04/09/2021
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Mi nombre es Jorge Antonio Gordillo Lázaro y soy anciano de la Iglesia Adventista de San Juan de Miraflores, en el Perú. Daniel, mi hijo, había llegado al hospital a buscarme después de recibir la noticia de que me darían el alta. Una enfermera empujaba mi silla de ruedas y me transportaba hasta la zona de encuentro entre los pacientes recuperados y sus familiares. Con una mirada aún débil pero ansiosa, busqué entre la multitud a mi hijo. De inmediato, nos estábamos mirando. Yo, sin articular palabra alguna, traté de decirle “¡Estoy vivo!” Él, con júbilo, me dijo: “Papá, ¡lo lograste!” Nos abrazamos, contuve mis lágrimas; él, también; y nos marchamos a casa.
Habían pasado 19 días desde que fui internado en un Hospital de Essalud, en Lima (Perú), luego de dar positivo por COVID-19. Este virus había infectado a los 6 integrantes de nuestro hogar. Sin embargo, debido a mis 62 años y a mi condición de
paciente de diabetes tipo 2, los estragos de la enfermedad fueron más contundentes en mí. Un desenlace fatal era posible. Mi única esperanza era la mano sanadora de mi Salvador Jesús. Frente a esto, me animaba la certeza de que Jesús, el médico de los médicos, estaba cerca de mí, atendiéndome, abrazándome. Dos días antes de mi alta, el neumólogo, impresionado, se acercó a hablarme y me dijo: “No puedo creer que usted hace unos días tenía una placa bien manchada e inflamada, y ahora su placa está como si no tuviera nada”. Solo le sonreí y le dije: “¿Sobreviviré?” Me respondió: “Tal vez más que yo”. Sé que estoy vivo únicamente por la gracia de Dios y de que mi
recuperación fue un milagro. Estoy agradecido a Dios por haber restaurado mi salud y haberme dado la oportunidad de reencontrarme con mi hijo.
“Cristo es el Manantial de la vida. Lo que muchos necesitan es un conocimiento más claro de él; necesitan que se les enseñe con paciencia y bondad, pero también con fervor, a abrir de par en par todo su ser a las influencias curativas del Cielo.
Cuando el sol del amor de Dios ilumina los oscuros rincones del alma, el cansancio y el descontento pasan, y satisfacciones gratas vigorizan la mente, al par que dan salud y energía al cuerpo” (Mente, carácter y personalidad, t. 1, p. 43)