02/04/2026
P. JEAN CROISSET SJ: REFLEXIONES PARA CADA DÍA DE LA SEMANA SANTA
JUEVES SANTO
(1 Corintios 11, 20-32)
“Por eso hay entre vosotros muchos débiles y enfermos, y se mueren muchos.”
Nada causa mayor asombro que ver tantos enfermos espirituales y tantos mu***os entre quienes tienen la dicha de comulgar con frecuencia.
¡Cuántas personas se alimentan del Cuerpo y de la Sangre adorable de Jesucristo! ¿Hubo jamás alimento más saludable ni remedio más eficaz contra todos los males?
Pero ¿dónde están las curaciones?
Este Sacramento es el pan de los fuertes. ¿Dónde están esas almas generosas que infunden temor a los enemigos de su salvación? ¿Dónde están esas almas que cuentan sus victorias por el número de sus combates? ¿Dónde están esas almas abrasadas por los divinos ardores que debería producir este celestial alimento?
¡Qué extraña paradoja!
Llevamos el fuego en el pecho y no sentimos su ardor. Nos alimentamos de este fuego divino y, sin embargo, permanecemos fríos como el hielo.
Jesucristo sanaba a los enfermos con solo tocarlos. Una mujer tocó el borde de su manto y quedó curada al instante. Estos milagros nos llenan de admiración; pero mucho más nos sorprendería que aquel contacto no hubiese producido el milagro.
¿Qué diríamos si, cuando el Salvador tocó las andas donde llevaban al joven difunto, el mu**to no hubiese resucitado? ¿O si la mujer que tocó su vestido no hubiese sanado?
¿No hay igual motivo de asombro al ver que muchos que se acercan tan frecuentemente a los santos misterios permanecen siempre iguales?
Muchos sacerdotes tienen cada día en sus manos esta divina víctima y se alimentan de ella; sin embargo, siguen siendo los mismos: siempre imperfectos, siempre enfermos espiritualmente, siempre tibios, quizá incluso más viciosos y más indignos de acercarse al altar.
Hoy no se toca solamente el borde del manto del Salvador: se recibe su Cuerpo y su Sangre. Y, sin embargo, seguimos tan débiles, tan enfermos espiritualmente, quizá incluso más irreligiosos que antes.
Consideremos seriamente esta paradoja.
Después de tantas comuniones, ¿qué pasión hemos vencido?
¿Qué vicio hemos corregido?
¿Qué virtud hemos adquirido?
Una sola comunión bien recibida bastaría para hacer un santo. Y, sin embargo, algunos pueden contar cien, mil comuniones… y siguen siendo coléricos, ambiciosos, avaros, murmuradores, tibios en la devoción, tal vez peores que antes.
Esta reflexión debería hacer temblar a todo hombre que tenga fe.
Porque si el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo no producen fruto en nosotros, ¿qué otro remedio podrá curarnos?
¡Dios mío! ¡Cómo temblará un día el sacerdote poco devoto o la persona religiosa poco fiel cuando esta verdad se manifieste con toda su fuerza!
Ahora no se piensa en ella. ¿En qué pensamos entonces?
La desgana hacia este divino alimento, la tibieza, las recaídas constantes después de tantas comuniones, ¿no anuncian una enfermedad grave del alma?
¿Y, sin embargo, permanecemos tranquilos?
Quizá alguno dirá: entonces sería mejor apartarse del altar.
¡Qué razonamiento tan miserable! ¡Qué error tan grosero!
La cuestión no es abandonar a Jesucristo, sino abandonar los vicios, los malos hábitos, las imperfecciones.
Y, sin embargo, algunos prefieren alejarse de Jesucristo antes que dejar sus pecados.
Comprende bien no solo la impiedad, sino también la absurda insensatez de una preferencia tan sacrílega.