13/03/2026
HOMILÍA DE MONS. CARLOS BRISEÑO ARCH, para la misa de apertura del retiro "Servidores y músicos de fuego"
Queridos hijos, miembros del ministerio de la música litúrgica:
Hoy comienzan un retiro, y la Palabra de Dios nos coloca ante una verdad exigente y luminosa. El profeta nos dice en Libro de Isaías 58, 1-9 que el ayuno que agrada a Dios no es un gesto exterior, ni un cumplimiento frío, ni una práctica que nos dé apariencia de piedad. Y el salmo 50 nos recuerda: “A un corazón contrito, Señor, no lo desprecias”. Finalmente, en el Evangelio según Evangelio según San Mateo 9, 14-15, Jesús nos revela que el verdadero sentido del ayuno está en la relación viva con el Esposo.
Permítanme hablarles con claridad de pastor.
I. La forma equivocada de vivir el ayuno… y también la música
Isaías denuncia un ayuno que convive con la injusticia, con la dureza de corazón, con la búsqueda de intereses propios. Es un ayuno que mortifica el cuerpo, pero no convierte el corazón.
También nosotros, en el ministerio de la música, podemos caer en formas equivocadas:
• Cuando buscamos aplausos más que adoración.
• Cuando nos preocupa más la ejecución perfecta que la unción interior.
• Cuando la música se convierte en protagonismo y no en servicio.
• Cuando hay rivalidades, susceptibilidades o divisiones.
• Cuando el canto deja de ser oración y se vuelve espectáculo.
La música en sí misma es buena. El arte es un don de Dios. La sensibilidad estética es un reflejo de la Belleza divina. Pero —y aquí está el drama espiritual— las cosas del mundo que son buenas, nosotros podemos hacerlas malas cuando las subordinamos al orgullo, al poder o al reconocimiento.
El “príncipe de este mundo” siempre susurra lo mismo: “brilla tú, impón tu criterio, busca tu gloria”. Y eso puede infiltrarse incluso en el santuario.
El ayuno mal vivido endurece.
La música mal vivida enorgullece.
Y ambas prácticas pierden su sentido.
II. Las razones para vivir este ministerio y para ayunar
¿Por qué están ustedes aquí? ¿Por qué sirven en la música litúrgica?
No están para “animar” una celebración.
Están para ayudar a la asamblea a entrar en el Misterio.
La liturgia no es un evento humano; es participación en el culto celestial. Ustedes son mediadores sensibles de lo invisible. La música no adorna la liturgia: la sirve, la expresa y la eleva.
¿Y por qué ayunar en un retiro como éste?
Porque el ayuno purifica la intención.
El ayuno ordena los afectos.
El ayuno debilita el ego.
El ayuno abre espacio a Dios.
Jesús dice que los amigos del Esposo no pueden ayunar mientras Él está con ellos; pero cuando el Esposo les sea arrebatado, entonces ayunarán. El ayuno cristiano no es tristeza; es deseo. No es desprecio de lo creado; es hambre del Creador.
Ustedes ayunan para que su música nazca del corazón contrito que el Señor no desprecia.
Ayunan para que su voz no sea sólo afinada, sino convertida.
Ayunan para que el canto no sea una expresión artística solamente, sino una ofrenda.
III. La finalidad última: adherirnos a la voluntad de Dios
El ayuno verdadero —dice Isaías— rompe cadenas, libera, ilumina. Y entonces “tu luz surgirá como la aurora”.
La música verdadera en la liturgia también libera:
libera del ruido interior,
libera de la dispersión,
libera del individualismo,
y conduce a la comunión.
El mundo ofrece criterios de éxito: visibilidad, eficacia, aplauso, impacto.
El Evangelio ofrece otros: humildad, obediencia, servicio escondido.
La finalidad última del ayuno y de la música no es la perfección estética ni la mortificación en sí misma. Es adherirnos a la voluntad de Dios.
Que cada nota diga: “Hágase tu voluntad”.
Que cada silencio sea obediencia.
Que cada ensayo sea acto de caridad.
Que cada celebración sea una entrega.
Si este retiro logra que ustedes se adhieran más a la voluntad de Dios y menos a los criterios del príncipe de este mundo, entonces habrá sido fecundo.
Y entonces su música no sólo sonará bien:
hará presente al Esposo.