31/03/2026
Esas palabras tajantes de Jesús —“Dejen de convertir la casa de mi Padre en un mercado… ¡en una cueva de ladrones!”— iban dirigidas a los comerciantes y a los líderes religiosos. Habían estado vendiendo animales para los sacrificios a Dios en los atrios del templo.
Y note que escribimos “habían estado vendiendo”.
Porque, al final, todas las mesas de venta quedaron volcadas, el dinero quedó esparcido y cada animal fue puesto en libertad.
Ahora los puestos están cerrados.
Este episodio, ocurrido en los últimos días de la vida de Jesús, es uno de los pocos relatos que aparecen en los cuatro evangelios. Eso lo convierte en un momento de especial peso, uno que dice algo profundamente significativo sobre quién es Dios y qué está haciendo en Jesús.
Basta una mirada rápida al Antiguo Testamento para ver que Dios *sí* exigía sacrificios de su pueblo como parte de la adoración y la expiación. Pero, con santa indignación, Jesús denuncia que los comerciantes y los líderes religiosos habían encontrado la manera de despojar al pueblo de Dios cuando compraban animales para el sacrificio, y que lo estaban haciendo de dos formas.
En primer lugar, los animales se vendían a precios desmedidos, precios aún más abusivos para los peregrinos, que además tenían que enfrentar tasas de cambio infladas.
Pero había algo más: como algunos no podían costear la compra de un animal para el sacrificio, no les quedaba otra opción que darse la vuelta y marcharse, privados de la oportunidad de acercarse a Dios.
La gente estaba siendo explotada económicamente y —peor aún— espiritualmente.
Los comerciantes y los líderes religiosos estaban cerrándole a la gente un camino directo hacia Dios.
“Haga esto, o no puede acercarse a Dios”; “haga aquello, o no puede pertenecerle”.
Y convirtieron ese “esto” y ese “aquello” en exigencias imposibles, fuera del alcance de la gente.
Así que, cuando Jesús entra en escena, dice: “Basta”, tanto con sus palabras como con sus acciones.
Despeja los atrios del templo para despejar el camino hacia Dios de todo obstáculo impuesto por el ser humano.
Esta acción decisiva y contundente resuena hasta hoy como una verdad clara: todo muro, toda puerta y toda barrera que alguien haya levantado entre nosotros y Dios ha sido derribada, arrancada de sus bisagras y dejada abierta por Jesús, quien ahora se presenta como el camino claro, presente y único.
La casa de Dios no será conocida por poner obstáculos en el camino.
Es curioso: ayer nos parecía audaz y hermoso ver a Jesús entrar en Jerusalén montado en un b***o.
Pero lo que el Rey hizo al llegar quizá fue aún más audaz y aún más hermoso.
Jesús entró en el templo y comenzó a echar a todos los que compraban y vendían animales para el sacrificio. Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas. Les dijo: «Las Escrituras declaran: “Mi templo será llamado casa de oración”, ¡pero ustedes lo han convertido en una cueva de ladrones!» Mateo 21:12-13