28/08/2021
Las lágrimas, son gritos del corazón.
Y Cristo no podía quedarse sin conmoverse. Como muchas madres, santa Mónica lloró constantemente por la dureza de corazón de su hijo Agustín, le dolía ver como aquel hijo que tanto quería, se perdía para siempre en medio de la lujuria y la herejía. Cuánta sinceridad puede haber en las lágrimas, ellas hablan con transparencia lo que realmente tiene el corazón. Son pequeñas gotas de amor suplicantes.
San Ambrosio, director espiritual de Mónica, le dijo una vez, luego de verla llegar una y otra vez con aquel pesar, “anda, no te preocupes tanto, Dios no puede permitir que se pierda un hijo de tantas lágrimas”.
Días antes de su muerte, conversando con san Agustín que ya se había convertido, le decía “Rogué tanto a Dios por tu conversión y ahora que me la ha dado, ya nada me ata a este mundo”.
…Llora, Dios escucha.