Iglesia Cuadrangular San Luis SB

Iglesia Cuadrangular San Luis SB Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos. hebreos 13:8

14/01/2017

El Propósito De Dios en Tu Vida Se Cumplirá, Cuando Obedezcas Lo Que Dice La Palabra.
Bendiciones

VALÍA LA PENACuando trajeron al joven soldado a la sala de cirugía, el doctor Kenneth Swan movió la cabeza. Dudaba since...
18/04/2013

VALÍA LA PENA


Cuando trajeron al joven soldado a la sala de cirugía, el doctor Kenneth Swan movió la cabeza. Dudaba sinceramente que valiera la pena tratar de salvarle la vida. Tenía ambas piernas destrozadas. El pecho lo tenía hundido. Había perdido un ojo, y el otro estaba mal herido. «Si vive —pensó el médico—, será infeliz toda su vida.» ¿Valdrá la pena operarlo? Sin embargo, lo operó.

Veintitrés años después se encontraron el doctor Swan y Kenneth McGarity, el joven que había sido herido en el campo de batalla. Sucedió en Fort Benning, Georgia, cuando el gobierno le otorgaba cuatro condecoraciones al veterano de Vietnam.

El médico y el veterano se dieron la mano. McGarity estaba lisiado y, además, ciego. Pero había cursado estudios de universidad, se había casado, tenía dos hijos y tocaba magistralmente el piano. Kenneth McGarity era un hombre entero, feliz y útil a la sociedad. «He aprendido una gran lección —dijo el doctor Kenneth Swan—. Nunca debo dudar de la validez de una operación.»

Este caso tiene dos capítulos. El primero fue la explosión de una bomba que destrozó a Kenneth McGarity en la guerra de Vietnam, y el médico que lo operó porque algo, como quiera, había que hacer. El segundo capítulo tuvo lugar veintitrés años después, cuando el médico pudo contemplar el valor de su decisión.

¿Valía la pena hacer todo lo posible por poner en orden el cuerpo destrozado de ese joven? ¡Seguro que sí! Hubo que amputarle ambas piernas. Hubo que extraerle los dos ojos. Hubo que coserlo por todas partes, y reacondicionar pecho, rostro, brazos y manos. Pero valió la pena. Tras veintitrés años de lucha tenaz, Kenneth McGarity llegó a ser un hombre completo y feliz.

¿Qué tal si damos rienda suelta a la imaginación? Un día Dios el Padre y Jesucristo su Hijo conversaban acerca del hombre, que había caído en las garras de Satanás y estaba totalmente destrozado por el pecado. El Padre preguntó: «¿Vale la pena salvar a este despreciable ser humano?» Y el Hijo respondió: «Sí, vale la pena. Tengo esperanza en él. Daré mi vida por él, y con mi sacrificio lo regeneraré y transformaré.» Así pudo haber transcurrido la conversación.

Lo que sabemos sin tener que imaginárnoslo es que Cristo vino a este mundo. Murió en la cruz del Calvario, y resucitó para confirmar el valor de ese sacrificio. A los ojos de Dios, todos somos de inmenso valor. Por eso entregó Dios a su Hijo. Y es por ese sacrificio que nosotros podemos g***r de una vida plena, abundante y digna. A eso la Biblia lo llama salvación.

¿ASTUCIA HUMANA O SABIDURÍA DIVINA?  Cuenta una antigua leyenda que en la Edad Media a un hombre muy virtuoso lo acusaro...
05/06/2012

¿ASTUCIA HUMANA O SABIDURÍA DIVINA?


Cuenta una antigua leyenda que en la Edad Media a un hombre muy virtuoso lo acusaron injustamente de haber asesinado a una mujer. Cuando lo llevaron a juicio, el hombre sabía que difícilmente escaparía del terrible veredicto: ¡la horca! El juez, un hombre muy injusto, a fin de dar la impresión de que se iba a hacer justicia, le dijo al acusado:

—Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor, vamos a dejar en manos de Él tu destino. En un papelito escribiremos «culpable», y en otro, «inocente». Tú escogerás uno de los dos papeles, y será la mano de Dios la que decida tu destino.

Como suele suceder en tales casos, el malvado funcionario había escrito «culpable» en ambos papeles, y la pobre víctima, a pesar de desconocer los detalles, se dio cuenta de que se le había tendido una trampa. No parecía haber escapatoria.

El juez le dijo al hombre que tomara uno de los papeles doblados. Éste respiró profundamente y se quedó en silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados. Cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y, con una extraña sonrisa, tomó uno de los papeles, se lo llevó a la boca y se lo comió rápidamente.

Sorprendidos e indignados, los presentes le reprocharon airadamente.

—Pero, ¿qué has hecho? ¿Y ahora cómo vamos a saber el veredicto?

—Es muy sencillo —respondió el hombre—. Es cuestión de leer el papel que queda, y así sabremos lo que decía el que me tragué.

Con ira mal disimulada, tuvieron que poner en libertad al acusado, y jamás volvieron a molestarlo.

Hay quienes, al escuchar una leyenda como esta, la relacionan con el refrán que dice: «El hombre astuto, hasta de los males saca buen fruto»,1 pensando en lo mucho que vale la astucia humana. En cambio, hay otros que le dan más importancia al hecho de que se trata de un hombre «devoto del Señor», y suponen que cuando «se quedó en silencio... con los ojos cerrados», le estaba pidiendo a Dios sabiduría. Lo irónico del caso es que el perverso juez le confió a Dios el destino del hombre devoto, y Dios no hizo más que demostrar que había quedado en buenas manos aquel justo.

Más vale que en vez de jactarnos de la astucia humana, le pidamos a Dios sabiduría, como lo hizo el sabio Salomón2 y como nos animó a hacerlo el apóstol Santiago.3 Así podrá cumplirse también en nosotros la siguiente advertencia y promesa de nuestro Señor Jesucristo:

Tengan cuidado con la gente; los entregarán a los tribunales y los azotarán.... Por mi causa los llevarán ante gobernadores y reyes para dar testimonio.... Pero cuando los arresten, no se preocupen por lo que van a decir o cómo van a decirlo. En ese momento se les dará lo que han de decir, porque no serán ustedes los que hablen, sino que el Espíritu de su Padre hablará por medio de ustedes.4

«LA MUERTE DE LA MUERTE» Julio Azael Zepeda, de Barranquilla, Colombia, se probó el traje una vez más. Era un traje viej...
01/06/2012

«LA MUERTE DE LA MUERTE»



Julio Azael Zepeda, de Barranquilla, Colombia, se probó el traje una vez más. Era un traje viejo, de más de cinco años, pero por eso mismo le tenía más aprecio. Todo lo encontró correcto: las medidas, el color, la tela, los adornos. Y como desde hacía cinco años, sonrío satisfecho.

Después de colgar el traje en el ropero, salió a la calle. En pocos días comenzaba el carnaval barranquillero, pero en la calle, inesperada e intempestivamente, lo atropelló un carro tirado por mulas. Julio Azael encontró la muerte, y allí en el ropero quedó esperándolo su traje de «La muerte». Porque ese era el disfraz que usaba con todo éxito cada año en el carnaval. Se vestía de muerte para desafiar a la muerte.

«Fue la muerte de la muerte», anunciaron los diarios de Barranquilla.

Aquí tenemos otra de tantas ironías de la vida. Julio Azael Zepeda se disfrazaba todos los años con el disfraz de Muerte: paños negros, esqueleto pintado, calavera pálida. Era uno de los mejores disfraces del carnaval de Barranquilla. Pero de tanto bromear con la Muerte, la Muerte de Carnaval, lo sorprendió la otra muerte, esa que no es un disfraz ni un chiste ni un carnaval: la muerte auténtica y verdadera.

Lo que llamó la atención fueron los titulares de los diarios: «Murió la Muerte»; «La Muerte encontró a la muerte»; «La muerte de la Muerte». Todos los titulares giraban en torno a la misma paradoja, la misma ironía, el mismo chiste macabro.

Sin embargo, el concepto de «la muerte de la muerte» es perfectamente bíblico. Es una de las promesas más grandes que Dios le ha hecho a la humanidad. Lo expresa en verso el profeta Oseas en el capítulo 13 de su profecía: «¿Dónde están, oh muerte, tus plagas? / ¿Dónde está, oh sepulcro, tu destrucción? / ¡Vengan, que no les tendré misericordia!» (v. 14).

Y en el libro del Apocalipsis, la última gran profecía de la Biblia, se estampa: «Ya no habrá muerte» (21:4). La muerte, que ha sido la compañera inseparable del hombre desde el día en que Adán pecó y ha sido la más temible experiencia de todas, un día dejará de existir. Ya no atacará más, ni morderá más, ni volverá a destruir felicidades e ilusiones, ni a provocar dolores y lágrimas.

Sólo Jesucristo, el Señor resucitado y viviente, tiene el verdadero y absoluto poder sobre la muerte y el sepulcro. Sólo Cristo tiene vida eterna para darnos.

Las Dos RanasCierto día un grupo de ranas saltaba por el bosque. De repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. L...
31/05/2012

Las Dos Ranas

Cierto día un grupo de ranas saltaba por el bosque. De repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Las demás se juntaron alrededor del hoyo. Al ver lo profundo que era, llegaron a la conclusión de que no había modo de que se salvaran sus desdichadas compañeras.

—¡El hoyo es muy hondo! ¡De ahí no van a salir con vida! —les gritaron.

Las dos ranas no les hicieron caso a sus amigas, sino que comenzaron a saltar con todas sus fuerzas, tratando de salir del hoyo.

—¡Es inútil! ¡De ahí no saldrían ni con patas biónicas! —insistieron las otras.

Finalmente una de las ranas, extenuada y desmoralizada, le puso atención a lo que las demás le gritaban y se rindió. Fue tal su desgaste físico y mental que se desplomó y murió en el acto.

La otra rana siguió saltando con férrea determinación. Con cada nuevo salto que daba, decía:

—¡Sí se puede! ¡Sí se puede!

No obstante, desde muy arriba la multitud de ranas, frenéticas como los espectadores del circo romano, le gritaban:

—¡Deja de luchar! ¡Resígnate y muere!

Pero la rana repetía: «¡Sí se puede! ¡Sí se puede!» y saltaba cada vez con más fuerzas hasta que finalmente logró salir del hoyo.

Viéndola agotada, pero sana y salva, las otras ranas le dijeron:

—¡Eres nuestra he***na! Esperamos que no tomes a mal que te hayamos desanimado tanto.

La rana les respondió:

—Háblenme más fuerte que no las oigo bien. Casi quedo sorda del golpe que sufrí al caer al fondo. Quiero darles las gracias a todas por animarme a que me esforzara más y a que no me diera por vencida. Si no hubiera sido por ese aliento que me dieron, de seguro habría quedado en el fondo para siempre, como nuestra pobre compañera.

No cabe duda de que esta fábula resalta el poder de las palabras. Su moraleja de que nuestras palabras tienen poder de vida y de muerte nos recuerda el refrán que dice: «A palabras necias, oídos sordos.» Si bien la rana triunfadora de la fábula no se hizo la sorda sino que realmente ensordeció, de todos modos nos enseña a no hacerles caso a los malos consejos y a las palabras de desaliento, pues son palabras necias.

Esa es una de las lecciones que aprendemos del libro de Job, el patriarca bíblico. Los amigos de Job, así como las ranas amigas de la fábula, al verlo en el hoyo de la desgracia en que había caído, lo dejaron con el ánimo por el suelo. Pero a diferencia de las ranas, los amigos de Job conocían el poder alentador de las palabras, pues reconocían que las palabras mismas de Job habían sostenido a los que tropezaban y habían fortalecido a los que flaqueaban.1 Y sin embargo los tales amigos optaron por desmoralizarlo con sus palabras.

Uno de ellos, reafirmando las palabras de Job, dijo: «El oído saborea las palabras, como saborea el paladar la comida.»2 Tomemos conciencia de esta verdad. Determinemos que de hoy en adelante el sabor de nuestras palabras será grato al oído de nuestros amigos, sobre todo a los que han caído en alguna desgracia.

«NO PUEDO VER NADA»Las palabras se oían con claridad, serenas y dramáticas: «No puedo ver nada.» Los hombres las escucha...
05/05/2012

«NO PUEDO VER NADA»


Las palabras se oían con claridad, serenas y dramáticas: «No puedo ver nada.» Los hombres las escucharon vez tras vez, callados, serios, cargados de pesadumbre. La cinta seguía corriendo y corriendo. Pero ninguna palabra más podía oírse. Sólo aquellas que encerraban toda una tragedia: «No puedo ver nada.»

Eran las últimas palabras que había grabado el piloto del Boeing 747 de Iberia, que había chocado con el avión de Avianca en el aeropuerto Barajas de Madrid. La densa niebla, y el deficiente sistema de luces de la pista, habían provocado la tremenda desgracia en la que murieron 196 personas.

«No puedo ver nada.» En su sencillez y brevedad, estas palabras siempre denotan un problema en ciernes o una desgracia que se precipita. No poder ver nada, cuando uno más necesita de una clara y buena visión, es preludio de muerte.

Supongamos que uno corre por un camino de montaña, con precipicios a los lados. De pronto lo envuelve una densa niebla. Si no puede ver nada, el peligro de muerte está en cada vuelta del camino.

Supongamos que uno está dentro de su casa y ocurre un temblor. Las luces se apagan, las paredes se quiebran, las vigas del techo comienzan a caer. Uno busca desesperado el cuarto de los niños. Los oye llorar, pero no puede ver nada, y tropieza con sillas, muebles y escombros. No poder ver nada en esos momentos es horrible.

Supongamos que uno está metido dentro de un grave problema moral. Alguien le ha traído un chisme infame sobre su esposa o sobre su esposo. La duda ha cundido en el corazón. Su alma se debate en la incertidumbre. ¿Será cierto? ¿No será cierto? Uno se toma la cabeza y dice: «No puedo ver nada.»

O supongamos que uno ya está en su lecho de muerte. Ve acercarse el fin, y se da cuenta de que nunca arregló su vida con Dios y no sabe a dónde va. «No puedo ver nada», dice amargamente. Se da cuenta de que en la vida adquirió conocimientos y educación, hizo una carrera, tuvo una familia, y acumuló dinero y prestigio. Pero frente al más allá, «no puede ver nada».

Jesucristo es la luz del mundo. Él dijo: «El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12).

07/03/2012

Nuestro Dios Es Poderoso!!!

07/02/2012

! ! ! ! ! A S U N O M B R E E E E ! ! ! ! !

02/02/2012

Haga resplandecer Jehová su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia: (Numeros 6:25)

CINCO MILLONES DE ABEJASYa pasada la medianoche en la autopista 95 del estado de Florida, en los Estados Unidos, John Sh...
29/01/2012

CINCO MILLONES DE ABEJAS

Ya pasada la medianoche en la autopista 95 del estado de Florida, en los Estados Unidos, John Shane estaba por terminar un viaje de ocho horas conduciendo su camión de transporte. De repente ocurrió algo increíble.

Un conductor borracho que venía de frente cruzó la línea divisoria y se estrelló contra el enorme camión. El borracho se mató en el acto, y John quedó aprisionado entre los hierros de su cabina. Pero eso no era todo.

Allí aprisionado, John oyó un zumbido aterrador. Él sabía que procedía de la carga que llevaba: nada menos que cinco millones de abejas. Muchas de las cajas se habían roto, y los feroces insectos habían comenzado a invadir su cabina. John sabía que las picaduras podían costarle la vida, pero no podía moverse.

Alguien que pasaba reportó el accidente, y policías, bomberos, equipos de auxilio y expertos en abejas llegaron en cuestión de minutos.

El trabajo era doble. Había que controlar las miles de abejas que amenazaban a John mientras lo rescataban de su encierro.

Tres horas después del accidente, y lleno de picaduras, llevaron a John al hospital. «Un aguijonazo más que le hubieran dado las abejas —concluyeron los médicos—, y este hombre habría mu**to intoxicado.»

Si hay algo que horroriza, es el zumbido de una abeja que revolotea cerca de nuestra cabeza. ¡Qué diremos entonces de cinco millones que quieren meterse en la cabina de nuestro vehículo! ¿Habrá peor angustia?

Y sin embargo hay abejas que si bien no se meten en nuestro coche, sí se meten en nuestra vida. No son de las que invadieron la cabina de John Shane, pero pudiera llamárseles abejas como quiera, pues tienen su propio aguijón, y pican e inyectan y envenenan y matan.

Las tales abejas son las palabras ásperas que con insolencia proferimos. El insulto que el jefe le da a su empleado que le ha servido con lealtad durante muchos años. El ultraje que el padre profiere contra su hijo en momentos de ira irresponsable. El mal genio con que el marido insulta y hiere a su esposa, hasta lo más íntimo. Estas son punzadas que hieren en lo más profundo del alma.

¿Qué hacer si nos hemos dado al hábito de ofender e insultar? Si de veras queremos cambiar, comencemos pidiendo perdón, que es lo que más nos hace falta. Jesucristo dijo: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34). Pidámosle a Cristo que cambie nuestro corazón. Él quiere darnos una nueva vida.

«¡NO LO CREA!»Lo transmitió por primera y única vez por la radio a principios de 1968, cuando él mismo tenía cuarenta y ...
28/01/2012

«¡NO LO CREA!»


Lo transmitió por primera y única vez por la radio a principios de 1968, cuando él mismo tenía cuarenta y seis años de edad. Habían transcurrido exactamente tres años y medio desde que redujo su programa de quince minutos a cuatro, bautizándolo con el nuevo nombre de UN MENSAJE A LA CONCIENCIA. A este mensaje en particular, uno de los mensajes más personales de todos los que llegó a grabar, el Hermano Pablo le puso por título «¡No lo crea!»:

«Quiero en este día, mi amigo, ser muy franco con usted. Algún día le va a llegar la noticia (pueda ser que estas mismas ondas la transmitan) que el Hermano Pablo ha mu**to. Digo eso por la sencilla razón de que tarde que temprano todos tenemos que morir. Si Jesucristo tarda en su regreso al mundo, todos los que ahora vivimos tendremos que pasar por el río de la muerte. Y aunque nadie sabe cuándo, todos sabemos que ese día es seguro. Así que, amigo, ya sea por voz audible, por el periódico o por estas mismas ondas radiales, algún día usted oirá la noticia que el Hermano Pablo ha mu**to.

»Cuando eso ocurra, ¡no lo crea! Así como se lo estoy diciendo, ¡no lo crea! No, no es que alguien haya mentido. No creo yo que cupiera en el corazón de alguien engañar en una cuestión tan importante. No es eso. Si llegara el anuncio, lo más probable es que, en efecto, mi corazón haya dejado de latir. Pero el verdadero yo —aquello que es mi personalidad, mi fuero interno, mi alma, mi vida espiritual— no habrá mu**to. Más bien, ese es el día en que estaré más vivo que nunca. Es que, amigo mío, yo nací dos veces.

»La primera vez nací en 1921. Pero volví a nacer en 1932, cuando tenía once años de vida física. El primer nacimiento fue el del cuerpo; el segundo nacimiento fue el del espíritu. Y aunque el cuerpo muera, el espíritu nunca morirá. Al contrario, el simple hecho de haber nacido de nuevo me garantiza vida eterna junto al Señor Jesucristo. Así que, cuando oiga la noticia que el Hermano Pablo ha mu**to, no la crea. Será ese el día en que el verdadero Hermano Pablo se haya trasladado a una vida superior, a la vida eterna, a la vida en la que no hay enfermedad, ni dolor ni tristeza; donde no hay remordimiento, ni pecado ni muerte. Será ese el día, mi amigo, en que de veras he de estar vivo.

»¿Ha tenido usted la experiencia del segundo nacimiento? Jesucristo le dijo al dirigente judío llamado Nicodemo: “Os es necesario nacer de nuevo.”1 Y, amigo, esa misma declaración es tan verdadera hoy como lo fue el día en que Jesús la hizo: ¿Ha nacido usted de nuevo?»

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