07/06/2026
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DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA
S. I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL
SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A
7 DE JUNIO DE 2026
HOMILÍA
+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA
Primera Lectura. Del Libro del profeta Oseas 6, 3-6: Yo quiero amor y no sacrificios.
Salmo Responsorial. Del Salmo 49: Dios salva al que cumple su voluntad.
Segunda Lectura. De la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 4, 18-25: Su fe se robusteció y dio con ello gloria a Dios.
Aclamación antes del Evangelio. Lc 4, 18: Aleluya, aleluya. El Señor me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva y proclamar la liberación a los cautivos. Aleluya.
Evangelio. Del Santo Evangelio según San Mateo 9, 9-13: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
Queridos hermanos y queridas hermanas:
El Evangelio de hoy Domingo X del TO CA nos presenta un pasaje muy sorprendente. Se trata del relato de la vocación de Mateo, un recaudador de impuestos. Jesús manifiesta gran misericordia, pero provoca reacciones negativas de parte de los fariseos, quienes se consideraban puros y justos.
En tiempos de Jesús, los publicanos o recaudadores de impuestos eran odiados por tres motivos: como recibían los tributos de los judíos para el Imperio romano conquistador, eran considerados traidores a la patria; al estar en contacto con monedas que contenían imágenes y frases blasfemas, eran considerados como idólatras; y, como recibían comisiones por los cobros realizados, muchas veces aumentaban los impuestos para acrecentar sus ganancias, por lo que eran tenidos como ladrones. Por tales motivos resultaba extraño y hasta escandaloso que Jesús se fijara en un publicano para invitarlo a ser su discípulo. Pero no obstante todo eso, “Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Él se levantó y lo siguió” (Mt 9, 9). Es importante hacer notar el llamado del Maestro, pero también la respuesta inmediata de Mateo, quien lo sigue al instante. El llamado de Jesús es con autoridad y la respuesta de Mateo es pronta, aun tratándose de un personaje de notoria mala conducta, un pecador con todo el escándalo que implicaba.
Ese escándalo se acentúa todavía más en el episodio siguiente. El contacto con Mateo da ocasión a Jesús para relacionarse con más publicanos y pecadores. Para los fariseos, como para muchos en la actualidad, resulta extraño que Jesús no le hubiese pedido a Mateo que, al convertirse en su discípulo, debía necesariamente separarse de sus antiguos compañeros del mismo oficio, abandonando ese ambiente tan despreciable. Por el contrario, el Señor aprovecha la vocación de Mateo para llegar a otros pecadores, incluso compartiendo la mesa con ellos. Por tales motivos los fariseos preguntan a los discípulos de Jesús: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” (Mt 9, 11). En los ambientes orientales, la comida era ocasión para establecer relaciones cercanas y estrechas con las personas con las que se compartía el pan. Significa cercanía, fraternidad, amistad, comunión. Comer con publicanos y pecadores era interpretado como estar de acuerdo y en complicidad con ellos.
Sin embargo, Jesús no se preocupa por conservar la pureza ritual, establecida en los protocolos de su tiempo. Escucha lo que dicen los fariseos y responde: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 12-13). Jesús no viene a separar, sino a unir. Su “pureza” no consiste en ritualismos exteriores, sino en actitudes del corazón y su fuerza y dinamismo tienen la capacidad de transformar la existencia. Jesús es el médico que ha venido a sanar y a cuidar a los enfermos, a través de la misericordia que llega a lo más profundo, no por medio de normas rituales externas. Es como la de su Padre bondadoso, que “sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas” (Sal 147, 3). Con esto Jesús deja en claro que el Reino que viene a inaugurar no tiene que ver con una religión ritualista que genera divisiones, sino con la propagación de la misericordia que impulsa la comunión con los hermanos, sobre todo con los “enfermos”, los más vulnerables, marginados y despreciados.
Jesús cita una frase del profeta Oseas, a quien también escuchamos en la liturgia de hoy: “Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6, 6). Esta expresión es una fuerte crítica y reproche a la religión superficial y ritualista, que es como una especie de barniz que maquilla la apariencia, pero no es capaz de impregnar la existencia y proyectarse en el amor al prójimo. El culto vacío es el realizado solo con los holocaustos y animales inmolados pues son acciones externas que realiza el ser humano, pero lo importante es la misericordia que radica en lo profundo del corazón. Solo así podemos ofrecer un culto verdadero a Dios, un culto en espíritu y verdad. Aunque el Libro del profeta Oseas y el Evangelio se corresponden, existe una diferencia. A través del Profeta, Dios pide a su pueblo amor, lealtad y relación personal con Él, porque es su Señor, mientras Jesús, sin excluir esto, se refiere a la misericordia con los despreciados y excluidos por su condición pecadora. De esta forma, Jesús une los dos mandamientos: el amor a Dios y el amor al prójimo. Practicando la misericordia, honramos también a Dios en profundidad y no sólo con ritualismos superficiales.
En la Segunda Lectura, el Apóstol San Pablo en su Carta a los Romanos, nos recuerda que en la base de todo está la fe. Cita el ejemplo de Abraham, quien a pesar de que todo parecía estar en contra de la promesa, creyó a Dios de modo incondicional. Quien tiene fe auténtica puede vivir también la misericordia pues fe, esperanza y caridad se vinculan estrechamente y constituyen la vida teologal del discípulo de Cristo. Esto se hará realidad en nosotros: “si creemos en aquel que resucitó de entre los mu***os, en nuestro Señor Jesucristo, que fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación” (Rom 4, 24-25).
Queridos hermanos y queridas hermanas: Hoy el Evangelio de San Mateo nos presenta la llamada de Mateo. Jesús pasa, está en movimiento, y sólo se detiene momentáneamente para que aquel publicano lo pueda seguir. Llama la atención el contraste entre Jesús que pasa y Mateo que, al ser un publicano, está sentado; es como si el texto quisiera subrayar su condición estática: limitado a observar el paso del tiempo, ocupado únicamente en sus asuntos. Jesús lo llama y, entonces, Mateo se levanta; el verbo utilizado por el evangelista es mucho más que ponerse de pie; de hecho, muchas veces este verbo se utiliza también para hablar de resurrección, de volver a vivir. Así, Mateo, al levantarse, decide ser, pensar y actuar de una manera distinta; quizá recuperar la vida de un modo más pleno, y, con certeza, dejar su antiguo oficio para asumir una misión. Y llega entonces el momento culminante: lo siguió. No podía seguir a Jesús sin levantarse, pero tampoco bastaba con ponerse de pie. Al movimiento y a la decisión de cambiar debe seguir la determinación de entrar en una relación profunda y estrecha con Jesús, como discípulo, siguiéndolo no sólo físicamente, sino sobre todo en todas las implicaciones que ello conlleva. Nosotros ¿cómo vamos en nuestra conversión personal? ¿qué podríamos hacer para ser mejores seguidores de Jesús? Jesús nos llama por nuestro nombre y espera nuestra respuesta de seguirlo con todo nuestro afecto y nuestro ser y en todo momento. No tardemos en responderle: sigámoslo con alegría y entusiasmo. Que así sea.
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