10/08/2026
Una reflexión del hno. Azael Ordoñez.
Una reflexión sobre el tema de hoy : La murmuración
La murmuración se ha convertido en uno de los pecados más silenciosos y, al mismo tiempo, más destructivos dentro de muchas iglesias. Es un pecado que suele disfrazarse con tintes espirituales y de manipulación a través de supuesta preocupación, supuestos consejos, supuesto celo espiritual o incluso de una aparente búsqueda de justicia. Sin embargo, delante de Dios, la murmuración sigue siendo murmuración.
El apóstol Pablo escribió:
"Haced todo sin murmuraciones y contiendas" (Filipenses 2:14).
Y Santiago fue aún más directo:
"Hermanos, no murmuréis los unos de los otros" (Santiago 4:11).
La realidad es que, en la actualidad, la murmuración no solo se dirige de unos hermanos a otros, sino también hacia los líderes.
Se cuestionan las decisiones del pastor, se critican los errores, se comentan las debilidades y se juzgan las intenciones del corazón. A veces, esto ocurre en conversaciones privadas; otras veces, en grupos de mensajería y redes sociales.
Pero la pregunta es la siguiente: ¿qué estamos construyendo cuando hablamos de alguien que no está presente? ¿Estamos edificando el cuerpo de Cristo o estamos debilitándolo?
Esto no significa que los líderes estén por encima de la corrección. La Biblia enseña claramente que todos somos responsables delante de Dios. Un líder también puede equivocarse, y, cuando eso sucede, la corrección debe realizarse conforme a la Escritura, con amor, verdad y sabiduría. Sin embargo, una cosa es corregir y otra muy distinta es destruir.
La murmuración es peligrosa porque:
-Convierte pequeñas diferencias en grandes divisiones.
-Siembra desconfianza entre los hermanos.
Debilita la autoridad espiritual.
-Enfría el amor y la comunión.
-Entristece al Espíritu Santo.
El pueblo de Israel es un claro ejemplo de ello. Murmuraron contra Moisés, pero Dios dejó en claro que, en realidad, estaban murmurando contra Él mismo (Éxodo 16:8). Aquel espíritu de queja se extendió por el campamento hasta convertirse en rebeldía.
También debemos recordar algo: los líderes son seres humanos. Un pastor puede predicar con fe y, al mismo tiempo, estar librando una batalla en silencio. Puede animar a otros mientras su corazón está cansado. Puede levantar a muchos mientras él mismo necesita ser levantado.
La iglesia no necesita más voces de acusación. Necesita más personas que oren, que aconsejen con sabiduría y que aprendan a hablar con la misma gracia con la que Cristo nos ha tratado.
Quizá la mejor pregunta que podemos hacernos hoy sea esta:
¿Mis palabras están sanando el cuerpo de Cristo o están abriendo nuevas heridas?
Y tal vez la oración correcta sea esta:
"Señor, pon guarda a mi boca y vigila la puerta de mis labios (Salmo 141:3). Que mis palabras sean un instrumento de paz y no una causa de división. Amén."