12/12/2024
Rumbo a los 500 años de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.
Martes 12 de diciembre de 1531 dia de la cuarta y quinta aparicion de Nuestra Señora de Guadalupe a Juan Diego y a su tio Juan Bernardino.
Y el martes, cuando todavía estaba muy oscuro, de allá vino a salir, de
su casa, Juan Diego, a llamar al sacerdote a Tlatelolco, y cuando se
acercó al lado del cerrito, al pie del Tepeyac, terminación de la sierra,
donde sale el camino, hacia donde se pone el sol, en donde antes él
había salido dio: Si sigo derecho el camino, no vaya a ser que me vea esta
Noble Señora y seguro, como antes, me detendrá para que le lleve la señal
al sacerdote que gobierna, como me lo mandó. Que primero nos deje
nuestra aflicción; que antes yo llame de prisa al sacerdote religioso al que
pobre de mi tío no hace más que aguardarlo. En seguida rodeó al cerro,
subió por en medio y de allí, atravesando, vino a pasar hacia donde sale el
sol; para rápido ir a llegar a México, para que no lo detuviera la Reina del
Cielo. Piensa que por donde dio la vuelta no lo podrá ver la que
perfectamente a todas partes está mirando.
La vio cómo vino a bajar Ella de la cumbre del cerrito, desde allí lo había
estado mirando, de donde antes lo vio. Le vino a salir al encuentro, a un
lado del cerro, le vino a atajar los pasos; le dijo: Hijo mío el más
pequeño ¿qué pasa?, ¿a dónde vas, a dónde te diriges? Y él, ¿tal vez un
poco se apenó, o quizá se avergonzó?, ¿o tal vez de ello se asustó, se
espantó? Ante Ella se postró, la saludó, le dijo: Mi jovencita, Hija mía la
más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta; ¿cómo amaneciste?
¿acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía?
Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón; te hago saber, Muchachita mía,
que está muy grave un servidor tuyo, tío mío. Una gran enfermedad se le
ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella. Y ahora, iré de prisa a tu
venerable casa de México, a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, a uno de nuestros sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a
dejarlo preparado, porque en realidad para eso nacimos, los que vinimos a
esperar el trabajo de nuestra muerte.
Más, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu
venerable aliento, tu venerable palabra, Señora, Muchachita mía.
Perdóname todavía tenme un poco de paciencia, porque con ello no te
engaño, Hija mía la más pequeña, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda
prisa.
En cuanto oyó la palabra de Juan Diego, le respondió la Compasiva, la
Perfecta Virgen: Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no
es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu
corazón; no temas ésta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa
punzante y aflictiva.
¿Acaso, no estoy yo aquí, que tengo el honor y la dicha de ser tu madre?
¿Acaso, no estás bajo mi protección y resguardo?
¿Acaso, no soy yo la fuente de tu alegría?
¿Acaso, no estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?
¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?
Que ninguna otra cosa te aflija, que no te inquiete; que no te angustie la
enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora, ten por cierto que
ya sanó.
Y luego en aquel mismo momento sanó su tío, como después se supo.
Y Juan Diego, cuando escuchó el venerable aliento, la venerable palabra,
de la Reina del Cielo, muchísimo con ello se tranquilizó, bien con ello se
apaciguó su corazón, y le suplicó inmediatamente que lo enviara como
mensajero a ver al gobernante obispo, a llevarle su señal, de
comprobación, para que él le creyera.
La Reina Celestial luego le mandó que subiera a la cumbre del cerrito,
en donde él la había visto antes. Le dijo: Sube, tú el más pequeño de mis
hijos, a la cumbre del cerrito y allí donde tú me viste y donde te di mi
mandato; allí verás extendidas flores variadas; córtalas, reúnelas, ponlas
todas juntas; luego baja en seguida; tráelas aquí, a mi presencia. Y luego
Juan Diego subió al cerrito, y cuando llegó a la cumbre, mucho se
maravilló de cuantas flores allí se extendían, tenían abiertas sus corolas,
flores las más variadas, bellas y hermosas, como las de Castilla, no
siendo aún su tiempo de darse, porque era cuando arreciaba el hielo.
Las flores estaban difundiendo un olor suavísimo, eran como perlas
preciosas, como llenas de rocío de la noche.
En seguida comenzó a cortarlas, todas las juntó, las puso en el hueco de
su tilma. Por cierto que en la cumbre del cerrito no se daban ningunas
flores, porque es pedregoso, hay abrojos, plantas con espinas,
nopaleras, abundancia de mezquites. Y si acaso algunas hierbas
pequeñas se solían dar, entonces era el mes de diciembre, todo lo
devora lo echa a perder el hielo.
Y en seguida vino a abajar, vino a traerle a la Niña Celestial las
diferentes flores que había ido a cortar, y cuando las vio, con sus
venerables manos las tomó, luego las puso de nuevo en el hueco de la
tilma de Juan Diego, y le dijo: Hijo mío, el más pequeño, estas diversas
flores son la prueba, la señal que llevarás al obispo; de mi parte le dirás que
vea en ellas mi deseo y que por ello realice mi querer, mi voluntad; y tú, tú que eres mi mensajero, en ti absolutamente se deposita la confianza. Y
mucho te ordeno con rigor que únicamente a solas, en presencia del obispo,
extiendas tu tilma y le muestres lo que llevas; y le contarás todo
puntualmente, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a
cortar las flores, y cada cosa que viste y admiraste; así tú convencerás en su
corazón al que es gobernante sacerdote, así él dispondrá que se haga, se
levente, mi casa sagrada que le he pedido.
Y en cuanto le dio su mandato la Celestial Reina, vino a tomar la
calzada, viene derecho a México, ya viene contento, ya está calmado su
corazón, porque va a salir bien, bien llevará las flores. Mucho viene
cuidando lo que está en el hueco de su tilma, no vaya a ser que algo se
le caiga. Viene disfrutando del aroma de las diversas flores preciosas.
Cuando llegó al palacio del obispo, lo fueron a encontrar el portero y los
demás servidores del sacerdote gobernante. Él les suplicó que le dijeran
que deseaba verlo, pero ninguno de ellos quiso; no querían escucharlo,
o tal vez porque aún estaba muy oscuro. O tal vez porque ya lo
conocían, que nomás los molestaba, los importunaba. Y ya les habían
contado sus compañeros, los que lo fueron a perder de vista cuando lo
habían ido a seguir. Durante muchísimo rato estuvo esperando la razón.
Y cuando vieron que por muchísimo rato estuvo allí, de pie, cabizbajo,
sin hacer nada, por si era llamado. Y como que venía trayendo algo que
estaba en el hueco de su tilma; luego pues, se le acercaron para ver qué
es lo que traía y satisfacer su corazón.
Y cuando vio Juan Diego que de ningún modo podía ocultarles lo que
llevaba y que por eso lo molestarían, lo empujarían o tal vez lo
golpearían, un poquito les mostró que eran flores. Y cuando vieron que
todas eran finas, variadas flores como las de Castilla, y como no era
tiempo entonces de que se dieran, mucho se admiraron, de que estaban muy frescas, con sus corolas abiertas, lo bien que olían, preciosas. Y
quisieron coger y sacar unas cuantas. Y tres veces sucedió que se
atrevieron a tomarlas, pero de ningún modo pudieron hacerlo, porque
cuando hacían el intento ya no veían las flores, sino como una pintura o
un bordado, o cosidas en la tilma las veían.
Inmediatamente fueron a decirles al gobernante obispo lo que habían
visto, y cómo deseaba verlo el indito que otras veces había venido, y
que ya hacia muchísimo rato que estaba allí aguardando el permiso,
porque quería verlo. Y el gobernante obispo, en cuanto lo escuchó, tuvo
ya en su corazón de que aquello era la señal para ser convencido, para
que él llevara a cabo la obra que solicitaba el hombrecito. Enseguida
ordenó que pasara a verlo.
Y habiendo entrado, en su presencia se postró, como ya antes lo había
hecho. Y de nuevo le contó todo lo que había visto, lo que había
admirado y su mensaje.
Le dijo: Señor mío, gobernante, en verdad ya hice, ya cumplí según me
ordenaste; así fui a decirle a la Señora, mi Ama, la Niña Celestial, Santa
María, la Amada Madre de Dios, que tú pedías una señal para poder
creerme, para que le hicieras su casita sagrada, allá donde Ella te pedía
que la construyeras; y también le dije que yo te había dado mi palabra de
venir a traerte alguna señal, alguna prueba de su venerable voluntad, como
me lo encargaste. Y Ella escucho bien tu venerable aliento, tu venerable
palabra, y recibió con alegría tu petición de la señal, de la prueba, para que
se haga, se cumpla su amable voluntad. Y ahora, cuando era todavía de
noche, me mando para que otra vez viniera a verte; y yo le pedí su señal para
ser creído, como me dijo que me la daría, e inmediatamente lo cumplió. Y me
mandó a la cumbre del cerrito en donde antes yo la había visto, para que allí
cortara diversas flores como las de Castilla. Y yo las fui a cortar, se las fui a llevar allá abajo, y con sus venerables manos las tomó. Luego, de nuevo,
las puso en el hueco de mi tilma, para que te las viniera a traer, para que a ti
personalmente te las entregara. Aunque bien yo sabía que no es el lugar
donde se de flores la cumbre del cerrito, porque sólo es pedregoso, hay
abrojos, plantas espinosas, nopales silvestres, mezquites, no por ello dudé,
no por ello titubeé. Fui a acercarme a la cumbre del cerrito, miré que ya era
la tierra florida. Allí habían brotado variadas flores, como las rosas de
Castilla, de lo más fino que hay, llenas de rocío, esplendorosas; así luego
las fui a cortar. Y Ella me dijo que de su parte te las diera, y que así yo
probaría; para que tú vieras la señal que le pedías para realizar su venerable
voluntad, y para que aparezca que es verdad mi palabra, mi mensaje.
Aquí las tienes; hazme favor de recibirlas.
Y luego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco estaban las flores. Y al
caer al suelo todas las variadas flores como las de Castilla, luego allí en
su tilma se convirtió en señal, se apareció de repente la Amada Imagen
de la Perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, en la forma y figura
en la que ahora está, en donde ahora es conservada en su amada
casita, en su sagrada casita en el Tepeyac, que se llama Guadalupe.
Y en cuanto la contempló el obispo gobernante y también todos los que
allí estaban, se arrodillarlo, mucho la admiraron, se pusieron de pie para
verla, se conmovieron, se afligió su corazón, como que se elevó su
corazón, su pensamiento. Y el obispo gobernante con lágrimas, con
tristeza, le suplicó, le pidió perdón por no haber realizado su venerable
voluntad, su venerable aliento, su venerable palabra.
Y el obispo se levantó, desató del cuello de donde estaba atada, la
vestidura, la tilma de Juan Diego, en la que se apareció, en donde se
convirtió en venerable señal la Reina Celestial. Y luego la llevó allá, la
fue a colocar en su oratorio. Y todavía allí pasó un día entero Juan Diego
en la casa del obispo, quien hizo que se quedara allí. Y al día siguiente,
le dijo: Anda, vamos a que muestres dónde es la venerable voluntad de la
Reina del Cielo que le levante su templo. De inmediato se dio orden de
hacerlo, levantarlo.
Y Juan Diego, en cuanto mostró en dónde había mandado la Señora del
Cielo que se le levantara su casita sagrada, luego pidió permiso que
quería ir a su casa para ir a ver a su tío Juan Bernardino, que estaba
muy grave cuando lo dejó, y había ido a llamar uno de los sacerdotes a
Tlatelolco para que lo confesara y lo dispusiera, de quien la Reina del
Cielo le había dicho que ya estaba sanado. Pero no lo dejaron ir solo,
sino que lo acompañaron a su casa. Y cuando llegaron vieron a su
venerable tío que estaba sano, absolutamente nada le dolía. Y él, por su
parte, mucho se admiró de la forma en que su sobrino era acompañado
y muy honrado; le preguntó a su sobrino por qué así sucedía, el que
mucho le honraran; y él le dijo que cuando lo dejó para ir a llamarle un
sacerdote para que lo confesara, lo dispusiera, allá en el Tepeyac se le
apareció la Señora del Cielo. Y lo envió a México a ver al gobernante
obispo, para que allí le edificaran su casa en el Tepeyac.
Y que Ella le dijo que no se afligiera, porque ya su tío estaba curado, y
con esto mucho se tranquilizó su corazón. Su tío le dijo que era verdad,
que en aquel preciso momento Ella lo sanó, y que la contempló
exactamente en la misma forma como se le había aparecido a su
sobrino. Y le dijo cómo a él también lo había enviado a México para que
viera al obispo; y que también, cuando fuera a verlo, todo
absolutamente se lo manifestara, le dijera lo que había contemplado y la
manera maravillosa en que lo había sanado, y que bien así se le
llamara, bien así se le nombrara: La Perfecta Virgen Santa María de
Guadalupe, su Amada Imagen.
Y enseguida llevaron a Juan Bernardino a la presencia del gobernador
obispo, para que viniera a hablarle, delante de él diera testimonio. Y
junto con su sobrino Juan Diego, el obispo los hospedó en su casa unos
cuantos días, mientras que se levantó la casita sagrada de la Niña Reina
allá en el Tepeyac, donde se le mostró a Juan Diego. Y después de que
el señor obispo la tuvo algún tiempo, trasladó a la Iglesia Mayor la
preciosa reverenciada Imagen de la Amada Niña Celestial. La vino a
sacar de su palacio, de su oratorio en donde estaba, para que todos la
vieran, se admiraran de su preciosa imagen. Y absolutamente todos,
toda la ciudad, sin faltar nadie, se estremecieron cuando fueron a
contemplar, a admirar su preciosa imagen. Venían a conocerla como
algo divino. Venían a presentarle sus plegarias. Mucho se admiraban en
qué milagrosa manera se había aparecido puesto que absolutamente
ningún hombre de la tierra pintó su Amada Imagen.
Es en éste momento que comienza la verdadera forja de la Nación Mexicana, en ése momento florece una de las más hermosas historias de amor entre Dios y los hombres, nuevamente Jesús nos entrega Su posecion mas preciada...Su Madre, Santa María de Guadalupe quien, desde ese momento, nos acompaña por siempre.