María Echeverri, último gobernante español del régimen colonial en la península.

El primer entierro en X-Coholté se efectuó el martes 6 de noviembre de 1821, tres días después de la inauguración. El libro número 12 de defunciones del Archivo del Sagrario de la catedral de Mérida señala a don Felipe Trejo, teniente retirado de esta ciudad y viudo de doña Bárbara Solís, como primer difunto huésped del nuevo camposanto. La última inhumación en Santa Lucía se había realizado tres días antes, el sábado 3 de noviembre y fue la del párvulo Joseph Esteban Duarte, hijo legítimo de Serafino Duarte y de Olaya Domínguez, mestizos de la ciudad.

En vista de que para el año de 1826 se presentó en Yucatán una peste de viruela, y la traslación de cadáveres al cementerio general se daba por caminos largos, se emitió un acuerdo en que
..los graves perjuicios que infieren a la salud pública la traslación de los cadáveres de puntos distantes al cementerio general de X-cojolte, atravesándose con ellos esta capital, ha resuelto oficie vuestra excelencia al reverendo obispo a fin de que se digne librar las ordenes necesarias para que sean inhumados los cuerpos de los que hubieren mu**to de viruela en los antiguos cementerios más inmediatos a las casas mortuorias.

Asimismo ha dispuesto esta Augusta Asamblea que vuestra excelencia prevenga que las sepulturas tengan la profundidad de seis palmos, a fin de evitar con esto los fuertes efectos de la propagación de las exhalaciones mortíferas, e igualmente se prohiben con el mayor rigor los velorios de semejantes cadáveres.

Los terrenos del nuevo camposanto recibieron inesperada ocupación al desatarse en junio de 1833 la primera gran epidemia de cólera morbus, a la que siguió otra en 1855. En ambos casos la mayoría de los cadáveres fueron depositados en fosas comunes.

A 25 años de su inauguración el cementerio no lograba aún consolidarse como una verdadera necrópolis a los ojos de sus contemporáneos. Así, hacia 1846 se apuntaba estar X-Coholté aún
..está muy lejos de ser un panteón regular. Carece de forma, los sepulcros desordenados aparecen aquí y allá; el arte nada tiene que ver con ellos: una cavidad más o menos profunda, hiedra común y argamasa, torpe y broncamente aplicadas; material grosero en todo sentido, he aquí lo que constituyen esos sepulcros en que las familias más acomodadas depositan las cenizas de sus padres o parientes, mientras que las de los más pobres yacen bajo de la tierra natural en tristes y olvidadas sepulturas, que sólo adorna una que otra planta que espontáneamente suele extenderse hasta la superficie ...llama la atención del duro y frío sepulturero para echar sobre ella el filo de su terrible azadón y abrir una nueva zanja. Entonces los huesos, mezclados con la tierra... saltan a las orillas del surco que comienza a formarse y todo se revuelve y confunde con el polvo. Esto es lo más común.

El control de la Iglesia sobre los cementerios cesó el 12 de julio de 1859, al declararse como nacionales los bienes del clero. En tal ocasión, entre otras cosas, el supremo gobierno nacional, encabezado por Benito Juárez, decretó que entraban “en el dominio de la nación todos los bienes que el clero secular y regular ha estado administrando con diversos títulos, sea cual fuera la clase de predios, derechos y acciones en que consistan, el nombre y aplicación que hayan tenido".

Estas leyes fueron comunicadas al pueblo yucateco por don Liborio Irigoyen, gobernador y general en jefe de las tropas del estado. El 6 de octubre siguiente, don Agustín Acereto, presidente del H. Consejo de gobierno estatal y encargado de los mandos político y militar, daba a conocer otro decreto procedente del palacio de gobierno general de Veracruz, fechado el 31 de julio anterior, emitido también por Juárez y dirigido a los habitantes de la república, que complementaba el anterior.
Así, su primer artículo rezaba:

Cesa en toda la República la intervención que en la economía de los cementerios, camposantos, panteones, bóvedas o criptas mortuorias ha tenido hasta hoy el clero, así secular como regular. En todos los lugares que sirvan actualmente para dar sepultura, aun las bóvedas de las iglesias catedrales y de los monasterios respectivos, no se podrá hacer ninguna inhumación. Se renueva la prohibición de enterrar cadáveres en el interior de los templos o en el patio de las casas.

Para este año -1862-, en distintos poblados de Yucatán, se continuó con la erección de cementerios, empleando a menudo para ello la mano de obra de los vecinos, como lo muestra la siguiente disposición del Congreso:

Se faculta al gobierno para que de las faginas de caminos emplee las que crea necesarias en la construcción de cementerios en donde no los haya, y en la reparación de los que se encuentren destruidos, a fin de que estén precisamente concluidos los primeros y reparados los segundos dentro de dos meses.

CONTINUARÁ...

13/05/2020

En este apartado, relataré los antecedentes del Cementerio General de Mérida hasta la inauguración en el año de 1821.
(la historia del inmueble, se llevará a cabo en varias publicaciones).

COMENZAMOS...
Con la llegada del hombre europeo y el cristianismo de que era portador, las culturas precolombinas supieron de profundos cambios también en los conceptos y actitudes que hasta entonces mantenían ante la muerte, pues “la idea de la muerte como un mero tránsito hacia una vida más plena, y la creencia en que una existencia recta -aunada a la gracia divina- aseguraba una beatífica vida futura, contrastaban con la incertidumbre que privó en el mundo prehispánico sobre el destino ultraterreno,” según señala Ruz en un trabajo acerca de tales transformaciones en el área maya. (Mario Humberto Ruz, "Del Xibalbá..., 1988: 9).

El advenimiento del cristianismo, según este autor, representó para el indígena una nueva manera de concebir la existencia ultraterrena “para sí, no ya para mantener el orden cósmico nutriendo a los dioses”, al mismo tiempo que la importancia casi obsesiva que el catolicismo confiere a la muerte impactó a los yucatecos al grado de hacerles consignar en el Chilam Balam de Chumayel, (Ralph L.. Roys, The Book of Chilam Balam of Chumayel. 1973: 147) al referirse a la deidad de los hispanos, la siguiente exclamación:

"Ceñudo es el aspecto de la cara de su dios.
Todo lo que enseña, todo lo que habla es:
¡Vais a morir!"

Algunos conceptos fueron más fácilmente adoptados que otros, en tanto que ciertos de entre ellos se rechazaron o pasaron casi inadvertidos dadas las características comunitarias de la cultura maya. Así, aquello de la salvación personal, por las obras individuales, se mostró tan contrario a la concepción de vida y muerte como una empresa colectiva, que los indígenas (a diferencia de los hispanos) rarísima vez se preocuparon por pagar memorias, aniversarios, o instituir capellanías o cualquier otro tipo de donaciones de aquellas que pretendían asegurar la felicidad ultraterrena de un individuo. Tampoco figuran los indios, a excepción de algunos principales y caciques "ladinizados", entre aquellos feligreses que pagaban las altas cuotas necesarias para ser enterrados más cerca del altar mayor y disfrutar así -según la creencia medieval- de una resurrección más temprana que la de aquellos sepultados en las vecindades de la puerta del templo. (Mario Humberto Ruz, "Del Xibalbá..., 1988: 16).

Otras costumbres, como la celebración del día de fieles difuntos, en cambio, fueron rápidamente adoptadas como propias; los frailes y autoridades civiles de la época colonial, tal como los viajeros decimonónicos, mencionaron continuamente “los enormes gastos en velas, comida, bebida, ofrendas y música que los indios acostumbraban hacer cada Día de Difuntos buscando asegurar el bienestar de sus parientes mu***os, tal como se estilaba desde la época prehispánica”. (Mario Humberto Ruz, "Del Xibalbá..., 1988: 11).

La similitud de ciertos conceptos también facilitó su adopción. Un ejemplo de ello sería la muerte de Cristo y su resurrección tras el descenso a los infiernos, que posibilita la vida eterna y el que el mantenedor de la existencia para los mayas sea el dios solar, surgiendo victorioso del inframundo nocturno. En otros casos, la convergencia se dio también en el campo iconográfico. De entre los ejemplos que da el mismo autor, rescato dos de particular interés para mi estudio: el de San Pascual Bailón y el de la Cruz.

San Pascual Bailón, que la hagiografía representa con un esqueleto, fue un santo cuyo culto gozó de gran popularidad, alentado por los eclesiásticos. Sin embargo, más tarde “se trató de prohibir en Guatemala repetidas veces -y en particular durante la época de la Ilustración- ya que los sacerdotes descubrieron los vínculos íntimos que sus feligreses indígenas establecieron entre el santo y la deidad prehispánica de la muerte”.

Por lo que toca a la cruz, cuya imagen creyeron reconocer los europeos en varias representaciones prehispánicas que buscaban dar cuenta, en forma estilizada, de la planta del maíz o de los cuatro rumbos del universo, Ruz considera:

que los frailes contribuyeron en gran medida a popularizar la veneración de la cruz al irla (sic) "sembrando" en los antiguos sitios de culto precolombino con objeto de exorcisar al Demonio pagano, y (no cabe duda) de que el poder que atribuían los misioneros a dicho símbolo no pasó inadvertido para los mayas, quienes buscaron la forma de utilizarlo en su propio beneficio... en los primeros años de la Colonia los yucatecos la emplearon como un novedoso instrumento de sacrificio.( Mario Humberto Ruz, "Del Xibalbá..., 1988:18).

Por su propia naturaleza, los cambios que se dieron a nivel conceptual resultan difíciles de rastrear. No ocurre lo mismo, por fortuna, con aquellos de orden legislativo, plasmados en un corpus documental accesible, y que resultan de importancia para nuestro objeto de estudio dado que reflejan las disposiciones a que estaban sujetos, al menos en la letra, los habitantes de la Península como cualquier otro súbdito del gobierno español.

Durante la Colonia existió, como en la tradición de la Roma cristiana, la costumbre de enterrar a los cadáveres en los templos. En 1506, durante el período de colonización en las Antillas, una orden del Real y Supremo Consejo de las Indias, avalada por Felipe II, "ordena a clérigos y religiosos, ministros de doctrina que tengan un libro donde escriban los nombres de los difuntos; dichos libros debían ser enviados cada año al Virrey, Presidente y Gobernadores" (Recopilación de las Leyes de los Reynos de las Indias . Libro I, ley XXV, título XIII, 1506: 27 Probablemente éste sea un antecedente de los libros de actas de defunción que se siguen utilizando hasta la fecha), con el fin de poder llevar un registro correcto de inhumaciones.

Posteriormente se ordenó “a los arzobispos y obispos que dentro de sus diócesis provean y den órdenes para que los vecinos y naturales de ellas puedan enterrar y se entierren libremente en las iglesias y monasterios que quisieren y no se les pongan impedimentos". ("Que los vecinos y naturales de Las Indias se puedan enterrar en los monasterios o iglesias que quisieren", en: Recopilación de las Leyes... Título XVIII, ley 1539: 155).

Según parece, uno de tales “impedimentos” era de orden económico, como se deduce de la ley II del mismo libro y título (fechada en 1539), donde se asienta:

que los clérigos no lleven más derechos por los que se enterraren en conventos de los que justamente pudiere, donde ordenan los prelados que dentro de su diócesis no lleven más derechos por los que se enterraren en conventos de los que justamente pudieren llevar, pues de lo contrario muchas personas dejan de ser enterradas en los conventos o monasterios. ("Que los clérigos no lleven más derechos por los que se enterraren en conventos, de lo que justamente pudieren llevar". En: Recopilación de las Leyes... Título XVIII, Ley II: 1577: 155).

La Ley XI, buena muestra de que existían disposiciones específicas en este rubro para la población de las posesiones americanas, encargaba en 1554 a los prelados:
..que bendigan un sitio en el campo donde se entierran a los indios christianos y esclavos, así como a personas pobres y miserables que hubieran mu**to tan distantes de las iglesias, que sería gravoso llevarlos a enterrar a ellas, por que los fieles no carezcan de sepultura eclesiástica. ("Que donde estuviere lejos la iglesia, se bendiga un campo para enterrar los mu***os", en: Recopilación de las Leyes... Ley XI,1554: 158,).

Al revisar La Novísima Recopilación de las Leyes de España del año de 1723 se localizó una ley donde se especificaba cómo deberían ser los ataúdes, el tipo de tela con que deberán forrarse, sus medidas, etc..., y los usos ceremoniales en las exequias de los difuntos. ("Declaración sobre ataúdes de los difuntos y ceremonial de su entierro", en: Novísima Recopilación de las leyes de España, Libro I, Título III, Ley III 1723: 20).

En este mismo corpus documental encontramos una incipiente reglamentación de los cementerios en las iglesias, el entierro y funeral de los difuntos, fechada en 1786. La Ley 1ª dispone que se harán cementerios fuera de las poblaciones, en sitios ventilados e inmediatos a las parroquias y distantes de las casas de los vecinos. ("Restablecimiento de la disciplina de la Iglesia en el uso y construcción de cimenterios (sic ) según el Ritual Romano", en: Novísima Recopilación... Libro 1 Título III 1786: 18).

Los gastos de la construcción de cementerios, por su parte;..serán costeados de los caudales de fábrica de la Iglesia, y lo que faltare será prorrateado entre los partícipes en diezmos, las reales tercias y el fondo pío de los pobres y aun a cargo de los gastos públicos etc; todos deben ser enterrados en cementerios. Los cadáveres de personas que vivan en la santidad o virtud si podrán enterrarse en las iglesias, y que los que podrán sepultarse también en las iglesias, por haber escogido sepulturas, hayan de ser únicamente los que ya tengan propias al tiempo de expedir esta cédula. ("Formalidades que han de observarse en los entierros y exequias de los difuntos", en: Novísima Recopilación...1565: 20).

Por lo que hace ya al área de estudio, vemos que en la segunda mitad del siglo XVIII las cuatro divisiones parroquiales urbanas de Mérida (El Sagrario de Catedral, San Cristóbal, Santiago y Dulce Nombre de Jesús), tenían cementerios situados comúnmente en los atrios de sus iglesias parroquiales y vecindades de otras capillas comprendidas en su jurisdicción.

Asimismo se realizaban entierros en la ermita de Santa Isabel, de Nuestra Señora de la Candelaria, en San Juan Bautista e iglesia del Jesús. (Juan Peón Ancona, Diario de Yucatán. Domingo 12 de diciembre de 1971: 3). Caso particular fue el de la parroquia de Santa Lucía que entre 1580 y 1620 “era una parroquia reservada a negros y mulatos... -posteriormente incluyó a naturales-, para que estas castas (Cabe señalar que los negros, pese a lo asentado por el autor, no constituían una “casta”; al igual que los indios y los europeos se consideraban los grupos matrices de cuya unión surgían las castas, tales como los mencionados mulatos (producto de blanco y negra o viceversa) o los mestizos (blanco e india), entre otras) cumplieran ortodoxamente con las prácticas cristianas ante el requerimiento y celo de sus seráficos doctrineros... El atrio del templo fue durante muchos años el cementerio de la capital, hasta el de 1821 que se inauguró el Cementerio General en lo que fue la hacienda de San Antonio X-Coholté". (Gonzalo Cámara Zavala, Catálogo Histórico de Mérida 1977: 31-32. El atrio del templo se convirtió en el primer cementerio de la ciudad que continuó en servicio ocasional no obstante la apertura del cementerio general en 1821).

A personas con suficientes recursos económicos solía inhumárseles en el interior de la catedral y otros templos, mediante el pago correspondiente de los derechos estipulados. Así, el Convento de San Francisco, incorporado al cuadro de la Ciudadela de San Benito, y el de Nuestra Señora del Tránsito de la Mejorada, ambos franciscanos, disponían de necrópolis propias para sus frailes, benefactores y personajes distinguidos que testamentariamente señalaban su decisión de ser sepultados ahí. Otro tanto sucedía en el Convento de Monjas Concepcionistas de Nuestra Señora de la Consolación, anexo a la iglesia del mismo nombre. (Juan Peón Ancona, Diario de Yucatán. Domingo 12 de diciembre de 1971: 3).

CONTINUARÁ EN LA SIGUIENTE ENTREGA.

06/05/2020

Como comenté en su momento, ahora daremos cabida a los comentarios de varios autores, acerca de las costumbres funerarias entre los Aztecas y de los Mayas.

LOS AZTECAS
Entre las culturas de la América Prehispánica existieron costumbres funerarias en correspondencia con las diversas creencias acerca del destino de las almas. Únicas en muchos aspectos, similares en otros a las de las culturas europeas antiguas.

Los aztecas, por ejemplo, acostumbraban incinerar a los mu***os cuando consideraban que sus almas pasaban al Mictlán, la morada común del inframundo, pero si se trataba de ahogados o leprosos, sus cadáveres eran enterrados a fin de que pudieran unirse con Tláloc, dios de la lluvia. Por su parte, las mujeres muertas durante el parto, tal como los guerreros se creía estaban destinados a acompañar al dios solar durante su recorrido; las primeras cargábanlo en andas durante la noche (tránsito por el inframundo), mientras que a cargo de los segundos estaba transportarlo durante el día, mientras transitaba por la bóveda celeste.

Con cadáver o sin él se confeccionaba, según fuera el destino que habría de dársele, un envoltorio que semejaba la figura de una momia en cuclillas, el cual era rodeado de ofrendas simbólicas. La principal de ellas era la figura de un perro, animal que cumplía la misión de acompañar al mu**to hasta su definitiva morada... el mu**to debía padecer antes de llegar a su última morada. Acompañado de un perro "psicopompo" (voz derivada del griego psyche: alma y pompos: guía, conductor. Se designaba con ella a quien se creía acompañaba a los mu***os a su destino final, pudiendo ser un animal, una deidad o incluso el espíritu de otro mu**to) que se incineraba con él, debía vagar durante cuatro años por el mundo subterráneo, sufrir los embates de un viento furioso y helado, el "viento de la obsidiana", escapar del asalto de monstruos hambrientos y atravesar los Nueve Ríos, más allá de los cuales se abrían los infiernos. Y allí, disolviéndose por decirlo así en la nada, desaparecía de manera total y para siempre.

El descubrimiento de algunos sepulcros ha puesto de manifiesto que los nobles eran enterrados entre ricas ofrendas y que era conocida entre ellos la costumbre de los sepultamientos secundarios, es decir, se exhumaban los restos para volverlos a sepultar.

López Morales comenta que ..en la boca del difunto se le colocaba una cuenta de jade que le serviría para poder defenderse de las fieras empeñadas en destrozarle el corazón. Como provisiones para el viaje, ponían en las cámaras fúnebres vasijas, platos y recipientes con agua y comida. Si el difunto era noble también lo acompañaban a la tumba sus mujeres y sirvientes, ya fuera en persona o mediante sus efigies modeladas en barro.

LOS MAYAS
El pueblo maya también tuvo un profundo interés por la muerte, mismo que reflejó en su arte, plagado de símbolos mortuorios, fáciles de observar en los códices, esculturas, motivos ornamentales de edificios, adornos personales, y en la importancia que le concedían al dios de la muerte, uno de los más representados en códices y monumentos.

Cabe recordar que los dioses se concebían como seres duales: de vida y de muerte; requerían por tanto de dos energías:
A la primera de ellas contribuye la existencia corpórea de los humanos ofrendando a las divinidades; a la otra, la inmortalidad de uno de los componentes de los hombres que, al cesar la vida terrena, se dirige a nutrir a las deidades del Inframundo, a los señores del Xibalbá (o Metnal) en el último de cuyos planos habita el dios de la muerte: Ah Puch o Kisin para los mayas de Yucatán, Hun Camé Vucub Camé para los de Guatemala (Dr. Mario Humberto Ruz, "Del Xibalbá, las bulas y el etnocidio: los mayas ante la muerte", 1988).

Como en otras muchas culturas, los mayas consideraban que el camino que tenía que recorrer esta parte inmortal hasta llegar ante el dios era largo y lleno de peligros; de ahí que se aprovisionara a los mu***os con bebida, comida, monedas e incluso "acompañantes" en el caso de los señores. “Una vez llegados a la presencia del dios los hombres se desvanecían, pasaban a ser una energía actuante en el cosmos en un modo existencial distinto al de la vida, ‘encarnado’ en la deidad de la muerte. Por eso ese sitio se llama Xibalbá, que quiere decir: el lugar de los desvanecidos”.

No todos, sin embargo, iban al Xibalbá. “Otros, especialmente los niños y los mu***os por ahorcamiento, eran destinados por los dioses para ir a habitar en un lugar donde residía la energía de vida; sitio de dulzuras y deleites según lo describe Landa, donde holgaban bajo la sombra de la sagrada ceiba”.

Alejados del concepto del mal como una mera carencia del bien, los mayas prehispánicos -como los nahuas- tampoco concibieron el que la finalidad de la vida humana radicara en el más allá, o que el lugar a ocupar en este último estuviese determinado por la conducta observada durante el paso por la tierra. Ligado íntimamente a la forma en que se muriese, eso quedaba en buena medida al arbitrio de los dioses, y el bien supremo -como lo señala el Popol Vuh- era la posibilidad de una vida plena en este mundo; los goces y las alegrías inmediatos que sólo pueden obtenerse con el cabal cumplimiento de la misión humana: sustentar a los dioses para que ellos a su vez mantengan la existencia del universo. El castigo a la negligencia en esta tarea no es una vida de torturas en el más allá sino el fin de la existencia terrena....
La elección del destino ultraterreno no dependía de los hombres, quedaba supeditada a la divinidad, pero de una u otra forma, vivo o mu**to, el hombre seguía siendo el eje de la existencia del cosmos.

Los mayas creían que la muerte afectaba no solamente a los hombres sino que también morían los seres semidivinos de sus mitos, los astros (el Sol, la Luna, Venus) los períodos calendáricos y los dioses. Pero ya que la muerte no era más que un cambio de estado, una forma de vida diferente en otro lugar pero con las mismas necesidades, el dios de la muerte, que por su aspecto es también un mu**to, puede, según nos muestran los códices, realizar acciones propias de los seres vivos: tejer, producir fuego, fumar, copular con una mujer, etc. (Thomas A. Lee Jr., Los códices mayas 1985).

Este dios recibía diferentes nombres: Ah Puch o Ah Pucuch (señor de los infiernos o el descarnado) (Laura Elena Sotelo Santos, Las ideas cosmológicas mayas en el siglo XVI 1988:), Hun Ahau o Cunhau (nombre calendárico de Venus) mencionado por Landa, quien nos dice que en el Mitnal había "un demonio, príncipe de todos los demonios, al cual obedecían todos y llamábanle en su lengua Hunhau" (Hun Ahau) (Fray Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán 1982), y en nuestro tiempo es conocido como Cisin o Kisin (hedor o poner tieso) y Yum Cimil (señor de la muerte) (Alberto Ruz L’huillier, Los antiguos mayas 1989).

Generalmente se le representa con una calavera por cabeza, muestra las costillas desnudas y proyecciones de la columna vertebral; el cuerpo, en parte descarnado, con puntos negros o líneas punteadas para indicar las manchas de putrefacción, y a veces tiene el abdomen inflamado. Por lo común las piernas, los brazos y las orejas conservan la carne. Frecuentemente se encuentra ataviado con un tocado circular como aureola formado por un semicírculo negro adornado por varios discos, que se han identificado como "ojos estelares". El dios de la muerte tiene dos jeroglíficos asociados con su nombre: el primero representa la cabeza de un cadáver con los ojos cerrados, en el segundo la cabeza del dios aparece con la nariz truncada, mandíbula descarnada y, como prefijo, un cuchillo de pedernal para los sacrificios.

Como patrono de los dioses del Inframundo, Hun Ahau reinaba sobre el más bajo de los nueve mundos subterráneos de la cosmogonía maya. Su figura está asociada con el dios de la guerra y de los sacrificios humanos.
Uno de los sitios más importantes para las prácticas funerarias fueron las cuevas; podemos citar como prueba de ello las siguientes: las de Calcehtok; Loltún; Xcan, donde fueron hallados los restos de un feto (en la mal llamada “posición anatómica”, ya que todas las posiciones lo son) en la gruta de Balancanché o santuario de Tláloc el cual está plagado de materiales en miniatura como incensarios, manos y metates, aunque se cree que otra serie de circunstancias influyeron también en la elección para los enterramientos, como son su carácter virginal e incontaminado; también aparecieron restos infantiles en una cueva próxima a Tzimin Kax y en la cueva de los petroglifos, (Belice) donde se hallaron los restos de seis niños de muy corta edad.(Juan L. Bonor Villarejo, Las cuevas mayas: Simbolismo y ritual 1989).

Ruz L’huillier nos dice que..las regiones en donde se han hallado los enterramientos en cuevas son principalmente dos: la parte montañosa comprendida entre los ríos Usumacinta y Grijalva en sus cursos medio y superior, y la serranía yucateca del Puuc.

Otra prueba del culto a los mu***os son los cientos de entierros descubiertos dentro de los edificios de los centros ceremoniales, que reflejan un culto básico a los mu***os como parte fundamental de la ideología de los antiguos mayas. Ejemplo de estos son: Toniná, Yaxchilán, Uaxactún, Tikal, Copán, Uxmal, Kabah, Labná, Dzibilchaltún, Mayapán y Palenque. Aquí es importante mencionar el caso de la tumba de Pakal en el templo de las inscripciones, la cual se encuentra cubierta por una hermosa lápida adornada con bajos relieves, y las máscaras mortuorias de jade halladas en los últimos años en Calakmul y Oxkintok.

Los mayas antiguos consideraban que los mu***os experimentaban sensaciones, necesidades y sentimientos como los vivos, y buscaban la manera de brindarles algún tipo de protección, desde la parcial de un plato sobre la cabeza, hasta el sarcófago de piedra dentro de una cámara funeraria, pasando por los tipos intermedios (cistas, fosas) o por modalidades tan peculiares como los entierros en cuevas, chultunes y ollas. Por eso Ruz L’huillier (1989) acertadamente clasifica los entierros en:

SENCILLOS: simples hoyos abiertos en la tierra o en el relleno de una construcción, sin ninguna obra intencional que los delimite.
CUEVAS O CHULTUNES: utilización de oquedades naturales o de cisternas excavadas en el suelo.
CISTAS: sepulturas en el suelo o en edificios, con muros toscos de mampostería o piedras secas, generalmente sin tapa y de menor tamaño que la longitud de un cuerpo extendido.
FOSAS: especie de ataúdes cuidadosamente hechos de losas o mampostería, cubiertos con una tapa, generalmente con piso de estuco, en que cabe un cuerpo extendido, y que fueron cavados en el suelo o dentro de edificios.
CÁMARAS: cuartos de tamaño variable, suficientemente altos para que pueda estar un hombre parado, muros de mampostería y techos generalmente de bóveda, construidos en montículos o dentro, o debajo de edificios.
SARCÓFAGOS: ataúdes tallados en piedra o hechos de losas que se encuentran en cámaras funerarias, y
VASIJAS DE BARRO: generalmente ollas.

Por lo que respecta al carácter de los restos humanos, éstos pueden constituir entierros primarios (inhumación de un cadáver), o secundarios (depósitos de huesos previamente desenterrados que ya no presentan orden anatómico), la vasija queda enterrada en el suelo natural o dentro de un edificio), (Alberto Ruz L’huillier, Costumbres funerarias...1989).

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