04/06/2026
El apóstol Pablo (un teólogo romano-judío del siglo I) y el Niño Fidencio (un curandero mexicano del siglo XX) parecen pertenecer a mundos completamente diferentes. Sin embargo, cuando miramos el fondo de sus vidas, encontramos hilos conductores idénticos: la entrega absoluta, el sufrimiento físico como parte de su llamado y, sobre todo, la capacidad de ver y dignificar a quienes los demás ignoraban.
Cuando ponemos frente a frente las vidas de Pablo y de Fidencio, entendemos que el lenguaje del espíritu no sabe de épocas ni de geografías. Ambos nos enseñan que ser un instrumento de servicio requiere una renuncia total a uno mismo y una confianza ciega en que hay un propósito mayor, incluso cuando el panorama es difícil o doloroso.
El mayor lazo que los une es la mirada de igualdad. En un mundo que se empeña en dividirnos entre importantes y descartables, tanto el apóstol como el Niño nos recuerdan que ante lo sagrado todos somos iguales. No importa el estatus, la riqueza o la condición física.