06/05/2021
MINISTERIO DEL LECTOR.
El Lector o Proclamador de la Palabra no solo tiene un oficio en la Iglesia; no es digamos un simple predicador o lector y nada más, como quizás mucho lo ven o lo entienden. El Proclamar la Palabra de Dios es una Dignidad, es una Misión Divina, y esa dignidad no la puede ejercer cualquier persona que simplemente lea bien, si antes no ha penetrado en el contenido de esa Palabra, si no vive el Mensaje de esa Palabra.
La Historia de la Iglesia registra en sus páginas del pasado, que el ser un lector, que el proclamar la Palabra de Dios, no era labor de cualquiera ni de quien quisiera hacerlo. El Lector era una de las Órdenes Menores que había en los Seminarios.
La primera orden eran el Hostiario, que era el que tenía la llave y abría la Iglesia; la segunda orden era el Lector, que era el que le daban el libro; la tercera orden era el exorcista que era una orden para expulsar demonios, y una cuarta orden menor era el acólito, para ayudar en la misa. Luego venían las ordenaciones de subdiácono, de diácono, y finalmente la ordenación de Sacerdote.
Todo esto nos deja ver que para la Iglesia ser un Proclamador de la Palabra ha sido siempre algo muy importante, y tanto era así, que todavía en el año 1951, en Roma solo habían 52 lectores ordenados. Por eso, el lector no es un personaje secundario.
El Concilio Vaticano II, que comenzó en 1962 y terminó en 1965, fue el que abrió las ventanas para renovar el servicio en la Iglesia, y nos dio un lugar a los laicos, en la Proclamación de la Palabra. Cuando un lector proclama, está ejerciendo un Ministerio tan importante, como el del Sacerdote y el diácono. El Sacerdote no puede comer el Pan de la Eucaristía, si antes no se ha comido el Pan de la Palabra de Dios, porque tiene como oficio transmitir al pueblo los mandatos de Dios.
Este ministerio es ciertamente un “honor” no debe ser considerado un derecho sino un servicio en pro del a asamblea litúrgica, que no puede ser ejercido sin las debidas habilitaciones, por el honor de Dios, el respeto a su pueblo y la eficacia misma de la liturgia.
Hacer de lector es una tarea importante dentro de la asamblea. Los que la realizan deben estar consciente de ello, y vivir el gozo y a la vez la responsabilidad de ser los que harán posible que la asamblea reciba y celebre aquella Palabra con la cual Dios habla a sus fieles.
Consejos para el buen lector:
Leerse la lectura antes, en voz alta y un par de veces. Leerla para entender bien su sentido, y para ver que entonación dar a cada frase, cuales son las frases que hay que resaltar.
Procurar no venir desde un lugar muy apartado de la iglesia lo ideal es que los lectores se sentaran en los primeros bancos juntos.
Debe pararse en el ambón con dignidad, los pies juntos, las piernas firmes, sus manos juntas o tocando ligeramente en el ambón
Situarse a distancia adecuada el micrófono para que se oiga bien. Ya que por culpa de la distancia muy a menudo se escucha mal. No comenzar hasta que el micrófono este a la medida del lector.
Leer despacio respetando los signos ortográficos y de puntuación y dando la idónea pronunciación y acentuación a las palabras.
Además de leer despacio, hay que mantener un tono general de calma. Hay que desterrar el estilo de lector que sube aprisa, empieza la lectura sin mirar a la asamblea, y al acabar huye más aprisa todavía. Y no: se trata de llegar al ambón, respirar antes de comenzar a leer, leer haciendo pausas en las comas y haciendo una respiración completa en cada punto, hacer una pausa al final antes de decir “Palabra de Dios”, escuchar desde el ambón la respuesta del pueblo. Aprender a leer sin prisas, con aplomo y seguridad ciertamente cuesta: por esos es importante hacer cuantos ensayos y pruebas sean necesarios.
Vocalizar. Es decir, resaltar cada silaba, mover los labios y la boca, no atropellarse. Sin afectación ni comedia.
No bajar el tono de voz en las frases finales. Las últimas silabas de cada frase tienen que oírse igual de bien que todas las demás. Y, en cambio, resulta que a menudo en estas silabas se baja el tono y se hacen ininteligibles
Si se equivoca no dirá nunca perdón, solo retomara la frase en que se haya equivocado y rectificara con mucha discreción sin hacer ningún tipo de gesto.
Debe saber proclamar, no es lo mismo leer una lectura de un libro histórico a una de un libro poético o epistolar. Es importante, para la proclamación, saber distinguir:
Un relato histórico: tono sencillo, como el de un testigo que cuenta simplemente los hechos que relata. En estos textos se encuentran frecuentemente diálogos: cambiar el tono según personajes, hacer una pausa liviana antes del cambio de tono.
Una exhortación moral: tono más cariñoso, fraternal, como quien aconseja. O a veces con firmeza, por ejemplo, cuando Pablo reta a sus destinatarios.
Una enseñanza doctrinal: tono más bien magistral, pero sobrio, afirmativo.
Un texto profético: tono solemne, sostenido, entusiasta, con un cierto calor en la voz, sin ser teatral.
Un poema (con estrofas o dísticos): tono más elevado. Lectura con cierta intensidad (no fuerza o potencia). Atención a los puntos de exclamación. Construir la lectura alrededor de una frase y no de una palabra. Los adjetivos no bastan para calificar la manera de proclamar un texto bíblico según su género literario: es necesario ejercitarse en sesiones de formación para captar el estilo y el tono propio a cada
Subrayar las palabras que considere raras o de difícil pronunciación, o no conozca significado. Las buscara en un diccionario o preguntara al sacerdote antes de misa.
Para proclamar un texto bíblico en la celebración se debe utilizar el Leccionario. Nunca se utilice una hoja. Esto por la dignidad de la Palabra de Dios en la misma Celebración: “Cristo está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien hablar.
Por respeto a la Palabra de Dios y a la Asamblea, nunca se llamará a último momento, cualquier persona para leer. El lector debe ser designado con anterioridad y debe preparar el texto que va a proclamar, por lo menos leyéndolo previamente.
No debe iniciarse la proclamación diciendo: primera Lectura…. Si no, Lectura de…., sin dar referencia bíblica de capitulo y versículo, tampoco se lee las rubricas suelen estar en rojo o en cursiva.
No se dice salmo responsorial, se dice directamente la antífona. Luego se lee cada verso del salmo al finalizar cada estrofa se levanta la mirada a la asamblea para indicarles que deben responder.
No se debe decir vamos a recibir a nuestro celebrante sino al que preside la Eucaristía, ya que toda la asamblea celebra la Eucaristía.
Al proclamar la Palabra, la cosa más importante que puede hacer por usted mismo es respirar correctamente. Recuerde respirar por la nariz ya que protege las cuerdas vocales. Si respira por la boca se le secaran las cuerdas vocales y sentirá la garganta irritada.
-No olvide respirar de vez en cuando durante el transcurso de la lectura. Si sigue estos consejos automáticamente impondrá un mejor ritmo durante la lectura.
Llegar con anticipación para hacer oración.
Si desea ser buen lector en un mundo ruidoso, sea experto en el silencio. Tome tiempo cada día para calmar su corazón. Prepárese antes de leer. Dios habla y está presente en el silencio.