29/04/2026
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A lo largo del siglo XVIII y principios del XIX, la vida religiosa del templo de San Felipe evidencia un proceso gradual de transformación y enriquecimiento devocional. En los registros más tempranos, correspondientes a 1714, 1717 y 1719, únicamente se documentan las cofradías de San Felipe y de Ánimas, lo que sugiere que, en su origen, la figura de Cristo venerada en este espacio estuvo estrechamente ligada a la espiritualidad de sufragio por las almas del purgatorio. En este contexto,el Licenciado Mario Ubico Calderón rastrea la posibilidad de que el actual Señor Sepultado de San Felipe ya existiera en San Felipe de Jesús bajo la advocación de un Cristo de Ánimas, inserto en una tradición devocional enfocada en la intercesión y la redención de las almas; planteamiento que se formula sin considerar, por el momento, la versión que sitúa su procedencia en San Juan Alotenango.
Hacia 1740 se observa una ampliación significativa del panorama cofradial, incorporándose nuevas advocaciones como San Miguel, Santa Rosa, el Santísimo Sacramento y Nuestra Señora de Dolores, lo que refleja un crecimiento tanto en la organización religiosa como en la diversidad de prácticas piadosas dentro del templo. Este proceso continúa consolidándose en las décadas siguientes, particularmente en 1748 y 1769, cuando varias de estas cofradías aparecen ya establecidas de forma más constante.
Para finales del periodo colonial y comienzos del siglo XIX, la devoción adquiere mayor definición. En 1816 se documenta ya una referencia más clara al Señor Sepultado, lo que indica una progresiva individualización de su culto respecto de la antigua cofradía de Ánimas. Este desarrollo culmina en 1859 con el inicio del libro de fábrica del Jesús Sepultado, evidencia documental de la formalización institucional de la devoción y de su consolidación como una de las expresiones religiosas más significativas del templo de San Felipe.
⚠️ Fuente Parcial Licenciado Mario Ubico Calderón algunos datos de San Juan Perdido.