07/12/2014
El evangelio trae paz a nuestra vida
“Sin Cristo el mundo no es más que oscuridad y tinieblas”. Estas palabras de Lutero, sin duda se hicieron realidad para los discípulos aquel primer día después de la resurrección. Escondidos y asustados huían de la más que probable persecución por parte de los judíos; desorientados y acobardados seguramente se preguntarían qué hacer, a dónde ir. Cuando nuestra fe vacila, cuando nuestra confianza en Dios se tambalea, nuestro primer impulso es escondernos, tal como hicieron nuestros primeros padres en el Edén al oír la voz de Dios (Génesis 4:8).
Pasamos entonces a querer buscar la solución a nuestros problemas por nosotros mismos, anteponemos a la fe nuestras capacidades, nuestra razón, nuestras soluciones y así sólo conseguimos que las tinieblas aumenten más y más a nuestro alrededor para terminar al fin encerrados en la oscuridad de nuestras propias ideas y temores. Sin Cristo ciertamente todo está perdido (Juan 15:5).
Pero he aquí que el Dios que vino a buscarnos, a rescatarnos de nuestros pecados, una vez más viene a sus discípulos, a nosotros. Aparece en medio de ellos, allí donde ellos se encuentran, como el buen Pastor que va en busca de los desorientados, y sus primeras palabras son de paz: “Paz a vosotros”, les dice, para dar estabilidad, consistencia y sentido a una realidad que en ese momento no es para ellos más que confusión y caos. El Príncipe de la paz (Isaías 9:6), vuelve a iluminar el mundo con su presencia, vuelve a dar claridad a aquello que se había tornado oscuro, impenetrable. Y como comprendiendo que estos hombres en su debilidad, necesitan aún más evidencia para salir de su estado de acobardamiento, les enseña sus manos y su costado, las señales del triunfo sobre la muerte, la prueba definitiva de su victoria y de la victoria de todo cristiano. Con su sola presencia Cristo proclama al mundo las palabras del salmista: “Me castigó gravemente Jehová, más no me entregó a la muerte” (Salmos 118:18). Los discípulos están ahora en presencia de aquél que venció a la muerte, al diablo y al pecado, y se regocijan (Sal. 118:24); en un segundo lo que antes era temor y desesperación ahora se torna en alegría, gozo y victoria. Ahora todo cobra sentido, y todo el temor, la duda, la angustia desaparecen como la niebla matutina. ¿Cuántas veces hemos perdido la paz en nuestras vidas?, ¿cuántos momentos de angustia hemos soportado y sufrido, por no confiar en que Él es el Señor de nuestras vidas, por perder de vista al Pastor y procurar nuestro propio camino? Cuando no vemos salida, cuando todo parece perdido, pasamos a la desesperación, queremos seguridades, certezas, soluciones, y olvidamos que sólo “en Jesucristo se halla la paz”. Con Cristo no deberíamos temer nada, pues sus palabras consoladoras siguen llegando a nosotros también hoy: “la paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tengan miedo” (Juan 14:27). El miedo nos atenaza, nos confunde. Un poco de miedo dicen que evita la temeridad, pero un exceso del mismo nos paraliza, nos lleva a la muerte.
Nuestro testimonio y presencia en la sociedad es tan importante: somos las manos, los pies y la boca de Cristo allí donde vamos; siervos al servicio del Espíritu y su obra de conversión por medio del Evangelio. Que el Príncipe de la Paz nos sostenga y su luz nos ilumine por medio del Espíritu Santo, y que podamos exclamar ante el Cristo resucitado ¡Señor mío, y Dios mío! Amén.