Iglesia Metodista Libre "Principe de Paz"

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PRÍNCIPE DE PAZ

CAMINANDO CON DIOSHace algún tiempo leí una historia que me dejó pensando profundamente.Una mujer contaba que cuando era...
29/04/2026

CAMINANDO CON DIOS
Hace algún tiempo leí una historia que me dejó pensando profundamente.
Una mujer contaba que cuando era niña, por las mañanas se asomaba por la ventana de su habitación. Le gustaba observar cómo el sol naciente pintaba de dorado las copas de los árboles alrededor de su casa.
Pero había algo que captaba más su atención.
Entre los árboles veía una figura que aparecía… y luego desaparecía lentamente entre ellos.
Esa figura era su padre.
Cada mañana salía a caminar.
Pero no era simplemente un paseo.
Mientras caminaba, admiraba la creación de Dios, hablaba con Él de sus preocupaciones, le entregaba sus cargas y disfrutaba de su presencia.
Era su cita diaria con Dios.
Miles de años antes de que ese hombre caminara con Dios, otro hombre hizo lo mismo.
La Biblia nos habla de él en Génesis 5:24:
"Caminó, pues, Enoc con Dios; y desapareció, porque Dios se lo llevó."
La Escritura no nos dice si Enoc era famoso, inteligente, exitoso o admirado por los hombres.
No nos habla de sus talentos.
No menciona sus logros.
Solo nos deja una frase que define toda su vida:
Enoc caminó con Dios.
Pero aquí es donde debemos detenernos y ser honestos.
Hoy muchos hablan de Dios…
muchos asisten a una iglesia…
muchos conocen versículos…
Pero no todos realmente caminan con Dios.
Porque caminar con Dios no es un momento religioso del día.
No es repetir una oración rápida antes de salir de casa.
No es asistir a un servicio el domingo.
Caminar con Dios es una vida rendida a Él.

Es dedicar tiempo para El
Es buscar su voluntad y hacerla.
Es obedecer cuando es difícil.
Es hablar con Él en medio del caos de la vida.
Es permitir que Él confronte nuestro orgullo, nuestras decisiones y nuestras prioridades.
Caminar con Dios significa que nuestra vida gira alrededor de Él… y no Él alrededor de nosotros.
Enoc entendió eso.
Vivió en comunión con Dios.
Y después de años caminando con Él… ocurrió algo extraordinario.
La Biblia dice que Dios se lo llevó.
Como si después de tantos años caminando juntos, Dios hubiera dicho:
"Enoc, hemos caminado juntos mucho tiempo en la tierra… ahora ven a caminar conmigo a casa. Y lo arrebato."
Esa historia no solo habla del pasado.
También nos da esperanza hoy.
Porque los que caminamos con Dios tenemos una esperanza gloriosa.
Un día Cristo vendrá por su iglesia.
Y así como Enoc fue llevado por Dios…
nosotros también seremos levantados para estar con Él eternamente.
La pregunta no es si conoces a Dios.
La verdadera pregunta es:
¿Estás conociendo más y más a Dios en tu diario caminar con El ?
Por favor:
No mañana.
No algún día lo hare.
Di Hoy.
Porque los que caminan con Él en esta vida…
caminarán con Él por toda la eternidad.

REFLEXIONEMOS JUNTOS
¿Qué significa para ti caminar con Dios en tu vida diaria?
¿De qué manera puedes crecer más en esa comunión con Él?
¿Qué cosas están impidiendo que camines más cerca de Dios hoy?
Te leo en los comentarios.

ENTRE LAS CIRCUNSTANCIAS Y LA PAZJuan 14:27"La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se tu...
27/04/2026

ENTRE LAS CIRCUNSTANCIAS Y LA PAZ
Juan 14:27
"La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo."
Todos sabemos lo que es enfrentar problemas.
Nadie camina por la vida sin atravesar momentos difíciles. Y cuando esos problemas aparecen, muchas veces traen consigo aflicción, incertidumbre y días en los que el corazón parece llenarse de preocupación.
Hay momentos en los que luchamos tanto, que sentimos que nuestras fuerzas se están agotando. Momentos en los que el dolor, la tristeza o el desánimo presionan nuestra alma, y pareciera que ya no tenemos fuerzas para seguir adelante.
Quizá te ha pasado como a mí.
Muchas veces he pensado que puedo con todo, que tengo la fuerza suficiente para enfrentar cualquier situación. Pero también he tenido que reconocer que, en demasiadas ocasiones, he sido derrotado por el peso de las circunstancias.
Y fue precisamente en esos momentos cuando aprendí algo muy importante.
Aprendí que no tengo que pelear mis batallas solo.
Con el tiempo he entendido que los problemas siempre van a llegar, pero también he aprendido que mi paz interior no tiene que depender de las circunstancias que rodean mi vida.
Mi paz depende de algo mucho más profundo:
de la presencia de Dios en mí.
Depende de mi conexión con Él.
Depende de la fe que tengo para entregarle aquello que me aflige y descansar en sus manos.
Cuando hacemos eso, algo comienza a cambiar dentro de nosotros.
La paz que Jesús nos dejó comienza a llenar nuestro corazón.
El apóstol Pablo describió esta paz de una manera extraordinaria. Él la llamó “la paz que sobrepasa todo entendimiento.”
Eso significa que podemos tener paz aun cuando la mente humana piensa que deberíamos estar llenos de ansiedad.
Podemos experimentar tranquilidad aun cuando la razón dice que deberíamos estar desesperados.
Es una paz que no depende de que los problemas desaparezcan inmediatamente.
Es una paz que nace cuando confiamos en que Dios está en control.
Por eso hoy quiero invitarte a algo muy sencillo, pero muy poderoso.
Deja de tratar de pelear todas tus batallas en tus propias fuerzas.
Confía más en tu Señor Jesús.
Ríndete… pero no ante el problema que estás enfrentando.
Ríndete ante tu Señor.
Ve a Él en oración.
Entrégale tu aflicción.
Pon delante de Él aquello que hoy está cargando tu corazón.
Y cuando lo hagas, algo maravilloso comenzará a suceder.
Su paz llenará tu corazón.
Una paz que sobrepasa todo entendimiento.
Una paz que calma el alma aun en medio de la tormenta.
Y no solo eso.
Dios también comenzará a guiar tus pasos.
Abrirá puertas donde parecía no haber salida.
Hará caminos en medio del desierto.
Porque cuando aprendemos a descansar en Él, descubrimos que Dios siempre sabe cómo guiarnos hacia la victoria.

Cuando dejamos de luchar por el matrimonioEn un podcast sobre relaciones, el entrevistador le hizo una pregunta directa ...
16/04/2026

Cuando dejamos de luchar por el matrimonio
En un podcast sobre relaciones, el entrevistador le hizo una pregunta directa a una mujer llamada Daniela:
— Daniela, ¿en qué momento decidiste abandonar a tu pareja?
Hubo unos segundos de silencio.
Daniela bajó la mirada y respondió con honestidad:
— La verdad… no lo decidí en un solo momento.
Luego añadió algo que dejó pensando a todos los que escuchaban:
— Creo que lo fui decidiendo poco a poco… cada vez que dejamos de hablar… cada vez que discutíamos y nadie pedía perdón… cada vez que sentía que ya no le importaba lo que yo sentía.
Después hizo una pequeña pausa y dijo una frase que quedó resonando en la conversación:
— Cuando me di cuenta… ya no estaba luchando por mi matrimonio.
Las palabras de Daniela reflejan una realidad que muchas parejas conocen muy bien.
La mayoría de los matrimonios no se rompen de repente.
No se destruyen en un solo día.
Se van debilitando lentamente.
Primero se enfrían las conversaciones.
Luego comienzan a acumularse pequeñas heridas que nadie sana.
Después el orgullo empieza a ocupar el lugar de la humildad y el corazón comienza a cerrarse.
Y así, dos personas que un día hicieron promesas delante de Dios, que soñaron con construir una vida juntos, pueden terminar viviendo bajo el mismo techo… pero con el corazón muy lejos el uno del otro.
Es entonces cuando aparece un pensamiento peligroso:
“Tal vez ya no vale la pena seguir luchando.”
Pero cuando miramos el matrimonio desde la perspectiva de Dios, entendemos algo muy importante: el matrimonio no fue diseñado para sostenerse solamente en las emociones.
Los sentimientos son importantes, pero cambian.
A veces son intensos y otras veces parecen apagarse.
Por eso Dios estableció el matrimonio como algo más profundo que una emoción. Lo estableció como un pacto.
Jesús lo expresó con estas palabras:
“Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.”
— Mateo 19:6
El matrimonio no es simplemente una relación que existe mientras las emociones son fuertes. Es una unión que Dios mismo establece.
Por eso, el momento más peligroso en un matrimonio no es una discusión, ni siquiera una crisis.
La mayor crisis en un matrimonio llega:
Cuando dejamos de hablar.
Cuando dejamos de intentar entender al otro.
Cuando dejamos de pedir perdón.
Cuando dejamos de cuidar el corazón de la persona que prometimos amar.
Porque muchas veces los matrimonios no se rompen por grandes conflictos.
Se rompen cuando dejamos de hacer las pequeñas cosas que mantienen vivo el amor o lo que pensamos que es el amor.
Es aquí en donde debemos aclarar algo muy importante.
En nuestra cultura se habla mucho del amor, pero muchas veces se entiende de manera equivocada. Se piensa que el amor es principalmente una emoción: algo que se siente cuando todo va bien y que desaparece cuando las circunstancias cambian.
Sin embargo, el verdadero amor es algo mucho más profundo.
El amor verdadero es una decisión.
Es la decisión diaria de cuidar al otro.
De proteger su corazón.
De buscar su bienestar aun cuando no siempre sea fácil. El Señor Jesus dijo que la mayor muestra de amor es estar dispuesto a dar la vida por el otro; y yo le agrego… aunque no lo merezca.
Por eso el problema más grande en un matrimonio no es cuando las emociones cambian, sino cuando dejamos de tomar la decisión de amar.
Porque el amor no se demuestra solamente con sentimientos.
El amor se demuestra con acciones.
Se demuestra cuando decidimos escuchar en lugar de ignorar.
Cuando decidimos perdonar en lugar de guardar resentimiento.
Cuando decidimos cuidar el corazón de la persona que Dios puso a nuestro lado.
Tal vez hoy alguien está pasando por un momento difícil en su matrimonio.
Tal vez hay heridas que todavía no han sanado.
Tal vez hay silencios que pesan más de lo que deberían.
Tal vez hay distancia donde antes había cercanía.
Pero mientras dos personas estén dispuestas a volver a tomar la decisión de amar, todavía hay esperanza.
Porque el amor verdadero no depende solamente de lo que sentimos en un momento.
Depende de la decisión que tomamos cada día.
La decisión de volver a hablar.
La decisión de volver a escuchar.
La decisión de volver a perdonar.
La decisión de seguir cuidando el corazón del otro.
Y cuando dos personas toman esa decisión una y otra vez, algo comienza a cambiar.
El corazón se ablanda.
Las heridas empiezan a sanar.
La relación comienza a reconstruirse.
Entonces descubrimos una verdad que muchas parejas olvidan:
Los matrimonios no se mantienen fuertes solamente porque dos personas se enamoraron un día.
Se mantienen fuertes porque, aun en los momentos difíciles, dos personas deciden seguir cuidando el corazón del otro.
Y cuando eso sucede, el amor deja de ser solo una emoción pasajera…
y se convierte en una fuerza capaz de sostener toda una vida.

La generación que rompe las cadenas¿Te has preguntado alguna vez por qué ciertas luchas parecen repetirse en algunas fam...
14/04/2026

La generación que rompe las cadenas
¿Te has preguntado alguna vez por qué ciertas luchas parecen repetirse en algunas familias generación tras generación?
A veces miramos la historia de nuestra familia y descubrimos patrones que parecen seguir el mismo camino. Actitudes, hábitos o comportamientos que pasan de padres a hijos como si fueran una herencia invisible.
Hay familias marcadas por el alcohol.
Otras por la violencia.
Otras por el orgullo, la mentira o relaciones rotas.
Muchas personas desean vivir de una manera diferente, pero sin darse cuenta terminan caminando por el mismo sendero que recorrieron quienes estuvieron antes que ellos.
La Biblia habla de esta realidad cuando dice:
“Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres.”
— 1 de Pedro 1:18
El apóstol Pedro nos recuerda que los seres humanos no solo heredamos rasgos. También podemos heredar de nuestros padres una manera de vivir.
Recuerdo la historia de un hombre que durante muchos años vivió esclavizado por el alcohol. Su padre había sido alcohólico, y antes que él, sus propios abuelos también habían mu**to a causa del alcohol. Era una cadena que parecía repetirse inevitablemente de generación en generación.
Pero un día el Señor tuvo misericordia de él y lo rescató. Dios rompió aquello que por generaciones había dominado a su familia.
Esta historia refleja algo que muchas personas viven. No siempre se trata del alcoholismo. En algunos hogares lo que se transmite de generación en generación es el resentimiento; nunca perdonan. En otros, el machismo que hiere profundamente a la familia. En algunos casos la violencia verbal o física, el deseo de controlar a los demás, la mentira, la infidelidad o actitudes que poco a poco destruyen el corazón y las relaciones.
Muchas de las luchas que enfrentamos hoy no comenzaron con nosotros. Son patrones que se han repetido por generaciones en las familias.
Y aquí encontramos una verdad que no podemos ignorar:
Lo que no es eliminado en una generación, es transferido a la siguiente generación.
Si una cadena no se rompe hoy, mañana puede convertirse en la prisión de nuestros hijos.
Pero el evangelio nos presenta una esperanza gloriosa.
El apóstol Pedro declara que hemos sido rescatados de esa manera de vivir. Esa palabra encierra una verdad profunda: en Cristo no estamos condenados a repetir la historia de nuestros antepasados.
Dios llama a hombres y mujeres a levantarse como la generación que rompe las cadenas que han causado tanto dolor. Él quiere que aquello que dominó a nuestros padres sea erradicado por nosotros.
Cuando una persona encuentra la gracia de Dios, no solo cambia su destino eterno. También comienza a escribirse una nueva historia para su familia.
Tal vez no pudimos elegir la herencia que recibimos.
Pero con la ayuda de Dios sí podemos decidir la herencia que dejaremos a las generaciones que vienen detrás de nosotros.
Te invito a que reflexiones en las siguientes preguntas:
¿Qué tipo de herencia dejaras a tu descendencia?
¿Una vana manera de vivir?
¿Continuarán ellos con las cadenas del pasado?
¿O vivirán la libertad que Cristo ya conquistó para nosotros?
Porque cuando Dios rescata a una persona, no solo transforma una vida. Puede transformar toda una generación y las siguientes generaciones vivir en la libertad que Cristo gano para nosotros.

CUANDO LA TORMENTA LLEGA¿A dónde corre una persona cuando la vida se vuelve demasiado pesada?Hay momentos en los que los...
13/04/2026

CUANDO LA TORMENTA LLEGA

¿A dónde corre una persona cuando la vida se vuelve demasiado pesada?
Hay momentos en los que los problemas parecen rodearnos por todos lados. Las preocupaciones llegan sin avisar, las fuerzas se debilitan y el corazón comienza a sentir el peso de la incertidumbre. Tratamos de mantenernos firmes, de encontrar respuestas, de seguir adelante… pero hay días en los que simplemente sentimos que nuestras propias fuerzas no son suficientes.
Todos, tarde o temprano, enfrentamos esos momentos.
Momentos en los que el futuro parece incierto.
Momentos en los que el alma necesita un lugar seguro donde descansar.
Un refugio donde encontrar paz en medio de la tormenta.
En medio de esas realidades humanas, la Palabra de Dios nos recuerda una verdad profundamente reconfortante.
El salmista declara:
“Dios es nuestro amparo y fortaleza,
nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.”
Salmos 46:1
Este versículo no fue escrito desde una vida libre de problemas. Fue escrito desde la experiencia de alguien que había aprendido que, aun cuando todo alrededor parece tambalearse, Dios sigue siendo un refugio seguro.
El salmista describe a Dios de tres maneras que hablan directamente al corazón del creyente.
Primero, Dios es nuestro amparo.
Es el refugio al que podemos correr cuando la vida se vuelve difícil. Un lugar donde el alma encuentra descanso cuando las preocupaciones se vuelven demasiado pesadas.
Segundo, Dios es nuestra fortaleza.
No solo nos protege; también nos sostiene. Cuando nuestras fuerzas se debilitan, Él se convierte en la fuerza que nos ayuda a seguir adelante.
Y tercero, Dios es nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Esto significa que no es un Dios distante. No es un Dios que observa desde lejos nuestras luchas. Él está presente, cercano, atento a las necesidades de sus hijos.
La vida muchas veces nos enfrenta con situaciones que no esperábamos: problemas familiares, preocupaciones económicas, enfermedades, decisiones difíciles o momentos en los que el alma simplemente se siente cansada.
En esos momentos es fácil pensar que estamos solos.
Pero el mensaje del salmo nos recuerda algo que cambia completamente nuestra perspectiva:
No estamos solos en medio de nuestras luchas.
Dios no promete que nunca habrá tormentas, pero sí promete que Él estará con nosotros en medio de ellas.
Por eso, la verdadera paz no nace cuando desaparecen los problemas.
La verdadera paz nace cuando el corazón aprende a refugiarse en Dios.
Cuando una persona aprende a correr hacia Él, descubre una verdad maravillosa: el lugar más seguro en medio de cualquier tormenta siempre será en la presencia de Dios.
Las circunstancias pueden cambiar.
Las pruebas pueden llegar sin aviso.
Pero cuando Dios es nuestro refugio, el corazón descubre algo que el mundo no puede ofrecer:
una paz que permanece incluso en medio de las tribulaciones. Y ESA ES LA PAZ QUE SOBREPASA TODO ENTENDIMIENTO

11/04/2026

Gloria a Dios

11/04/2026

Gloria Dios

11/04/2026

Gorila Dios

11/04/2026

Glori a Dios

CUANDO LA FE PERMANECE AUNQUE LA RESPUESTA NO LLEGUEHay momentos en la vida en los que esperar se vuelve una de las expe...
09/04/2026

CUANDO LA FE PERMANECE AUNQUE LA RESPUESTA NO LLEGUE
Hay momentos en la vida en los que esperar se vuelve una de las experiencias más difíciles para el corazón humano.
No siempre es el dolor lo que más pesa, ni siquiera la prueba misma. Muchas veces lo que más agota el alma es la incertidumbre del tiempo. Oramos, pedimos dirección, clamamos por ayuda… y, sin embargo, la respuesta parece demorarse.
Los días pasan.
Las circunstancias parecen no cambiar.
Y el corazón comienza a hacerse preguntas.
¿Está Dios escuchando?
¿Llegará la respuesta?
¿Cambiará alguna vez esta situación?
En esos momentos la fe entra en una lucha silenciosa. No es una lucha contra Dios, sino contra el desánimo que poco a poco intenta instalarse en el corazón.
El salmista David conocía muy bien esa batalla interior. A lo largo de su vida enfrentó persecuciones, peligros, traiciones y momentos de profunda angustia. Hubo temporadas en las que parecía que las promesas de Dios estaban muy lejos de cumplirse.
Sin embargo, en medio de esa realidad, David escribió palabras que han sostenido el corazón de creyentes durante siglos:
“Aguarda a Jehová;
esfuérzate, y aliéntese tu corazón;
sí, espera a Jehová.”
(Salmo 27:14)
Estas palabras no son un consejo superficial ni una frase religiosa para momentos difíciles. Son el testimonio de alguien que aprendió que la espera también forma parte de la obra de Dios en nuestras vidas.
Esperar no significa que Dios esté ausente.
Esperar tampoco significa que Dios haya olvidado sus promesas.
Muchas veces la espera es porque Dios está obrando en un nivel más profundo, en lugares donde nuestros ojos todavía no pueden ver.
Mientras esperamos, Dios trabaja en nosotros.
Fortalece nuestra fe.
Purifica nuestras motivaciones.
Nos enseña a confiar más en Él que en las respuestas inmediatas.
Pero David también fue honesto al reconocer algo muy humano: sin esperanza, el corazón se derrumba.
Por eso, justo antes de hablar de la espera, hace una declaración que revela el secreto que sostuvo su alma en medio de la incertidumbre:
“Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes.”
(Salmo 27:13)
David aprendió algo en tiempos de espera:
aunque no veía resultados a su oración; la historia aún no había terminado.
Aunque la respuesta no había llegado todavía, él estaba seguro de que la bondad de Dios aún se manifestaría.
Y esa esperanza fue suficiente para sostener su corazón y no desmayar.
Muchos creyentes han descubierto esta misma verdad a lo largo de su caminar con Dios. La espera puede ser larga. A veces incluso dolorosa. Pero cuando la esperanza permanece viva, el alma encuentra fuerzas para seguir adelante.
Porque esperar en Dios no es resignarse.
Es confiar en que su tiempo es perfecto.
Es creer que Él sigue obrando aun cuando no lo vemos.
Es caminar con la certeza de que su bondad todavía va a manifestarse en nuestra historia.
Tal vez hoy alguien se encuentra en ese lugar de espera. Tal vez la respuesta todavía no ha llegado. Tal vez el corazón se siente cansado.
Pero las palabras del salmista siguen siendo una invitación para cada generación:
No te rindas.
No pierdas el ánimo.
No abandones la esperanza.
Aguarda al Señor.
Esfuérzate.
Que tu corazón cobre aliento.
Sí… espera en el Señor.

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