14/07/2026
El día de hoy comienza la ###VII Reunión Ordinaria de la Asamblea General de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, y para nadie debería ser ajeno que una de las más grandes fortalezas de la Iglesia es su unidad. A lo largo de la historia de la Santa Iglesia de Jesucristo, las divisiones, los cismas y las herejías han sido siempre el doloroso fruto del pecado humano. Por lo tanto, nuestro deber sagrado es velar, con temor y temblor, por la unidad y la pureza del cuerpo de Cristo. No anhelamos una unidad que sea una mera formalidad institucional vacía de verdadera comunión, ni mucho menos una falsa paz que tolere el error o abrace la heterodoxia. Más bien, rogamos por una unidad forjada en la comunión íntima con Cristo y en la inquebrantable verdad de Su Santísima Palabra.
Nuestra obligación, entonces, es clamar de rodillas por nuestros presbíteros. Oremos para que un profundo y reverente temor a Dios guarde sus corazones de las malas decisiones y los pensamientos descarriados. Supliquemos que la gloria del Señor sea el único y supremo objetivo de cada paso que demos como congregación. Asimismo, debemos interceder con fervor para que nuestra iglesia recupere su andar firme en las Escrituras y abrace, sin reservas, nuestra identidad histórica presbiteriana.
Vivimos tiempos de tribulación, en los que la duda asedia lo que Dios ya ha establecido con absoluta claridad. Días en los que pareciera que la insensatez del mundo intenta echar raíces dentro de la misma Iglesia. Hoy, más que nunca, es vital aferrarnos a los medios de gracia para repeler las artimañas del enemigo. Levantemos nuestra voz e intercedamos ante nuestro Dios con fe sincera y reverencia profunda.
Oremos, hermanos, para que Su santo nombre sea glorificado. Clamemos para que los mandamientos divinos vuelvan a ser la brújula de nuestra nación y para que nuestra Iglesia Nacional Presbiteriana de México camine con paso firme en la voluntad perfecta de Dios. Oremos para que nos afirmemos nuevamente en nuestros estándares confesionales, recordando que, en tiempos pasados, estos fueron la prueba innegable de que, cuando una iglesia y sus ministros caminan en piedad absoluta, las naciones enteras no dudan en seguir a Cristo.