11/12/2025
MARRÉ
Poetas ocasionales, uno cada tres cuadras. Con versos afortunados cada LIII cantos; que, cuando los hallamos, los buscadores de poesía decimos por fin, ya era hora. Por eso el común desprecia a los poetas, y se entiende el desprecio: corren los tiempos de la velocidad y la impaciencia. Tiempos coléricos, sin cólera.
Pero Marré es otra cosa. Uno de esos accidentes de la creación que le impone a la naturaleza el derrotero evolutivo.
Hay poetas que tocan las profundidades y las distancias estratosféricas. Están los poetas elegantes y lúdicos, que nacieron con un manual de estilo bajo la boina. Y los poetas del ritmo, los demonios de la lira que hacen bailar a las hojas sopladas por la música alfabética. Pero están los poetas infalibles, que equilibran estos tres dones. Son pues, rareza, y a ellos pertenece Marré. Y lo terrible: como todo lo bueno en el mundo, no tienen explicación. Si los vemos en la calle, decimos, ahí va un publicista, otro sinónimo de ser humano con sonrisa y armadura tropical. Así son los misterios.
La adulación es un pecado, y este tampoco es el caso. El poeta sabe que sus dones no le pertenecen, que su lenguaje es acompañado por una vibración universal que se expresa a través de todas las voces, que hay una comunión plenaria. Por eso se le ve tan tranquilo en su mundo, a la par de nosotros, huyendo del alarde, preocupado más bien en su oficio pedagógico. Sabe que enseñando se aprende.
Este país es lo que es, y a pesar de ello, el poeta ha construido su casa al borde de este abismo. Si el futuro no las mata o lobotomiza, las nonatas generaciones sabrán quién es Alejandro Marré, como hoy sabemos quién es Baudelaire u otro de esos fantasmas inmensos.
En su epitafio dirá: aquí yace una prueba más o menos tangible de la inmortalidad.
Atte. La Sociedad Poética.