14/09/2024
La verdad acerca de la esclavitud
Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios. HECHOS 20.24
Cuando los apóstoles utilizaron las imágenes de la esclavitud tanto para sus predicaciones como para escribir el Nuevo Testamento, eran plenamente conscientes de lo que eso significaba en términos de la historia judía así como de la cultura romana. Desde el punto de vista de la historia de Israel, ser esclavo de Dios era identificarse a sí mismo con aquellos parados en el Monte Sinaí y con las intenciones nobles que se proclamaron, «Haremos todas las palabras que Jehová ha dicho» (Éxodo 24.3). Más aun, era alinearse con hombres notables de fe, tales como Abraham, Moisés, David y los profetas, líderes espirituales que ejemplificaron sumisión incondicional a la voluntad y a la Palabra de Dios.
Desde el punto de vista dela cultura del primer siglo, la esclavitud sirvió como una ilustración apropiada de la relación del creyente con Cristo, relación de sumisión completa y subyugación al amo. En ambos casos, ser esclavo era estar bajo la autoridad completa de otra persona. Esto significaba rechazar la autonomía personal y abrazar la voluntad de otro. El concepto no requería grandes explicaciones, pues la esclavitud era común y había existido por muchos siglos.
Cuando el apóstol Pablo se refirió a sí mismo como «esclavo de Cristo» y como «esclavo de Dios», sus lectores sabían exactamente qué quería decir. Por supuesto, esto no aseveraba algo menos impactante. En el contexto grecorromano, como las ciudades a las que Pablo escribió, la libertad personal era preciada, la esclavitud era denigrante y la esclavitud autoimpuesta era despreciable y abominable. Sin embargo, para Pablo, cuya única ambición era ser agradable a Cristo, no podría haber una autodesignación más adecuada. Su vida giraba en torno al Amo. Nada más importaba, ni siquiera sus planes personales.
John MacArthur.
Esclavo, pp. 36–37