02/04/2026
Salmo 38: 21-22
No me abandones, Señor; Dios mío, no te quedes lejos de mí; ¡apresúrate a venir en mi ayuda, mi Señor, mi salvador!.
Al iniciar el recorrido procesional, se alza majestuosa la primera plataforma barroca, finamente ornamentada con detalles de rocalla, sobre ella, un ángel de rodillas inclina su rostro con reverencia. Sus alas evocan la prontitud del mensajero de Dios, pero también la obediencia humilde del espíritu fiel.
Junto a esta imagen luminosa, pero contrastante, se yergue sobre otra base igualmente barroca aunque más oscura en su ornamentación un Satanas.
Sus alas desgarradas, sus ojos abatidos y su expresión de dolor desafiante nos recuerdan la soberbia del espíritu que se aparta.
En siguiente imagen vemos al Padre Eterno, está sentado sobre un trono de gloria. Su rostro sereno, de mirada penetrante, el está tallado con delicadeza, pero también con autoridad. En una de sus rodillas sostiene el orbe, representación del mundo entero, el cosmos en sus manos. Este gesto es más que poder: es protección, es responsabilidad divina sobre toda la creación.
Su mano derecha se alza en señal de bendición, este es el punto de quiebre y de unión en la alegoría. Pues no se trata de un Dios lejano, sino de un Dios que se encarna, que entra en la historia.
Ambas figuras están dispuestas en diálogo tenso, pero necesario ya que Satanas pide permiso a Dios para probar a Job.
Por ello, en el centro de la procesión, se encuentra la consagrada imagen de Jesús Nazareno de Poromá. Vestido con una túnica de color blaco hueso y adornada con hilos de oro, cargando la cruz con el peso de todos los pecados del mundo, su rostro refleja tanto dolor como misericordia.
Sus ojos no están cerrados miran al peregrino. Invitan al que sufre, consuelan al que camina, interpelan al que duda. La cruz que lleva es pesada, pero no es castigo; es elección, es misión redentora.
No se desploma bajo su peso, la abraza.
Cerrando el adorno procesional, una imagen profundamente conmovedora: Job, el varón justo, sentado entre cenizas, con la túnica rasgada y el cuerpo cubierto de llagas.
Sus manos no se alzan en reproche, sino en súplica. Su rostro tallado con líneas de dolor expresa una fe que no sera quebrantada.
Job es el eco humano, Él no entiende el porqué de su dolor, pero tampoco abandona su fe. En su figura se condensan las súplicas de los afligidos, las lágrimas de los enfermos, el silencio de los que han perdido todo.
Su presencia al final de la procesión no es una derrota, sino una afirmación: aun cuando todo falta, Dios no abandona.
La procesión no termina en la desesperanza, sino en la súplica confiada. El clamor de Job es, en última instancia, un acto de fe: una oración en medio de las ruinas, una luz en medio de la noche.