10/09/2020
Nuestro padre Adán (y él era el representante de todos nosotros), no cayó de rodillas en la presencia de Dios, diciendo: "Dios, sé propicio a mí, pecador. ¡Oh, Dios, a quien he ofendido, dame un Salvador, y líbrame de Tu ira!" Ninguna oración y ni siquiera una confesión brotaron de los labios de Adán; sólo un perverso y malvado intento de echarle la culpa a Dios por su desobediencia: "La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí." Eso es todo lo que la naturaleza humana normalmente hace; no reconocerá que necesita un Salvador, y no confesará que ha pecado lo suficiente para necesitar de un sacrificio expiatorio; y, consecuentemente, la excusa del hombre podría haber paralizado el amor de Cristo, si hubiera podido lograrlo. Tú no pediste misericordia, no solicitaste una expiación, no deseabas la expiación por tu pecado; sin embargo Jesús vino, sin que se le pidiera, sin que se le deseara, sin que se le buscara, para poner Su vida por los pecadores.
Observen además que Jesucristo muy bien sabía que, si ponía Su vida, no recibiría un amor recíproco de aquellos por quienes moría, a menos que Él mismo creara ese amor. Esto lo ha hecho Él en los corazones de Su propio pueblo; pero, en los corazones de los que han sido dejados a sí mismos, no hay amor para Jesucristo. Aquí, domingo a domingo, es nuestro privilegio predicar a un Salvador moribundo a pecadores moribundos; pero, de todos los temas en el mundo, parece que es el que causa menos impresión en algunos de nuestros oyentes. Si viniéramos aquí, y habláramos de la devoción de Howard que vivió y murió para mejorar las penosas condiciones de los prisioneros en nuestras cárceles de los Estados Unidos , muchos estarían inclinados a admirar al filántropo; pero, ¡cuán poca admiración siente la mayoría de los hombres por nuestro dulce Dios y Señor.