08/06/2026
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San Juan de la Cruz y Santa Teresa: una luz para nuestro tiempo
En su reciente discurso en Madrid, el Papa León XIV quiso detenerse en dos figuras inmensas de la espiritualidad cristiana: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Recordó que estamos viviendo un Año Jubilar sanjuanista, una ocasión especial para volver a encontrarnos con este gran santo carmelita y descubrir, junto a Santa Teresa, la sorprendente actualidad de su mensaje. Como él mismo señaló, “desde hace cinco siglos, nutren la vida de la Iglesia y la búsqueda espiritual de muchos, incluso más allá de sus fronteras visibles”. Porque, aunque vivieron hace más de cuatro siglos, sus palabras parecen escritas para las inquietudes, búsquedas y desafíos de nuestro tiempo.
Vivimos en una sociedad llena de posibilidades, pero también de incertidumbres. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información, y sin embargo muchas personas se sienten desorientadas. Corremos de una tarea a otra, estamos constantemente conectados, pero a menudo nos cuesta encontrar silencio, paz y sentido. En este panorama, el Papa nos invita a volver la mirada hacia Teresa y Juan, porque su experiencia no es evasión, sino profundidad: “la suya es una mística con los ojos abiertos, es decir, no ajena a la historia, sino que, por el contrario, lleva a la raíz de las cuestiones, al corazón de la realidad”.
Uno de los aspectos más hermosos del discurso del Papa es su referencia a la “noche” de San Juan de la Cruz. Hoy nos asusta no saber qué va a pasar mañana. Queremos controlar cada aspecto de la vida. Pero la realidad nos confronta con lo incierto: enfermedades, pérdidas, crisis personales o momentos en los que parece que Dios guarda silencio.
San Juan de la Cruz conoció bien esta experiencia. No escribió sobre la noche desde la teoría, sino desde la vida. Sin embargo, en medio de ella descubrió algo decisivo: que Dios actúa también en la oscuridad. Por eso el Papa recuerda que, en su sed de luz, el santo “paradójicamente, aprendió a apreciar la oscuridad —«noche dichosa» (Noche oscura, 3)— como el tiempo en que el alma se libera de lo que presumía de conocer y poseer”. Y añade una palabra decisiva para nuestro tiempo: hoy también “lo que más nos asusta… es lo desconocido, ante lo cual puede prevalecer la sensación de no tener ya mapas”.
Sin embargo, ahí mismo se abre una esperanza inesperada: “en la oscuridad, la luz; en el fin, un posible comienzo”. Y es entonces cuando resuena con fuerza el canto sanjuanista que el Papa cita: “¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada!...”. La noche no es el final, sino el lugar donde puede nacer una luz más profunda, si aprendemos a confiar.
Junto a San Juan aparece la figura cercana de Santa Teresa de Jesús. Mientras Juan nos enseña a confiar en la noche, Teresa nos invita a entrar dentro de nosotros mismos. Su imagen del castillo interior, como recuerda el Papa, describe un camino de interioridad donde la persona va entrando en lo más profundo de sí misma: “avanzando de habitación en habitación hacia el lugar más íntimo —es decir, cada uno hacia su propio corazón, santuario de la verdad—, el espacio se amplía, la mente se abre, las contradicciones se resuelven”. Y algo decisivo ocurre en ese camino: “los demás encuentran su lugar, el universo se convierte en hogar”.
No se trata de una huida del mundo, sino de una transformación interior que abre a la realidad. Por eso el Papa subraya que no es “una huida intimista, sino una apertura radical al totus Alius et semper Novus”. En un mundo lleno de ruido, Teresa nos recuerda que Dios habita en el centro del alma, y que solo desde ahí se ordena la vida entera.
El Papa también advierte que esta interioridad tiene consecuencias sociales y culturales. En nuestro tiempo, dice, “la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer”, mientras que la dignidad humana sigue siendo herida. Por eso urge recuperar la profundidad espiritual, porque “necesitamos cultura, interioridad, una educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia”.
Y aquí aparece uno de los mensajes más fuertes del discurso: de la experiencia de los santos aprendemos una forma distinta de libertad. En medio de la noche y del castillo interior, han surgido hombres y mujeres que han alcanzado una libertad más honda, hasta el punto de que “en la conciencia, la justicia y la paz se abrazan”. Y el Papa concluye con una afirmación decisiva: “es de su libertad que aprendemos a ser libres”.
También nosotros vivimos tiempos marcados por divisiones, polarización y desconfianza. Por eso la voz de nuestros santos carmelitas sigue siendo tan actual. Nos recuerdan que la verdadera renovación del mundo comienza siempre en el corazón de cada persona. No habrá una sociedad más humana si no hay corazones más humanos; no habrá más paz fuera si primero no aprendemos a encontrarla dentro.
Las palabras del Papa León XIV son, en el fondo, una invitación a redescubrir este gran tesoro espiritual. San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús siguen diciéndonos que Dios no abandona a nadie, que ninguna oscuridad es definitiva y que siempre existe un camino hacia la esperanza. En una época que busca respuestas rápidas, ellos nos enseñan el valor de la profundidad; en una cultura de ruido, nos enseñan el silencio; en un mundo inquieto, nos enseñan la confianza.
Quizá por eso siguen siendo tan necesarios hoy. Porque nos recuerdan que, en medio de cualquier noche, Dios continúa siendo luz. Y que en el centro de nuestro corazón sigue esperando, pacientemente, para conducirnos a una vida más plena, más libre y más llena de amor.