01/05/2026
En un barrio olvidado, donde las calles eran de polvo y los techos de zinc cantaban cuando llovía, vivía Mateo, un niño de ojos grandes y sonrisa tímida.
Cada mañana salía con una bolsa vieja al hombro, no para ir a la escuela, sino para buscar botellas y cartón. Mientras otros niños jugaban, él soñaba en silencio. Su mayor tesoro no era lo que recogía, sino un cuaderno arrugado que había encontrado en la basura. En él, dibujaba casas grandes, calles limpias… y a su mamá descansando sin preocupaciones.
Una tarde, después de un día duro, Mateo regresó con las manos casi vacías. Su madre, cansada, le preguntó si había conseguido algo. Él sonrió y le mostró el cuaderno.
—“Hoy no traje dinero… pero dibujé nuestra casa nueva.”
Ella lo abrazó fuerte, con lágrimas en los ojos.
Esa noche no hubo cena, pero sí esperanza. Porque aunque la pobreza llenaba sus bolsillos de vacío, el corazón de Mateo estaba lleno de algo más fuerte: sueños que nadie podía quitarle.