14/05/2026
El problema que estamos enfrentando en ciertos sectores del movimiento reformado no es falta de vocabulario teológico. Es que a veces usamos la palabra “gracia” para justificar la autonomía.
Decimos que creemos en la gracia, pero en la práctica queremos vivir como si nadie pudiera corregirnos, exhortarnos o llamarnos al arrepentimiento.
“No me digas cómo vivir”, aunque la Biblia sí lo diga. “No me confrontes”, aunque Cristo llame a su pueblo a la santidad. “No me hables de obediencia”, aunque la gracia que salva también transforma.
Pero la gracia bíblica no es permiso para vivir sin rendición de cuentas. La gracia no nos libera de la autoridad de Cristo; nos libera del pecado para someternos con gozo a Cristo. No es legalismo decir que el creyente debe obedecer la Palabra.
Legalismo es pensar que obedecemos para ganar el favor de Dios. Pero santidad es entender que, porque ya hemos recibido su favor en Cristo, ahora queremos vivir para Él.
La gracia no produce autonomía. Produce humildad, arrepentimiento, obediencia y una vida cada vez más rendida al Señor.
Una iglesia que entiende la gracia no dice: “No me digas cómo vivir”. Dice: “Señor, enséñame a vivir para tu gloria”.
—Joselo Mercado