24/05/2026
COMPLETAR LA OBRA CREATIVA DE DIOS
El trabajo es algo sagrado. El Señor ha obrado con nosotros como un padre cuando trae a casa un juguete para su hijo, aún sin armar: por ejemplo, una pequeña radio. El niño mira los dibujos, toma las piezas, las arma y finalmente exclama: «¡Lo hice yo, lo hice yo!». En otras palabras, existe el trabajo de quien diseñó la radio y el trabajo de armarla.
Como ven, queridos hermanos, el Señor ha hecho esto con nosotros. Nos dio la tierra y nos dijo: «Esto es lo que deben armar; tendrán que sacar el pan de esta tierra; yo he puesto una parte, pero ustedes deben poner otra. Les he dado inteligencia, les he dado fuerza física, pero ustedes también deben cooperar».
Así pues, hermanos, el trabajo se convierte verdaderamente en la culminación de la obra creadora de Dios. El trabajo es una expiación por nuestros pecados, un medio maravilloso para ganar méritos para el Cielo.
No debemos maldecir el trabajo, pues es algo sagrado: Jesús también lo experimentó y nos lo enseñó en el taller de Nazaret, los santos lo practicaron; este es el mensaje que debemos llevar al mundo.
Lamentablemente, hoy muchos maldicen el trabajo, blasfeman contra él y olvidan a Dios Creador, quien pidió a los hombres que hicieran este sacrificio, quien tuvo este acto de estima por ellos, para que pudieran ganar el Paraíso.
Mi deseo para ustedes es este: que sigan sonriendo y enseñen a los hombres de hoy a sonreír de nuevo, a pesar de las dificultades; a sonreír en lo más profundo de sus corazones, porque son ricos en la gracia de Dios; a sonreír en la intimidad de la familia, a sonreír en los talleres y en los campos, donde el Señor continuamente nos llama a contribuir con nuestro trabajo y nuestro sacrificio.
M25, 5-6 del 27 de junio de 1965