07/06/2026
Una de las verdades más hermosas y profundas de la fe cristiana es que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. No es mitad Dios y mitad hombre, ni tampoco dos personas distintas. La Iglesia enseña que Jesús es una sola Persona divina, el Hijo eterno de Dios, que asumió una verdadera naturaleza humana para nuestra salvación.
Muchas personas piensan que Jesús comenzó a existir en Belén, pero la Sagrada Escritura nos revela algo sorprendente: Jesús ya existía antes de nacer de María. Él es el Verbo eterno de Dios, aquel de quien dice el Evangelio: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1,1). Por eso, cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios no comenzó a existir, sino que se hizo hombre y habitó entre nosotros.
Esto también nos ayuda a comprender por qué la Iglesia llama a María Madre de Dios. María no dio a luz a una simple persona humana que después se convirtió en Dios. El Niño que nació en Belén ya era el Hijo eterno de Dios hecho hombre. Por eso, desde los primeros siglos del cristianismo, la Iglesia ha defendido con firmeza este hermoso título mariano: María es verdaderamente la Madre de Dios porque es la madre de Jesucristo, y Jesucristo es Dios.
Pero surge una pregunta muy importante: si Jesús es Dios, ¿por qué sufría? La respuesta está en el misterio de la Encarnación. Dios no puede sufrir en su naturaleza divina, pero el Hijo de Dios asumió una verdadera naturaleza humana. Por eso Jesús tuvo hambre, sintió sed, se cansó, lloró por sus amigos, experimentó el dolor y aceptó libremente la muerte en la cruz. No fingió ser hombre. Se hizo verdaderamente uno de nosotros.
Y precisamente ahí encontramos el consuelo más grande para nuestra vida. Dios no nos salvó desde lejos. Entró en nuestra historia, compartió nuestras alegrías y sufrimientos, conoció nuestras lágrimas y cargó sobre sí el peso del pecado y de la muerte. Por eso ningún dolor humano le es ajeno.
La fe católica proclama con alegría que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Como hombre pudo sufrir por nosotros. Como Dios pudo salvarnos. Y porque es Dios hecho hombre, es el puente perfecto entre el cielo y la tierra, entre Dios y la humanidad.
Jesús no comenzó a existir en Belén.
Jesús no dejó de ser Dios al hacerse hombre.
Jesús es una sola Persona divina con una naturaleza humana y una naturaleza divina.
Y precisamente por eso, en Él encontramos al Salvador que puede comprender nuestras heridas y conducirnos a la vida eterna.
“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.”
Juan 1,14