10/06/2026
Homilía cotidiana - 10 de junio de 2026 - Miércoles de la X Semana del Tiempo Ordinario
Misa en el tiempo de la siembra
1 Reyes 18, 20-39
Salmo 16 (15)
R. Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio.
San Mateo 5, 17-19
Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap
Estimados hermanos:
La Palabra de Dios de este día nos coloca frente a una de las preguntas más incómodas y decisivas de la vida espiritual: ¿a quién pertenece realmente nuestro corazón? El profeta Elías, de pie sobre el monte Carmelo, no se dirige solamente a los israelitas de su tiempo; también nos habla a nosotros cuando lanza aquella pregunta que atraviesa los siglos: “¿Hasta cuándo van a andar indecisos? Si el Señor es el verdadero Dios, síganlo” (1 Re 18,21). No es una cuestión meramente religiosa. Es una cuestión existencial. Nadie puede vivir permanentemente dividido entre dos señores, entre dos lealtades, entre dos proyectos de vida.
Israel había comenzado a rendir culto a Baal sin abandonar del todo al Señor. Quería conservar ambas cosas. Quería los beneficios de la alianza con Dios y, al mismo tiempo, las falsas seguridades que prometían los ídolos. Pero el corazón humano no está hecho para las medias tintas. Por eso Elías denuncia esa ambigüedad espiritual que termina vaciando la fe de contenido. El pueblo permanece en silencio. El texto dice algo estremecedor: “el pueblo no supo qué responderle” (1 Re 18,21). Cuando la fe se debilita, las convicciones se vuelven confusas y el alma pierde la capacidad de responder.
Quizá nosotros pensamos que ya no existen los ídolos porque nadie se arrodilla ante estatuas de Baal. Sin embargo, los ídolos siguen vivos. Adoptan otros nombres y otras formas. Son el dinero convertido en absoluto, el poder que intoxica, la búsqueda obsesiva de reconocimiento, la dependencia enfermiza de la opinión ajena, el placer elevado a criterio supremo de vida. Son todas aquellas realidades que prometen salvación, pero que al final dejan el corazón vacío. El salmo lo expresa con admirable claridad: “Los ídolos abundan y tras ellos se van todos corriendo” (Sal 15). La descripción parece escrita para nuestro tiempo. Corremos detrás de muchas cosas, pero pocas veces nos preguntamos si aquello que perseguimos puede realmente sostener nuestra vida cuando llegue la prueba.
El contraste entre Baal y el Señor es impresionante. Los profetas paganos gritan, danzan, se desgarran el cuerpo, se agotan en rituales frenéticos. Sin embargo, el cielo permanece cerrado. El texto repite varias veces que no hubo respuesta alguna. El ídolo exige sacrificios, pero no escucha. Consume energías, pero no salva. Promete mucho, pero no puede dar vida. En cambio, Elías simplemente ora. No recurre al espectáculo ni a la manipulación emocional. Se presenta ante Dios con humildad y confianza: “Respóndeme, Señor, para que todo este pueblo sepa que tú eres el Dios verdadero, que puede cambiar los corazones” (1 Re 18,37).
Esa última expresión es particularmente hermosa. El mayor milagro no fue el fuego que descendió del cielo. El verdadero milagro fue la conversión del corazón. El fuego visible sólo era un signo. Lo que Dios quería encender era una llama interior. Porque Dios no busca impresionarnos; busca transformarnos. Puede hacer brotar fuego sobre el altar, pero sobre todo quiere encender la fe en el alma.
El Evangelio nos ayuda a comprender cómo se realiza esa transformación. Jesús afirma: “No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud” (Mt 5,17). Los escribas se preocupaban por la observancia minuciosa de las normas; Cristo va mucho más allá. Él no elimina los mandamientos, sino que los lleva a su sentido más profundo. La verdadera obediencia no consiste únicamente en cumplir exteriormente una serie de preceptos. Consiste en dejar que la voluntad de Dios penetre el corazón y modele toda la existencia.
Por eso la santidad no es una cuestión de apariencias religiosas. Hay personas que cumplen muchas prácticas externas y, sin embargo, conservan resentimientos, egoísmos y ambiciones ocultas. También hay quienes se consideran libres de toda norma y terminan esclavizados por sus propias pasiones. Jesús propone un camino distinto: una obediencia nacida del amor. No la fidelidad fría del funcionario, sino la fidelidad apasionada del discípulo.
Resulta significativo que la liturgia de hoy pueda celebrarse como Misa en el tiempo de la siembra. La imagen es profundamente bíblica. El agricultor trabaja, prepara la tierra y deposita la semilla, pero sabe que el crecimiento no depende únicamente de él. Así ocurre también en la vida espiritual. Nosotros sembramos con esfuerzo, oración, sacrificio y perseverancia, pero es Dios quien da el crecimiento. San Pablo lo dirá con sencillez admirable: “Yo planté, Apolo regó, pero Dios hizo crecer” (1 Co 3,6).
Muchos quisieran cosechar sin sembrar. Otros siembran y se desesperan porque los frutos tardan en aparecer. Dios, en cambio, trabaja con paciencia. Elías tuvo que esperar años para contemplar la conversión de Israel. Los discípulos tuvieron que esperar la Pascua para comprender plenamente las palabras de Jesús. También nosotros debemos aprender a confiar cuando la semilla parece escondida bajo la tierra y no vemos resultados inmediatos.
Hoy la Palabra nos invita a examinar sinceramente nuestra vida. ¿Qué ídolos ocupan espacios que sólo pertenecen a Dios? ¿En qué aspectos vivimos todavía divididos? ¿Qué zonas de nuestro corazón necesitan ser incendiadas por el fuego de la gracia? El Señor no nos pide gestos espectaculares. Nos pide una decisión clara. El pueblo del Carmelo terminó proclamando: “El Señor es el Dios verdadero” (1 Re 18,39). Esa misma profesión de fe debe resonar en nuestra existencia cotidiana, en nuestras decisiones, en nuestras prioridades y en nuestra manera de vivir.
Que al acercarnos hoy a la Eucaristía podamos repetir con las palabras del salmista: “Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio” (Sal 15,1). Cuando Dios ocupa el centro de la vida, los ídolos pierden su atractivo, la ley encuentra su plenitud en el amor y la semilla sembrada con lágrimas termina produciendo una cosecha abundante de santidad y de alegría.