Estrella de Evangelización

Estrella de Evangelización Acontecimiento Guadalupano, Mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe a las familias.

El Apostolado Estrella de Evangelización tiene por objeto acercar a las familias y comunidades el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, por medio de la veneración de su portentosa imagen plasmada en la tÍlma de un laico indígena, hacer conciencia de la importancia del Santo Rosario, del grandioso regalo que nuestro pueblo recibió cuando su imagen se plasmó en la tílma de ayate, pero sobre todo,

tener pleno conocimiento de la gran responsabilidad que tenemos de difundir su mensaje y formar la nueva civilización del amor, amor en Cristo.

Conocer la Verdad de la Virgen de Guadalupe nos hace enamorarnos más de Ella que es el camino más hermoso para llegar a ...
12/12/2025

Conocer la Verdad de la Virgen de Guadalupe nos hace enamorarnos más de Ella que es el camino más hermoso para llegar a su hijo Jesucristo.

Comparte como una ofrenda para Ella

Las APARICIONES de la VIRGEN en México en 1531 explicadas por el M. I. Cango. Dr. Eduardo ChávezFuente: El P. Eduardo Chávez nos cuenta l...

Oración a Nuestra Señora San Luis María Grignion de Montfort ¡Salve, María, amadísima Hija del Eterno Padre; salve María...
30/11/2025

Oración a Nuestra Señora

San Luis María Grignion de Montfort

¡Salve, María, amadísima Hija del Eterno Padre; salve María, Madre admirable del Hijo; salve, María, fidelísima Esposa del Espíritu Santo; salve, Maria, mi amada Madre, mi amable Maestra, mi poderosa Soberana; salve, gozo mío, gloria mía, mi corazón y mi alma! Sois toda mía por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia, pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Ti todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada, ni para mí, ni para otros.

Si algo ves en mí que todavía no sea tuyo, tómalo enseguida, te lo suplico, y hazte dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrada a Dios y plantar y levantar y producir todo lo que os guste.

La luz de tu fe disipe las tinieblas de mi espíritu; tu humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; tu contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; tu continua vista de Dios llene de su presencia mi memoria, el incendio de caridad de tu corazón abrace la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a tus virtudes mis pecados; tus méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento.

En fin, queridísima y amadísima Madre, haz, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el tuyo para conocer a Jesucristo y entender sus divinas voluntades; que no tenga más alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el tuyo para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Tú.

No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Ti el ver claro, sin tinieblas; para Ti el gustar por entero sin amargura; para Ti el triunfar gloriosa a la diestra de tu Hijo, sin humillación; para Ti el mandar a los ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios. Ésta es, divina María, la mejor parte que se te ha concedido, y que jamás se te quitará, que es para mi, grandísimo gozo.

Para mí y mientras viva no quiero otro sino el experimentar el que Tú tuviste:

creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho has ta la muerte por Ti, sin interés, como el más vil de los esclavos. La sola gracia, que por pura misericordia te pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amén:

Amén (así sea) a todo lo que hiciste en la tierra cuando vivías; amén a todo lo que haces al presente en el cielo; amén a todo lo que obras en mi alma, para que en ella no haya nada más que Tú, para glorificar plenamente a Jesús en mí, ahora y en la eternidad. Amén.

Santa María de Guadalupe vino a entregarnos a Su Hijo Jesucristo, a ponerlo dentro de nuestro corazón,  Ella lo trajo al...
27/01/2025

Santa María de Guadalupe vino a entregarnos a Su Hijo Jesucristo, a ponerlo dentro de nuestro corazón, Ella lo trajo al mundo por primera vez y lo hará triunfar la segunda, cuando Su Inmaculado Corazón reine entre nosotros.

Recibela en tu corazón y compártela.

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS. "He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”Es desde ese fiat,...
01/01/2025

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS.

"He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”

Es desde ese fiat, hágase que Santa María respondió firme y amorosamente al Plan de Dios; gracias a su entrega generosa Dios mismo se pudo encarnar para traernos la Reconciliación, que nos libra de las heridas del pecado.

La doncella de Nazareth, la llena de gracia, al asumir en su vientre al Niño Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, se convierte en la Madre de Dios, dando todo de sí para su Hijo; vemos pues que todo en ella apunta a su Hijo Jesús.

Es por ello, que María es modelo para todo cristiano que busca día a día alcanzar su santificación. En nuestra Madre Santa María encontramos la guía segura que nos introduce en la vida del Señor Jesús, ayudándonos a conformarnos con Él y poder decir como el Apóstol “vivo yo, más no yo, es Cristo quien vive en mí”.

Madre, que sabes lo que significa estrechar
entre tus brazos el cuerpo mu**to del Hijo,
de Aquel a quien has dado la vida,
ahorra a todas las madres de esta tierra
la muerte de sus hijos,
los tormentos, la esclavitud,
la destrucción de la guerra,
las persecuciones,
los campos de concentración, las cárceles.

Mantén en ellas el gozo del nacimiento,
del sustento, del desarrollo del hombre y de su vida.

En nombre de esta vida,
en nombre del nacimiento del Señor,
implora con nosotros la paz y la justicia en el mundo.

Madre de la Paz,
en toda la belleza y majestad de tu Maternidad
que la Iglesia exalta y el mundo admira,
te pedimos:

Permanece con nosotros en todo momento.
Haz que este nuevo año sea año de paz
en virtud del nacimiento y la muerte de tu Hijo.

Amén.

Juan Pablo II

24/12/2024
María Madre de todas las graciasJesús nos entregó a María como Madre, María es el camino más seguro a Dios, es un gran l...
12/12/2024

María Madre de todas las gracias

Jesús nos entregó a María como Madre, María es el camino más seguro a Dios, es un gran legado que nos ha dado Jesús, la palabra Madre renueva cada esfuerzo venido a menos, es una palabra de seguridad, Ella es la Madre más digna de amor. Pensemos ahora en el cariño que demostró en su relación con Dios y con todos los hombres, también era amable y digna de amor en sus tareas diarias, siempre amable; la amabilidad es una virtud que manifiesta el amor al prójimo de la forma más bella, por ello, también fue la más humilde servidora de Dios.
Amemos y practiquemos la humildad, cuanto más humilde es el hombre ante Dios, más puede Dios hacer por él, Dios colocó sus gracias en sus cariñosas manos maternales, María Madre de todas las gracias. Que pensamiento más cariñoso y consolador, todas las gracias que se nos dieron tras la muerte de Cristo para la salvación, pasaron por las manos de María, sus manos gentiles y cariñosas acariciaron todas las gracias que alguna vez recibieron los hombres.
Con qué reverencia debemos manejar y permanecer fieles a éstas gracias, María es la mediadora de todas las gracias, que tristeza nos daría si alguna gracia que nos vino de sus manos no fuera recibida por nosotros y debiera volver a las manos de María. Con frecuencia, esto es lo que ocurre hoy en día; con especial respeto debemos pensar en cada una de las gracias para la santidad que nos fueron dadas en el santo bautismo y también en todas las demás gracias de ésta nueva vida sobrenatural que nos llegaron por medio de María.
Así se convirtió María en nuestra verdadera Madre, nos engendró de Dios como hijos de Dios, que es lo que somos, desde ésta posición tan convincente María merece, después de Dios, nuestro mayor honor, nuestro amor más profundo y nuestra mayor confianza, Ella es para nosotros el poder de la oración que siempre nos escucha y que nunca rechaza a nadie.

Rumbo a los 500 años de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.Martes 12 de diciembre de 1531 dia de la cuarta y...
12/12/2024

Rumbo a los 500 años de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.

Martes 12 de diciembre de 1531 dia de la cuarta y quinta aparicion de Nuestra Señora de Guadalupe a Juan Diego y a su tio Juan Bernardino.

Y el martes, cuando todavía estaba muy oscuro, de allá vino a salir, de
su casa, Juan Diego, a llamar al sacerdote a Tlatelolco, y cuando se
acercó al lado del cerrito, al pie del Tepeyac, terminación de la sierra,
donde sale el camino, hacia donde se pone el sol, en donde antes él
había salido dio: Si sigo derecho el camino, no vaya a ser que me vea esta
Noble Señora y seguro, como antes, me detendrá para que le lleve la señal
al sacerdote que gobierna, como me lo mandó. Que primero nos deje
nuestra aflicción; que antes yo llame de prisa al sacerdote religioso al que
pobre de mi tío no hace más que aguardarlo. En seguida rodeó al cerro,
subió por en medio y de allí, atravesando, vino a pasar hacia donde sale el
sol; para rápido ir a llegar a México, para que no lo detuviera la Reina del
Cielo. Piensa que por donde dio la vuelta no lo podrá ver la que
perfectamente a todas partes está mirando.
La vio cómo vino a bajar Ella de la cumbre del cerrito, desde allí lo había
estado mirando, de donde antes lo vio. Le vino a salir al encuentro, a un
lado del cerro, le vino a atajar los pasos; le dijo: Hijo mío el más
pequeño ¿qué pasa?, ¿a dónde vas, a dónde te diriges? Y él, ¿tal vez un
poco se apenó, o quizá se avergonzó?, ¿o tal vez de ello se asustó, se
espantó? Ante Ella se postró, la saludó, le dijo: Mi jovencita, Hija mía la
más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta; ¿cómo amaneciste?
¿acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía?
Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón; te hago saber, Muchachita mía,
que está muy grave un servidor tuyo, tío mío. Una gran enfermedad se le
ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella. Y ahora, iré de prisa a tu
venerable casa de México, a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, a uno de nuestros sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a
dejarlo preparado, porque en realidad para eso nacimos, los que vinimos a
esperar el trabajo de nuestra muerte.
Más, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu
venerable aliento, tu venerable palabra, Señora, Muchachita mía.
Perdóname todavía tenme un poco de paciencia, porque con ello no te
engaño, Hija mía la más pequeña, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda
prisa.
En cuanto oyó la palabra de Juan Diego, le respondió la Compasiva, la
Perfecta Virgen: Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no
es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu
corazón; no temas ésta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa
punzante y aflictiva.
¿Acaso, no estoy yo aquí, que tengo el honor y la dicha de ser tu madre?
¿Acaso, no estás bajo mi protección y resguardo?
¿Acaso, no soy yo la fuente de tu alegría?
¿Acaso, no estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?
¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?
Que ninguna otra cosa te aflija, que no te inquiete; que no te angustie la
enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora, ten por cierto que
ya sanó.
Y luego en aquel mismo momento sanó su tío, como después se supo.
Y Juan Diego, cuando escuchó el venerable aliento, la venerable palabra,
de la Reina del Cielo, muchísimo con ello se tranquilizó, bien con ello se
apaciguó su corazón, y le suplicó inmediatamente que lo enviara como
mensajero a ver al gobernante obispo, a llevarle su señal, de
comprobación, para que él le creyera.
La Reina Celestial luego le mandó que subiera a la cumbre del cerrito,
en donde él la había visto antes. Le dijo: Sube, tú el más pequeño de mis
hijos, a la cumbre del cerrito y allí donde tú me viste y donde te di mi
mandato; allí verás extendidas flores variadas; córtalas, reúnelas, ponlas
todas juntas; luego baja en seguida; tráelas aquí, a mi presencia. Y luego
Juan Diego subió al cerrito, y cuando llegó a la cumbre, mucho se
maravilló de cuantas flores allí se extendían, tenían abiertas sus corolas,
flores las más variadas, bellas y hermosas, como las de Castilla, no
siendo aún su tiempo de darse, porque era cuando arreciaba el hielo.
Las flores estaban difundiendo un olor suavísimo, eran como perlas
preciosas, como llenas de rocío de la noche.
En seguida comenzó a cortarlas, todas las juntó, las puso en el hueco de
su tilma. Por cierto que en la cumbre del cerrito no se daban ningunas
flores, porque es pedregoso, hay abrojos, plantas con espinas,
nopaleras, abundancia de mezquites. Y si acaso algunas hierbas
pequeñas se solían dar, entonces era el mes de diciembre, todo lo
devora lo echa a perder el hielo.
Y en seguida vino a abajar, vino a traerle a la Niña Celestial las
diferentes flores que había ido a cortar, y cuando las vio, con sus
venerables manos las tomó, luego las puso de nuevo en el hueco de la
tilma de Juan Diego, y le dijo: Hijo mío, el más pequeño, estas diversas
flores son la prueba, la señal que llevarás al obispo; de mi parte le dirás que
vea en ellas mi deseo y que por ello realice mi querer, mi voluntad; y tú, tú que eres mi mensajero, en ti absolutamente se deposita la confianza. Y
mucho te ordeno con rigor que únicamente a solas, en presencia del obispo,
extiendas tu tilma y le muestres lo que llevas; y le contarás todo
puntualmente, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a
cortar las flores, y cada cosa que viste y admiraste; así tú convencerás en su
corazón al que es gobernante sacerdote, así él dispondrá que se haga, se
levente, mi casa sagrada que le he pedido.
Y en cuanto le dio su mandato la Celestial Reina, vino a tomar la
calzada, viene derecho a México, ya viene contento, ya está calmado su
corazón, porque va a salir bien, bien llevará las flores. Mucho viene
cuidando lo que está en el hueco de su tilma, no vaya a ser que algo se
le caiga. Viene disfrutando del aroma de las diversas flores preciosas.
Cuando llegó al palacio del obispo, lo fueron a encontrar el portero y los
demás servidores del sacerdote gobernante. Él les suplicó que le dijeran
que deseaba verlo, pero ninguno de ellos quiso; no querían escucharlo,
o tal vez porque aún estaba muy oscuro. O tal vez porque ya lo
conocían, que nomás los molestaba, los importunaba. Y ya les habían
contado sus compañeros, los que lo fueron a perder de vista cuando lo
habían ido a seguir. Durante muchísimo rato estuvo esperando la razón.
Y cuando vieron que por muchísimo rato estuvo allí, de pie, cabizbajo,
sin hacer nada, por si era llamado. Y como que venía trayendo algo que
estaba en el hueco de su tilma; luego pues, se le acercaron para ver qué
es lo que traía y satisfacer su corazón.
Y cuando vio Juan Diego que de ningún modo podía ocultarles lo que
llevaba y que por eso lo molestarían, lo empujarían o tal vez lo
golpearían, un poquito les mostró que eran flores. Y cuando vieron que
todas eran finas, variadas flores como las de Castilla, y como no era
tiempo entonces de que se dieran, mucho se admiraron, de que estaban muy frescas, con sus corolas abiertas, lo bien que olían, preciosas. Y
quisieron coger y sacar unas cuantas. Y tres veces sucedió que se
atrevieron a tomarlas, pero de ningún modo pudieron hacerlo, porque
cuando hacían el intento ya no veían las flores, sino como una pintura o
un bordado, o cosidas en la tilma las veían.
Inmediatamente fueron a decirles al gobernante obispo lo que habían
visto, y cómo deseaba verlo el indito que otras veces había venido, y
que ya hacia muchísimo rato que estaba allí aguardando el permiso,
porque quería verlo. Y el gobernante obispo, en cuanto lo escuchó, tuvo
ya en su corazón de que aquello era la señal para ser convencido, para
que él llevara a cabo la obra que solicitaba el hombrecito. Enseguida
ordenó que pasara a verlo.
Y habiendo entrado, en su presencia se postró, como ya antes lo había
hecho. Y de nuevo le contó todo lo que había visto, lo que había
admirado y su mensaje.
Le dijo: Señor mío, gobernante, en verdad ya hice, ya cumplí según me
ordenaste; así fui a decirle a la Señora, mi Ama, la Niña Celestial, Santa
María, la Amada Madre de Dios, que tú pedías una señal para poder
creerme, para que le hicieras su casita sagrada, allá donde Ella te pedía
que la construyeras; y también le dije que yo te había dado mi palabra de
venir a traerte alguna señal, alguna prueba de su venerable voluntad, como
me lo encargaste. Y Ella escucho bien tu venerable aliento, tu venerable
palabra, y recibió con alegría tu petición de la señal, de la prueba, para que
se haga, se cumpla su amable voluntad. Y ahora, cuando era todavía de
noche, me mando para que otra vez viniera a verte; y yo le pedí su señal para
ser creído, como me dijo que me la daría, e inmediatamente lo cumplió. Y me
mandó a la cumbre del cerrito en donde antes yo la había visto, para que allí
cortara diversas flores como las de Castilla. Y yo las fui a cortar, se las fui a llevar allá abajo, y con sus venerables manos las tomó. Luego, de nuevo,
las puso en el hueco de mi tilma, para que te las viniera a traer, para que a ti
personalmente te las entregara. Aunque bien yo sabía que no es el lugar
donde se de flores la cumbre del cerrito, porque sólo es pedregoso, hay
abrojos, plantas espinosas, nopales silvestres, mezquites, no por ello dudé,
no por ello titubeé. Fui a acercarme a la cumbre del cerrito, miré que ya era
la tierra florida. Allí habían brotado variadas flores, como las rosas de
Castilla, de lo más fino que hay, llenas de rocío, esplendorosas; así luego
las fui a cortar. Y Ella me dijo que de su parte te las diera, y que así yo
probaría; para que tú vieras la señal que le pedías para realizar su venerable
voluntad, y para que aparezca que es verdad mi palabra, mi mensaje.
Aquí las tienes; hazme favor de recibirlas.
Y luego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco estaban las flores. Y al
caer al suelo todas las variadas flores como las de Castilla, luego allí en
su tilma se convirtió en señal, se apareció de repente la Amada Imagen
de la Perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, en la forma y figura
en la que ahora está, en donde ahora es conservada en su amada
casita, en su sagrada casita en el Tepeyac, que se llama Guadalupe.
Y en cuanto la contempló el obispo gobernante y también todos los que
allí estaban, se arrodillarlo, mucho la admiraron, se pusieron de pie para
verla, se conmovieron, se afligió su corazón, como que se elevó su
corazón, su pensamiento. Y el obispo gobernante con lágrimas, con
tristeza, le suplicó, le pidió perdón por no haber realizado su venerable
voluntad, su venerable aliento, su venerable palabra.
Y el obispo se levantó, desató del cuello de donde estaba atada, la
vestidura, la tilma de Juan Diego, en la que se apareció, en donde se
convirtió en venerable señal la Reina Celestial. Y luego la llevó allá, la
fue a colocar en su oratorio. Y todavía allí pasó un día entero Juan Diego
en la casa del obispo, quien hizo que se quedara allí. Y al día siguiente,
le dijo: Anda, vamos a que muestres dónde es la venerable voluntad de la
Reina del Cielo que le levante su templo. De inmediato se dio orden de
hacerlo, levantarlo.
Y Juan Diego, en cuanto mostró en dónde había mandado la Señora del
Cielo que se le levantara su casita sagrada, luego pidió permiso que
quería ir a su casa para ir a ver a su tío Juan Bernardino, que estaba
muy grave cuando lo dejó, y había ido a llamar uno de los sacerdotes a
Tlatelolco para que lo confesara y lo dispusiera, de quien la Reina del
Cielo le había dicho que ya estaba sanado. Pero no lo dejaron ir solo,
sino que lo acompañaron a su casa. Y cuando llegaron vieron a su
venerable tío que estaba sano, absolutamente nada le dolía. Y él, por su
parte, mucho se admiró de la forma en que su sobrino era acompañado
y muy honrado; le preguntó a su sobrino por qué así sucedía, el que
mucho le honraran; y él le dijo que cuando lo dejó para ir a llamarle un
sacerdote para que lo confesara, lo dispusiera, allá en el Tepeyac se le
apareció la Señora del Cielo. Y lo envió a México a ver al gobernante
obispo, para que allí le edificaran su casa en el Tepeyac.
Y que Ella le dijo que no se afligiera, porque ya su tío estaba curado, y
con esto mucho se tranquilizó su corazón. Su tío le dijo que era verdad,
que en aquel preciso momento Ella lo sanó, y que la contempló
exactamente en la misma forma como se le había aparecido a su
sobrino. Y le dijo cómo a él también lo había enviado a México para que
viera al obispo; y que también, cuando fuera a verlo, todo
absolutamente se lo manifestara, le dijera lo que había contemplado y la
manera maravillosa en que lo había sanado, y que bien así se le
llamara, bien así se le nombrara: La Perfecta Virgen Santa María de
Guadalupe, su Amada Imagen.
Y enseguida llevaron a Juan Bernardino a la presencia del gobernador
obispo, para que viniera a hablarle, delante de él diera testimonio. Y
junto con su sobrino Juan Diego, el obispo los hospedó en su casa unos
cuantos días, mientras que se levantó la casita sagrada de la Niña Reina
allá en el Tepeyac, donde se le mostró a Juan Diego. Y después de que
el señor obispo la tuvo algún tiempo, trasladó a la Iglesia Mayor la
preciosa reverenciada Imagen de la Amada Niña Celestial. La vino a
sacar de su palacio, de su oratorio en donde estaba, para que todos la
vieran, se admiraran de su preciosa imagen. Y absolutamente todos,
toda la ciudad, sin faltar nadie, se estremecieron cuando fueron a
contemplar, a admirar su preciosa imagen. Venían a conocerla como
algo divino. Venían a presentarle sus plegarias. Mucho se admiraban en
qué milagrosa manera se había aparecido puesto que absolutamente
ningún hombre de la tierra pintó su Amada Imagen.

Es en éste momento que comienza la verdadera forja de la Nación Mexicana, en ése momento florece una de las más hermosas historias de amor entre Dios y los hombres, nuevamente Jesús nos entrega Su posecion mas preciada...Su Madre, Santa María de Guadalupe quien, desde ese momento, nos acompaña por siempre.

Rumbo a los 500 años de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.Lunes 11 de diciembre de 1531, ése día Juan Diego...
11/12/2024

Rumbo a los 500 años de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.

Lunes 11 de diciembre de 1531, ése día Juan Diego no pudo encontrarse con la Virgen.

Y al día siguiente, lunes, cuando Juan Diego debía llevar alguna señal
para ser creído, ya no volvió. Porque cuando fue a llegar a su casa, a un
tío suyo, de nombre Juan Bernardino, se le había asentado la
enfermedad, estaba muy grave. Aún fue a llamar al médico, todavía se
ocupó de él, pero ya no era tiempo, pues ya estaba agonizando.
Y cuando anocheció, le rogó su tío que cuando aún fuere de madrugada,
aún a oscuras, saliera hacia acá, viniera a llamar a Tlatelolco, a alguno
de los sacerdotes para que fuera a confesarlo, para que fuera a
prepararlo, porque eso ya estaba en su corazón, que en verdad ya era
tiempo, que ya entonces moriría, porque ya no se levantaría, ya no se
sanaría.

Rumbo a los 500 años de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe Información para compartir. Domingo 10 de diciemb...
10/12/2024

Rumbo a los 500 años de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe

Información para compartir.

Domingo 10 de diciembre de 1531 día de la Tercera Aparición de Nuestra Señora a Juan Diego.

Al día siguiente, Domingo, bien todavía en la nochecilla, todo aún estaba
oscuro, de allá salió de su casa hacia acá derecho a Tlatelolco, vino a aprender de las cosas divinas y a ser contado en lista; luego para ver al
gobernante sacerdote.
Y a eso de las diez fue cuando ya estuvo preparado, así ya había oído
Misa y fue contado en la lista, y toda la gente se había ido. Pero él, Juan
Diego, luego fue al palacio, la casa del señor obispo. Y en cuanto llegó,
puso todo su empeño para verlo y, con mucha dificultad, otra vez lo vio.
A sus pies se arrodilló, lloró, se puso triste al hablarle, al descubrirle el
venerable aliento, la venerable palabra, de la Reina del Cielo. Que ojalá
fuera creída la embajada, la voluntad de la Perfecta Virgen, de hacerle,
de erigirle, su casita sagrada, en donde Ella lo había dicho, en donde
Ella la quería.
Más el gobernante obispo muchísimas cosas le preguntó, le investigó,
para poder cerciorarse, dónde la había visto, cómo era Ella. Todo,
absolutamente, se lo refirió al señor obispo. Y aunque todo,
absolutamente, se lo declaró y todo lo que vio, lo que admiró, que
aparecía con toda claridad que Ella era la Perfecta Virgen, la Amable, la
maravillosa Madre de nuestro Salvador, nuestro Señor Jesucristo; sin
embargo, no luego se cumplió su deseo. Dijo el obispo que no sólo por
su palabra, su petición se haría, se realizaría lo que él pedía, que era
necesaria alguna señal para que bien pudiera ser creído cómo a él lo
enviaba como mensajero la Reina del Cielo en persona.
Tan pronto como lo escuchó Juan Diego, le dijo al obispo: Señor
gobernante, considera cuál será la señal que pides, porque luego iré a
pedírsela a la Reina del Cielo que me envió, y como vio el obispo que él
ratificaba, que en nada vacilaba ni dudaba, luego lo hizo irse. Y en
cuanto se va, en seguida el obispo manda a algunos de los de su casa,
en los que tenía absoluta confianza, que lo vayan a seguir, que bien lo
observaran a dónde iba, a quién veía, con quién hablaba. Y así se hizo.
Y Juan Diego se fue derecho, siguió la calzada. Pero los que lo seguían,
donde se abre la barranca, cerca del Tepeyac, en el puente de madera, lo vinieron a perder. Y aunque por todas partes buscaron, en ninguna
parte lo vieron.
Y así se volvieron, no sólo porque con ello se fastidiaron grandemente,
sino también porque él los disgustó, los hizo enojar. Así le fueron a
contar al señor obispo, le metieron en la cabeza que no le creyera, le
dijeron cómo nomás le contaba mentiras, que sólo inventaba lo que
venía a decirle, o que sólo soñaba o imaginaba lo que le decía, lo que le
pedía. Y bien así lo determinaron que si otra vez venía, regresaba, allí lo
agarrarían, y fuertemente lo castigarían, para que ya no volviera a decir
mentiras ni a alborotar a la gente.
Entre tanto Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la
respuesta que traía del señor obispo, la que, escuchada por la señora, le
dijo: Bien está hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la
señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni
de ti sospechará, y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el
trabajo y cansancio que por mí has prodigado; es, vete ahora; que mañana
aquí te aguardo.

09/12/2024

9 de diciembre día de San Juan Diego

San Juan Diego Cuauhtlatoatzain, de la estirpe indígena nativa, varón provisto de una fe purísima, de humildad y de fervor, que logró que se construyera un santuario en honor de la Bienaventurada María Virgen de Guadalupe en la colina de Tepeyac, en la ciudad de México, lugar donde se le había aparecido la Madre de Dios. († 1548)

Fecha de canonización: 31 de julio de 2002 por el Papa Juan Pablo II.

Juan Diego Cuauhtlatoatzin (que significa: Águila que habla o El que habla como águila), un indio humilde, de la etnia indígena de los chichimecas, nació en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, que en ese tiempo pertenecía al reino de Texcoco. Juan Diego fue bautizado por los primeros franciscanos, aproximadamente en 1524. En 1531, Juan Diego era un hombre maduro, como de unos 57 años de edad; edificó a los demás con su testimonio y su palabra; de hecho, se acercaban a él para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía”.

Juan Diego fue un hombre virtuoso, las semillas de estas virtudes habían sido inculcadas, cuidadas y protegidas por su ancestral cultura y educación, pero recibieron plenitud cuando Juan Diego tuvo el gran privilegio de encontrarse con la Madre de Dios, María Santísima de Guadalupe, siendo encomendado a portar a la cabeza de la Iglesia y al mundo entero el mensaje de unidad, de paz y de amor para todos los hombres; fue precisamente este encuentro y esta maravillosa misión lo que dio plenitud a cada una de las hermosas virtudes que estaban en el corazón de este humilde hombre y fueron convertidas en modelo de virtudes cristianas; Juan Diego fue un hombre humilde y sencillo, obediente y paciente, cimentado en la fe, de firme esperanza y de gran caridad.

Poco después de haber vivido el importante momento de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, Juan Diego se entregó plenamente al servicio de Dios y de su Madre, transmitía lo que había visto y oído, y oraba con gran devoción; aunque le apenaba mucho que su casa y pueblo quedaran distantes de la Ermita. Él quería estar cerca del Santuario para atenderlo todos los días, especialmente barriéndolo, que para los indígenas era un verdadero honor; como recordaba fray Gerónimo de Mendieta: “A los templos y a todas las cosas consagradas a Dios tienen mucha reverencia, y se precian los viejos, por muy principales que sean, de barrer las iglesias, guardando la costumbre de sus pasados en tiempos de su gentilidad, que en barrer los templos mostraban su devoción (aun los mismos señores).”

Juan Diego se acercó a suplicarle al señor Obispo que lo dejara estar en cualquier parte que fuera, junto a las paredes de la Ermita para poder así servir todo el tiempo posible a la Señora del Cielo. El Obispo, que estimaba mucho a Juan Diego, accedió a su petición y permitió que se le construyera una casita junto a la Ermita. Viendo su tío Juan Bernardino que su sobrino servía muy bien a Nuestro Señor y a su preciosa Madre, quería seguirle, para estar juntos; “pero Juan Diego no accedió. Le dijo que convenía que se estuviera en su casa, para conservar las casas y tierras que sus padres y abuelos les dejaron”.

Juan Diego manifestó la gran nobleza de corazón y su ferviente caridad cuando su tío estuvo gravemente enfermo; asimismo Juan Diego manifestó su fe al estar con el corazón alegre, ante las palabras que le dirigió Santa María de Guadalupe, quien le aseguró que su tío estaba completamente sano; fue un indio de una fuerza religiosa que envolvía toda su vida; que dejó sus casas y tierras para ir a vivir a una pobre choza, a un lado de la Ermita; a dedicarse completamente al servicio del templo de su amada Niña del Cielo, la Virgen Santa María de Guadalupe, quien había pedido ese templo para en él ofrecer su consuelo y su amor maternal a todos lo hombres y mujeres. Juan Diego tenía “sus ratos de oración en aquel modo que sabe Dios dar a entender a los que le aman y conforme a la capacidad de cada uno, ejercitándose en obras de virtud y mortificación.” También se nos refiriere en el Nican motecpana: “A diario se ocupaba en cosas espirituales y barría el templo. Se postraba delante de la Señora del Cielo y la invocaba con fervor; frecuentemente se confesaba, comulgaba, ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba, se ceñía cilicio de malla y escondía en la sombra para poder entregarse a solas a la oración y estar invocando a la Señora del Cielo.”

Toda persona que se acercaba a Juan Diego tuvo la oportunidad de conocer de viva voz los pormenores del Acontecimiento Guadalupano, la manera en que había ocurrido este encuentro maravilloso y el privilegio de haber sido el mensajero de la Virgen de Guadalupe; como lo indicó el indio Martín de San Luis cuando rindió su testimonio en 1666: “Todo lo cual lo contó el dicho Diego de Torres Bullón a este testigo con mucha distinción y claridad, que se lo había dicho y contado el mismo Indio Juan Diego, porque lo comunicaba.” Juan Diego se constituyó en un verdadero misionero.

Cuando Juan Diego se casó con María Lucía, quien había mu**to dos años antes de las Apariciones, habían escuchado un sermón a fray Toribio de Benavente en donde se exaltaba la castidad, que era agradable a Dios y a la Virgen Santísima, por lo que los dos decidieron vivirla; se nos refiere: “Era viudo: dos años antes de que se le apareciera la Inmaculada, murió su mujer, que se llamaba María Lucía. Ambos vivían castamente.” Como también lo testificó el P. Luis Becerra Tanco: “el indio Juan Diego y su mujer María Lucía, guardaron castidad desde que recibieron el agua del Bautismo Santo, por haber oído a uno de los primeros ministros evangélicos muchos encomios de la pureza y castidad y lo que ama nuestro Señor a las vírgenes, y esta fama fue constante a los que conocieron y comunicaron mucho tiempo estos dos casados”. Aunque esto no obsta de que Juan Diego haya tenido descendencia, sea antes del bautismo, sea por la línea de algún otro familiar; ya que, por fuentes históricas sabemos que Juan Diego efectivamente tuvo descendencia; sobre esto, uno de los principales documentos se conserva en el Archivo del Convento de Corpus Christi en la Ciudad de México, en el cual se declara: “Sor Gertrudis del Señor San José, sus padres caciques [indios nobles] Dn. Diego de Torres Vázquez y Da. María del la Ascención de la región di Xochiatlan […] y tenida por descendiente del dichoso Juan Diego.” Lo importante también es el hecho de que Juan Diego inspiró la búsqueda de la santidad y de la perfección de vida, incluso en medio de los miembros de su propia familia, ya que su tío, como ya veíamos, al constatar como Juan Diego se había entregado muy bien al servicio de la Virgen María de Guadalupe y de Dios, quiso seguirlo, aunque Juan Diego le convino que era preferible que se quedara en su casa; y ahora tenemos también este ejemplo de Sor Gertrudis del Señor San José, descendiente de Juan Diego, quien ingresó a un monasterio, a consagrar su vida al servicio de Dios, buscando esa perfección de vida, buscando la Santidad.

Es un hecho que Juan Diego siempre edificó a los demás con su testimonio y su palabra; constantemente se acercaban a él para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del Cielo, todo se le concedía”.

El indio Gabriel Xuárez, quien tenía entre 112 y 115 años cuando dio su testimonio en las Informaciones Jurídicas de 1666; declaró cómo Juan Diego era un verdadero intercesor de su pueblo, decía: “que la dicha Santa Imagen le dijo al dicho Juan Diego la parte y lugar, donde se le había de hacer la dicha Ermita que fue donde se le apareció, que la ha visto hecha y la vio empezar este testigo, como lleva dicho donde son muchos los hombres y mujeres que van a verla y visitarla como este testigo ha ido una y muchas veces a pedirle remedio, y del dicho indio Juan para que como su pueblo, interceda por él.” El anciano indio Gabriel Xuárez también señaló detalles importantes sobre la personalidad de Juan Diego y la gran confianza que le tenía el pueblo para que intercediera en sus necesidades: “el dicho Juan Diego, –decía Gabriel Xuárez– respecto de ser natural de él y del barrio de Tlayacac, era un Indio buen cristiano, temeroso de Dios, y de su conciencia, y que siempre le vieron vivir quieta y honestamente, sin dar nota, ni escándalo de su persona, que siempre le veían ocupado en ministerios del servicio de Dios Nuestro Señor, acudiendo muy puntualmente a la doctrina y divinos oficios, ejercitándose en ello muy ordinariamente porque a todos los Indios de aquel tiempo oía este testigo, decirles era varón santo, y que le llamaban el peregrino, porque siempre lo veían andar solo y solo se iba a la doctrina de la iglesia de Tlatelulco, y después que se le apareció al dicho Juan Diego la Virgen de Guadalupe, y dejó su pueblo, casas y tierras, dejándolas a su tío suyo, porque ya su mujer era mu**ta; se fue a vivir a una casa Juan Diego que se le hizo pegada a la dicha Ermita, y allá iban muy de ordinario los naturales de este dicho pueblo a verlo a dicho paraje y a pedirle intercediese con la Virgen Santísima les diese buenos temporales en sus milpas, porque en dicho tiempo todos lo tenían por Varón Santo.”

La india doña Juana de la Concepción que también dio su testimonio en estas Informaciones, confirmó que Juan Diego, efectivamente, era un hombre santo, pues había visto a la Virgen: “todos los Indios e Indias –declaraba– de este dicho pueblo le iban a ver a la dicha Ermita, teniéndole siempre por un santo varón, y esta testigo no sólo lo oía decir a los dichos sus padres, sino a otras muchas personas”. Mientras que el indio Pablo Xuárez recordaba lo que había escuchado sobre el humilde indio mensajero de Nuestra Señora de Guadalupe, decía que para el pueblo, Juan Diego era tan virtuoso y santo que era un verdadero modelo a seguir, declaraba el testigo que Juan Diego era “amigo de que todos viviesen bien, porque como lleva referido decía la dicha su abuela que era un varón santo, y que pluguiese a Dios, que sus hijos y nietos fuesen como él, pues fue tan venturoso que hablaba con la Virgen, por cuya causa le tuvo siempre esta opinión y todos los de este pueblo.” El indio don Martín de San Luis incluso declaró que la gente del pueblo: “le veía hacer al dicho Juan Diego grandes penitencias y que en aquel tiempo le decían varón santísimo.”

Como decíamos, Juan Diego murió en 1548, un poco después de su tío Juan Bernardino, el cual falleció el 15 de mayo de 1544; ambos fueron enterrados en el Santuario que tanto amaron. Se nos refiere en el Nican motecpana: “Después de diez y seis años de servir allí Juan Diego a la Señora del cielo, murió en el año de mil y quinientos y cuarenta y ocho, a la sazón que murió el señor obispo. A su tiempo le consoló mucho la Señora del cielo, quien le vio y le dijo que ya era hora de que fuese a conseguir y g***r en el cielo, cuanto le había prometido. También fue sepultado en el templo. Andaba en los setenta y cuatro años.” En el Nican motecpana se exaltó su santidad ejemplar: “¡Ojalá que así nosotros le sirvamos y que nos apartemos de todas las cosas perturbadoras de este mundo, para que también podamos alcanzar los eternos gozos del Cielo!”

Fuente: ISEG, Monseñor Eduardo Chavez.

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