18/12/2025
Cuando un pastor no conoce a su congregación, no estamos ante un problema de estilo ministerial, sino ante una señal seria de decadencia pastoral y eclesial.
La Escritura presenta al ministro como un pastor de almas, no como un administrador de eventos religiosos. Un pastor que no visita, que no hace consejería, que no sabe quién llega ni quién se va, que no llama al enfermo, ni ora por él, conforme a Santiago 5:14–15, ha comenzado una decadencia espiritual, ajeno al modelo bíblico del cuidado personal. Puede predicar con elocuencia y aun administrar correctamente la logística, pero ha dejado gran parte de su ministerio.
Esta desconexión revela una comprensión empobrecida del oficio. Jesús conoce a sus ovejas por nombre (Jn. 10:3,14), Pablo lloró con los ancianos de Éfeso y les advirtió «de día y de noche, con lágrimas» (Hch. 20:31), y Pedro exhorta a los ancianos a pastorear «no por fuerza, sino voluntariamente… siendo ejemplos del rebaño» (1 Pe. 5:2–3). Cuando el pastor se vuelve inaccesible, distante o indiferente, la iglesia aprende, aunque nadie lo diga, que las personas son reemplazables y que el cuidado del alma es secundario.
Finalmente, una iglesia así suele llenarse de asistentes, pero ninguno es verdadero discípulo. La falta de acompañamiento pastoral produce pecados no tratados, sufrimientos no acompañados y ovejas que padecen solas. No se trata de exigir omnipresencia al pastor, sino de exigir fidelidad al llamado. Donde el pastor deja de conocer a su congregación, la iglesia deja lentamente de ser familia y comienza a parecerse más a una reunión secular con excusas religiosas. Y esa es, sin duda, una de las formas más silenciosas, pero más graves, de decadencia en la iglesia.