08/04/2026
No puede triste un corazón que tiene a Cristo
Cuando el himnario aún latía en nuestras manos
Hubo un tiempo, no tan lejano como quisiéramos pensar, en que la fe tenía peso en las manos.
Nuestros abuelos llegaban al templo con paso sereno, llevando bajo el brazo un libro que no solo contenía páginas, sino generaciones. El himnario. Sus cubiertas gastadas hablaban de años de uso fiel; sus hojas, ligeramente amarillentas, guardaban más que tinta: atesoraban lágrimas, gratitud, súplicas y esperanza.
Nosotros los mirábamos.
Mirábamos cómo lo abrían con reverencia.
Algunos lo sostenían con firmeza; otros, con manos ya marcadas por el tiempo, lo acercaban con cuidado a sus ojos. Y entonces cantaban.
No era un canto cualquiera. No era entretenimiento ni costumbre vacía. Era convicción. Era fe hecha melodía. Era doctrina que se elevaba en forma de alabanza.
Quizá en aquel entonces no lo comprendíamos del todo. Éramos testigos, sí, pero aún no herederos conscientes. Sin embargo, algo de ese momento se quedaba en nosotros: el sonido de muchas voces unidas, la solemnidad del instante, la certeza aunque apenas perceptible de que ahí estaba ocurriendo algo eterno.
Cada himno que entonaban no había nacido en la comodidad, sino en la profundidad. En esas páginas vivían historias que cruzaban siglos: creyentes que cantaron en medio del dolor, otros en la abundancia del gozo; algunos desde cárceles, otros desde púlpitos, muchos desde la intimidad de su encuentro con Dios.
Y sin saberlo, mientras los escuchábamos, también nosotros éramos introducidos a esa gran comunión.
El himnario no era simplemente un libro más en la banca del templo. Era un puente. Un lazo invisible que unía generaciones. Una herencia que no se explicaba, sino que se transmitía en cada estrofa cantada.
Hoy, cuando el tiempo ha avanzado y muchas cosas han cambiado, parece que esa imagen se va desvaneciendo, seguramente queda un remanente que aún conserva el himnario de sus abuelos o padres y al abrirlo el corazón se ensancha de emoción para cantar al Dios vivo. Aun queda un abuelo afinando su voz, una madre siguiendo la melodía con devoción, una congregación entera levantando su canto con sencillez y verdad.
Es entonces cuando comprendemos que aquellos cantos no se quedaron en el pasado.
Siguen aquí.
Esperando ser redescubiertos no como reliquias, sino como vida. No como ecos lejanos, sino como voces que aún llaman. Porque en cada himno habita una fe que no envejece, una verdad que no se agota, un Dios que permanece.
Este libro nace de ese recuerdo… y de esa convicción.
— E. P