03/04/2026
Judas…
me siento aquí, a tu lado, aunque ya todo haya pasado, aunque la cuerda haya hecho su trabajo y el silencio pese más que cualquier palabra, me siento como si todavía hubiera tiempo, como si todavía se pudiera decir algo, aunque sé —y lo sé con esa certeza incómoda que no consuela— que tú ya tomaste una decisión que no admite regreso en este mundo, pero aun así me siento, porque no puedo dejar de preguntarte, porque hay algo en ti que no me deja en paz.
Dime… ¿cuándo empezó todo esto?
No el beso, no las monedas, no la noche —eso es demasiado visible—, sino antes, mucho antes, cuando todavía caminabas con Él y todo parecía posible, cuando aún creías, o al menos querías creer, y sin embargo algo se fue desplazando lentamente dentro de ti, algo casi imperceptible, una pequeña grieta, una ligera incomodidad, una expectativa no cumplida, una impaciencia que no supiste nombrar… dime, ¿lo notaste?, ¿o simplemente un día ya no estabas del todo ahí?
Porque yo me reconozco en eso, Judas, más de lo que quisiera admitir, en esa manera de estar sin estar, de escuchar sin oír, de caminar junto a alguien y al mismo tiempo ir tomando distancia por dentro, como si el corazón se adelantara en la huida mientras el cuerpo todavía permanece, cumpliendo, aparentando, sosteniendo una cercanía que ya no es verdadera.
Y luego… las monedas.
Pero no son las monedas, ¿verdad?, nunca son las monedas, eso lo sabemos tú y yo, eso es apenas la superficie, el símbolo pobre de algo más hondo, algo que ya estaba decidido antes de que la plata tocara tu mano, algo que se había ido cocinando en silencio, en la penumbra de tus pensamientos, en esa conversación interminable contigo mismo donde quizá empezaste a justificar lo injustificable, a explicar lo inexplicable, a endurecerte poco a poco.
Pero aun así, Judas… aun así… algo en ti no murió del todo.
Porque regresaste. Porque devolviste el dinero. Porque dijiste —aunque fuera tarde, aunque fuera torpemente—: “he pecado”.
Y aquí es donde ya no te entiendo, donde me detengo y te miro y no sé qué decir, porque en ese punto, justo ahí, en ese instante en que reconoces, en que te quiebras, en que ves con claridad lo que has hecho… ahí mismo, Judas, ahí mismo estaba abierta la puerta.
¿Por qué no la cruzaste?
¿Quién te convenció de que no había perdón para ti?
¿De dónde salió esa voz que te cerró el camino justo cuando empezabas a verlo?
¿Fue tuya esa voz… o la escuchaste tantas veces que ya no supiste distinguirla?
Porque Pedro también cayó, y cayó de una manera humillante, pública, dolorosa, y sin embargo no se fue, no huyó hacia la oscuridad definitiva, sino que se quedó ahí, en su llanto, en su miseria, en su vergüenza… pero abierto.
Tú no. Tú hiciste algo más radical, más silencioso, más definitivo: decidiste no esperar.
Y eso es lo que más me inquieta, Judas, lo que más me desarma, porque en el fondo no se trata de tu traición —no solamente—, sino de tu prisa, de esa urgencia por cerrar la historia antes de que pudiera ser reescrita, de esa incapacidad —o negativa— de darle al amor una última oportunidad de decir su palabra.
¿Te parecía demasiado tarde? ¿Te parecía imposible? ¿O te parecía insoportable tener que volver y mirar su rostro?
Porque yo también, Judas, si soy honesto, también huyo de esas miradas, también evito esos momentos en los que sé que tendría que volver, reconocer, dejarme encontrar… y en cambio prefiero quedarme en mis explicaciones, en mis justificaciones, en mi cansancio, en mi culpa administrada, en ese lugar donde no hay paz pero tampoco hay riesgo.
Y entonces te entiendo… un poco… lo suficiente como para no sentirme superior, lo suficiente como para saber que lo tuyo no es ajeno, que no eres un monstruo aislado en la historia, sino una posibilidad real que respira en cada uno de nosotros.
Judas… si de algún modo todavía puedes oír —aunque sea como un eco que ya no pertenece del todo a este mundo—, déjame decirte esto que quizá nadie te dijo a tiempo, o que dijiste tú mismo demasiado tarde:
tenías la oportunidad a volver; tenías la oportunidad a ser perdonado, tenías la oportunidad a no terminar así.
Y yo… que estoy aquí, todavía antes de mi última decisión, todavía dentro del tiempo, todavía con la posibilidad abierta… me quedo contigo un momento más, no para justificarte, no para absolverte —eso no me corresponde—, sino para aprender de tu noche a no precipitar la mía.
A esperar. A resistir la desesperación.
A no creer nunca que mi pecado tiene la última palabra.
Porque si algo me deja tu silencio… es esta advertencia grave y temblorosa: que uno puede perderlo todo… no por haber caído… sino por no haber esperado lo suficiente
para ser levantado.
△ P. Chacho ✍︎
“Pensar desde la fe, escribir desde el corazón”