16/06/2026
La luz en el Altar no es un elemento decorativo de libre elección, sino un signo litúrgico regulado con precisión para manifestar visualmente la dignidad de la celebración.
La Instrucción General del Misal Romano, en su numeral 117, establece la prescripción exacta sobre el número de cirios que deben encenderse sobre el Altar o cerca de él durante el Sacrificio Eucarístico. La normativa de la Iglesia no deja esta decisión al gusto del sacristán o del celebrante, sino que la vincula directamente al rango litúrgico de la jornada.
La regla general se divide en tres niveles específicos. Para las celebraciones de menor rango, como las memorias obligatorias o las Misas de las ferias cotidianas, se prescribe el encendido de al menos dos cirios. Cuando la Iglesia celebra una Fiesta —un rango intermedio que conmemora a los Apóstoles, Evangelistas o misterios menores de la vida del Señor—, la exigencia aumenta a cuatro cirios encendidos. Finalmente, si la celebración es una Solemnidad —el grado más alto del año litúrgico, como la Navidad, la Pascua, el Corpus Christi o las fiestas de precepto—, se deben encender obligatoriamente seis cirios.
Existe una excepción solemne reservada exclusivamente a la plenitud del sacerdocio. Si la Misa es celebrada por el Obispo diocesano en una Solemnidad o en una ocasión de especial relieve para la comunidad, se prescribe el encendido de un séptimo cirio. Este elemento adicional, situado habitualmente en el centro del Altar junto a la cruz, simboliza visualmente la autoridad apostólica y la perfecta comunión de la Iglesia local con su pastor.
El Magisterio vivo, custodiado hoy bajo el pontificado de Su Santidad León XIV, recuerda que cada detalle de las rúbricas litúrgicas educa la fe del pueblo de Dios. Los cirios, al consumirse frente al Sagrario, representan la vida misma de Cristo que se desgasta por amor a la humanidad. Respetar el número exacto de luces según el rango del día es un acto de obediencia eclesial que preserva la reverencia y nos introduce, a través de los sentidos, en el misterio profundo de la jerarquía celestial y el esplendor del culto divino.