Casa de la Iglesia Villa Nuestra Señora del Carmen. Diócesis de SAT

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Casa de la Iglesia Villa Nuestra Señora del Carmen. Diócesis de SAT Casa de retiro al servicio de los grupos, movimientos, asociaciones y Presbiterio Diocesano.

¡Estamos para servirte!

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12/06/2026

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Hoy contemplamos el Sagrado Corazón de Jesús, fuente inagotable de amor, misericordia y esperanza. ❤️

Su Corazón late por cada persona, especialmente por quienes se sienten cansados, heridos o solos. En Él encontramos consuelo, fuerza para seguir adelante y la certeza de que somos amados sin medida.

El Sagrado Corazón nos recuerda que Dios no ama de lejos: ama de cerca, acompaña, perdona y nunca se cansa de esperar nuestro regreso.

Que al acercarnos a Jesús aprendamos a amar como Él ama, a servir como Él sirve y a abrir nuestro corazón a quienes más necesitan de nuestra cercanía. 🙏✨

11/06/2026

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10/06/2026

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09/06/2026

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07/06/2026
¡Este magnífico Sardo Negro puede ser tuyo, participa! 🛣️🙌🏼
07/06/2026

¡Este magnífico Sardo Negro puede ser tuyo, participa! 🛣️🙌🏼

Rancho El Redentor se une a la rifa en beneficio de la Casa Sacerdotal “El Buen Pastor” con la donación de un magnífico toro como premio.

El ejemplar está en exhibición en la ExpoFeria de Minatitlán, Veracruz.

Costo del boleto: $100.00 (Cien pesos)

Rifa organizada por la Diócesis de San Andrés Tuxtla, Ver.

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07/06/2026

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DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA
IGLESIA PARROQUIAL DE SAN JUAN EVANGELISTA
SAN JUAN EVANGELISTA, VERACRUZ

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
CONFIRMACIONES DE CATECÚMENOS
INSTITUCIÓN DE MINISTROS EXTRAORDINARIOS DE LA COMUNIÓN

7 DE JUNIO DE 2026

HOMILÍA
+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

Primera Lectura. Del Libro del profeta Oseas 6, 3-6: Yo quiero amor y no sacrificios.
Salmo Responsorial. Del Salmo 49: Dios salva al que cumple su voluntad.
Segunda Lectura. De la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 4, 18-25: Su fe se robusteció y dio con ello gloria a Dios.
Aclamación antes del Evangelio. Lc 4, 18: Aleluya, aleluya. El Señor me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva y proclamar la liberación a los cautivos. Aleluya.
Evangelio. Del Santo Evangelio según San Mateo 9, 9-13: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Queridos hermanos y queridas hermanas:

“Esforcémonos por conocer al Señor” (Os 6, 3). con esta invitación del profeta Oseas la Liturgia de este día nos lanza en la búsqueda de Dios. ¿Pero de verdad nos acercamos a conocer a Dios? El conocimiento en el sentido bíblico implica una relación estrecha, íntima y profunda de la persona. Quizás el pecado de la actualidad sea que conocemos muy poco a Dios y que no hemos tenido una experiencia directa de Él más que unas cuantas ideas. Es una tarea más del corazón que de la mente que requiere más amar que comprender. Ya lo dice el mismo Dios: “Yo quiero amor y no sacrificios” (Os 6, 6; Mt 12, 7). Y nosotros muchas veces quedamos sólo en superficialidades y ritos externos. Sin embargo, es el Señor quien más se interesa en buscarnos y en encontrarnos como nos lo asegura el evangelista San Mateo cuando nos narra como el Señor lo mira con misericordia y lo llama.

El llamado de Mateo podría parecernos igual que el de los otros discípulos, pero éste tiene unos rasgos especiales: es el mismo Mateo quien lo narra y es él mismo quien se califica como un pecador y publicano. Un cobrador de impuestos era mal visto por el pueblo judío, como un traidor a la patria. Los impuestos iban a parar a las arcas del imperio romano; los frutos de la tierra prometida lejos de alimentar al pueblo escogido, sostenían a un imperio pagano y opresor. Mateo estaba al servicio del imperio romano y daba la espalda al sufrido pueblo judío. No es difícil imaginar entonces, el desprecio y repudio que manifiestan los fariseos cuando Jesús lo llama y propicia una comida con Mateo y sus amigos. Jesús rechaza esta discriminación y marginación de los pecadores. Él, que es verdaderamente el Santo, se sienta a la mesa con ellos, convive con ellos, ciertamente no para participar de sus injusticias o sus pecados, sino para invitarlos a seguirlo y construir su Reino. Esto no lo entienden los fariseos quienes se daban baños de santidad y pretendían cuidar la pureza de la ley y las costumbres. No entienden la misión de Jesús que va más allá de legalismos, de fronteras y divisiones. Tiene la tarea de proclamar la Buena Nueva de un Evangelio universal y de construir un Reino donde caben todos los hermanos. A esto invita a Mateo, no porque sea muy bueno o muy sabio, sino porque Jesús, que sí es todo bondad y santidad, ha venido a llamar y a buscar a todos, empezando por los pecadores.

En casa de Mateo, “muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos” (Mt 9, 10). Se ha creado una sola mesa donde no hay distinciones, donde no hay divisiones, sino una mesa que es signo del Reino anunciado por Jesús, fundado en la misericordia y en la fraternidad. Para los fariseos es motivo de escándalo. Ellos evitan todo contacto con quien pueda contaminarlos, con los impuros, con los pecadores y los publicanos. Quien se siente perfecto y santificado, rechaza y se aísla de sus hermanos, despreciándolos e ignorándolos. Por desgracia entre nosotros encontramos con frecuencia estas actitudes. Es muy fácil creer que se tiene la razón, cerrarse al encuentro con los demás y despreciar sus posturas. Estas actitudes farisaicas de condena y absurda cerrazón, no digamos ya hacia el pecador, sino hacia el que piensa distinto de nosotros, dividen y destruyen. ¡Cuántas veces condenamos a las demás personas simplemente porque son diferentes! En abierta oposición a nuestras concepciones religiosas, Jesús va más allá de todos los tabúes de separación, tengan el fundamento que tengan.

“No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos” (Mt 9, 12). ¡Qué lejos estaban los fariseos de imaginar la misión de Jesús! Esperaban un mesías triunfador, poderoso, santo a su estilo, juez, y aparece Jesús compartiendo, invitando y departiendo con los pecadores. La práctica de Jesús tiene mucho de provocación para los de conciencia tranquila de todos los tiempos: llama a aquellos que por su condición deberían permanecer desplazados. Y no lo hace de manera oculta, sino que come con ellos y con sus amigos. La acogida a pecadores, enfermos y descreídos manifiesta la real universalidad del ofrecimiento de salvación, de la que es portador, y del amor de Dios al expresar su preferencia por los humanamente indignos y despreciados. Quizás hoy muchos de nosotros tomamos el papel de Dios para juzgar y separar, pero nos olvidamos del corazón del Padre amoroso que busca, ama y comprende. Tenemos la tentación de pensar que el pecado aleja a Dios de nuestros caminos, pero el amor de Dios va mucho más allá de nuestras mezquindades. El amor de Dios es un amor sin condiciones, es un amor pleno y total, es un amor de Padre con corazón de madre.

¿Una religión fácil donde el amor de Dios perdona todo? Debemos tener bien seguro y firme el amor de Dios, pero no caigamos en el error de creer que Dios no conoce nuestras injusticias y debilidades como ya lo reclama el profeta Oseas. Es clarísimo en este sentido. Pues el amor, hesed, que pide indica es el amor misericordioso, fiel y gratuito que Dios tiene por su pueblo, y que el pueblo debe vivir como respuesta a la alianza. Completamente opuesto a sacrificios vacíos contra los cuales habla el profeta. La religión basada sólo en el rito, sólo en la ley y no en la experiencia de Dios, es considerada infecunda, como una nube que no trae lluvia, pasajera como el rocío de la mañana. Las mismas palabras retoma Jesús para expresar lo profundo de su misión. No, no es una religión facilona y sin compromisos, pero tampoco el seguimiento de Jesús es el pretexto para el desprecio de los demás. “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 13), afirma Jesús. La primera condición para acercarse a Jesús; es reconocerse pecador y necesitado.

Queridos hermanos y queridas hermanas: ¿Cómo estamos viviendo en nuestra persona este rasgo misericordioso de Jesús? ¿Cómo abrimos nuestra mesa y nuestro corazón a los que son diferentes? ¿Qué estamos haciendo para atraer a la mesa del Reino a quienes se sienten alejados? ¿Es nuestra actitud parecida a la de Jesús, o a la de los fariseos?

Hoy algunos hermanos y algunas hermanas van a Confirmarse. Con el Sacramento de la Confirmación recibimos el gran regalo de la plenitud del Espíritu Santo que se concretiza en siete grandes dones: entendimiento, sabiduría, consejo, fortaleza, conocimiento, piedad y temor de Dios. Con los siete dones y con la fuerza del Espíritu Santo somos capaces de producir muchos frutos. Y esos frutos están descritos en la Carta de San Pablo a los Gálatas 5, 22-23. ¿Cuáles son estos frutos que Dios y la Iglesia espera de los que son confirmados? Amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y templanza o dominio de sí mismos. Aprendamos del Sagrado Corazón de Jesús a ser amorosos y misericordiosos con nuestros prójimos. Que así sea.

Radio Apóstol Jorge Luis Zarazua Jovèn subete a la barca con Cristo Casa de la Iglesia Villa Nuestra Señora del Carmen. Diócesis de SAT Pastoral Litúrgica Parroquia del Sagrario San Andrés T Catequesis Infantil - Catedral

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07/06/2026

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07/06/2026

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DIÓCESIS DE SAN ANDRÉS TUXTLA
S. I. CATEDRAL DE SAN JOSÉ Y SAN ANDRÉS APÓSTOL
SAN ANDRÉS TUXTLA, VERACRUZ

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A
7 DE JUNIO DE 2026

HOMILÍA
+MONS. JOSÉ LUIS CANTO SOSA

Primera Lectura. Del Libro del profeta Oseas 6, 3-6: Yo quiero amor y no sacrificios.
Salmo Responsorial. Del Salmo 49: Dios salva al que cumple su voluntad.
Segunda Lectura. De la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 4, 18-25: Su fe se robusteció y dio con ello gloria a Dios.
Aclamación antes del Evangelio. Lc 4, 18: Aleluya, aleluya. El Señor me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva y proclamar la liberación a los cautivos. Aleluya.
Evangelio. Del Santo Evangelio según San Mateo 9, 9-13: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Queridos hermanos y queridas hermanas:

El Evangelio de hoy Domingo X del TO CA nos presenta un pasaje muy sorprendente. Se trata del relato de la vocación de Mateo, un recaudador de impuestos. Jesús manifiesta gran misericordia, pero provoca reacciones negativas de parte de los fariseos, quienes se consideraban puros y justos.

En tiempos de Jesús, los publicanos o recaudadores de impuestos eran odiados por tres motivos: como recibían los tributos de los judíos para el Imperio romano conquistador, eran considerados traidores a la patria; al estar en contacto con monedas que contenían imágenes y frases blasfemas, eran considerados como idólatras; y, como recibían comisiones por los cobros realizados, muchas veces aumentaban los impuestos para acrecentar sus ganancias, por lo que eran tenidos como ladrones. Por tales motivos resultaba extraño y hasta escandaloso que Jesús se fijara en un publicano para invitarlo a ser su discípulo. Pero no obstante todo eso, “Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Él se levantó y lo siguió” (Mt 9, 9). Es importante hacer notar el llamado del Maestro, pero también la respuesta inmediata de Mateo, quien lo sigue al instante. El llamado de Jesús es con autoridad y la respuesta de Mateo es pronta, aun tratándose de un personaje de notoria mala conducta, un pecador con todo el escándalo que implicaba.
Ese escándalo se acentúa todavía más en el episodio siguiente. El contacto con Mateo da ocasión a Jesús para relacionarse con más publicanos y pecadores. Para los fariseos, como para muchos en la actualidad, resulta extraño que Jesús no le hubiese pedido a Mateo que, al convertirse en su discípulo, debía necesariamente separarse de sus antiguos compañeros del mismo oficio, abandonando ese ambiente tan despreciable. Por el contrario, el Señor aprovecha la vocación de Mateo para llegar a otros pecadores, incluso compartiendo la mesa con ellos. Por tales motivos los fariseos preguntan a los discípulos de Jesús: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” (Mt 9, 11). En los ambientes orientales, la comida era ocasión para establecer relaciones cercanas y estrechas con las personas con las que se compartía el pan. Significa cercanía, fraternidad, amistad, comunión. Comer con publicanos y pecadores era interpretado como estar de acuerdo y en complicidad con ellos.

Sin embargo, Jesús no se preocupa por conservar la pureza ritual, establecida en los protocolos de su tiempo. Escucha lo que dicen los fariseos y responde: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 12-13). Jesús no viene a separar, sino a unir. Su “pureza” no consiste en ritualismos exteriores, sino en actitudes del corazón y su fuerza y dinamismo tienen la capacidad de transformar la existencia. Jesús es el médico que ha venido a sanar y a cuidar a los enfermos, a través de la misericordia que llega a lo más profundo, no por medio de normas rituales externas. Es como la de su Padre bondadoso, que “sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas” (Sal 147, 3). Con esto Jesús deja en claro que el Reino que viene a inaugurar no tiene que ver con una religión ritualista que genera divisiones, sino con la propagación de la misericordia que impulsa la comunión con los hermanos, sobre todo con los “enfermos”, los más vulnerables, marginados y despreciados.

Jesús cita una frase del profeta Oseas, a quien también escuchamos en la liturgia de hoy: “Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6, 6). Esta expresión es una fuerte crítica y reproche a la religión superficial y ritualista, que es como una especie de barniz que maquilla la apariencia, pero no es capaz de impregnar la existencia y proyectarse en el amor al prójimo. El culto vacío es el realizado solo con los holocaustos y animales inmolados pues son acciones externas que realiza el ser humano, pero lo importante es la misericordia que radica en lo profundo del corazón. Solo así podemos ofrecer un culto verdadero a Dios, un culto en espíritu y verdad. Aunque el Libro del profeta Oseas y el Evangelio se corresponden, existe una diferencia. A través del Profeta, Dios pide a su pueblo amor, lealtad y relación personal con Él, porque es su Señor, mientras Jesús, sin excluir esto, se refiere a la misericordia con los despreciados y excluidos por su condición pecadora. De esta forma, Jesús une los dos mandamientos: el amor a Dios y el amor al prójimo. Practicando la misericordia, honramos también a Dios en profundidad y no sólo con ritualismos superficiales.

En la Segunda Lectura, el Apóstol San Pablo en su Carta a los Romanos, nos recuerda que en la base de todo está la fe. Cita el ejemplo de Abraham, quien a pesar de que todo parecía estar en contra de la promesa, creyó a Dios de modo incondicional. Quien tiene fe auténtica puede vivir también la misericordia pues fe, esperanza y caridad se vinculan estrechamente y constituyen la vida teologal del discípulo de Cristo. Esto se hará realidad en nosotros: “si creemos en aquel que resucitó de entre los mu***os, en nuestro Señor Jesucristo, que fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación” (Rom 4, 24-25).

Queridos hermanos y queridas hermanas: Hoy el Evangelio de San Mateo nos presenta la llamada de Mateo. Jesús pasa, está en movimiento, y sólo se detiene momentáneamente para que aquel publicano lo pueda seguir. Llama la atención el contraste entre Jesús que pasa y Mateo que, al ser un publicano, está sentado; es como si el texto quisiera subrayar su condición estática: limitado a observar el paso del tiempo, ocupado únicamente en sus asuntos. Jesús lo llama y, entonces, Mateo se levanta; el verbo utilizado por el evangelista es mucho más que ponerse de pie; de hecho, muchas veces este verbo se utiliza también para hablar de resurrección, de volver a vivir. Así, Mateo, al levantarse, decide ser, pensar y actuar de una manera distinta; quizá recuperar la vida de un modo más pleno, y, con certeza, dejar su antiguo oficio para asumir una misión. Y llega entonces el momento culminante: lo siguió. No podía seguir a Jesús sin levantarse, pero tampoco bastaba con ponerse de pie. Al movimiento y a la decisión de cambiar debe seguir la determinación de entrar en una relación profunda y estrecha con Jesús, como discípulo, siguiéndolo no sólo físicamente, sino sobre todo en todas las implicaciones que ello conlleva. Nosotros ¿cómo vamos en nuestra conversión personal? ¿qué podríamos hacer para ser mejores seguidores de Jesús? Jesús nos llama por nuestro nombre y espera nuestra respuesta de seguirlo con todo nuestro afecto y nuestro ser y en todo momento. No tardemos en responderle: sigámoslo con alegría y entusiasmo. Que así sea.

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