18/05/2026
La Ascensión del Señor no es una despedida, es la plenitud de la Pascua. Después del dolor de la cruz y de la alegría inmensa de la Resurrección, Cristo asciende al cielo para recordarnos que nuestra vida no termina en la tierra, sino que está llamada a la eternidad. La Pascua alcanza su culmen cuando Jesús vuelve al Padre, llevando consigo nuestra humanidad redimida.
La Ascensión nos enseña que Cristo no se aleja, sino que permanece de una manera nueva. Ya no camina físicamente entre los discípulos, pero se queda vivo en la Iglesia, en la Eucaristía, en la Palabra y en cada corazón que cree. Por eso, los discípulos no regresan tristes después de verlo subir al cielo; regresan llenos de esperanza, porque comprenden que ahora tienen una misión: anunciar al mundo que Jesús vive.
En medio de una sociedad que muchas veces vive mirando solo lo inmediato, la Ascensión nos invita a levantar la mirada. Nos recuerda que fuimos creados para algo más grande, que nuestra meta es el cielo y que cada acto de amor, de servicio y de fe tiene sentido eterno.
La Pascua culmina con Cristo glorificado, pero también con una promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Ahí está la fuerza del cristiano. Jesús asciende, pero no abandona. Sube al Padre para abrirnos el camino y enseñarnos que, después de cada cruz, siempre existe la gloria de la Resurrección.